El sosiego acantilado

Mes: Novembro, 2015

EL PARLAMENTO DE LOS LOCOS

Hacía sombra yo a la vera del árbol de costumbre, bajo este intempestivo sol de noviembre, cuando vi pasar a don Ángel. Supuse que estaría dedicado a sus rutinarias labores de riego; pero breves momentos después le vi regresar cargando una piedra más grande que él. Desapareció dentro del anfiteatro del Cerro.

Al rato volvió a hacerse presente.

-¿Has visto que estamos arreglando esto? -me preguntó.

Le dije que no con la cabeza.

-Anda, échame una mano, tú que estás más fuerte.

Evitar esfuerzos a la hernia de don Ángel casi me provoca una a mí. Traté de cumplir mi papel de machote y trasladé la piedra de Sísifo en brazos sin que apenas se me notase que estaba al borde del desmayo. Solté el pedrolo con gran alivio en el lugar que don Ángel me indicó.

-¿Has visto? Estamos arreglando el Parlamento de los Locos.

Hace ya unos meses, el anfiteatro del Cerro había aparecido medio derrumbado, mostrando el cemento grandes heridas provocadas por algún desalmado. Así que don Ángel decidió ponerse manos a la obra y arreglarlo él mismo.

-Ahora incluso la gente se puede sentar un poco más arriba -me explicó, satisfecho-. Si algún día quieres hacer una reunión o montar un recital de música o poesía, aquí podéis hacerlo.

Sonreí y alabé el trabajo de restauración. Volví junto al árbol, a seguir con mi gimnasia, escuchando de fondo el repiqueteo de martillo y cincel.

Algún día he de explicarle a don Ángel la profunda alegría que su forma de estar en el mundo me produce.

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GRATIAS AGIMUS TIBI

“Hay un solo pecado, del que todos los demás nacen como de la cabeza de la hidra y salen volando como de la caja de Pandora cuando se abre. Es el desagradecimiento.

Y hay una sola virtud: el agradecimiento. El recién nacido la celebra cuando dormita tras haber tomado el pecho, y el girasol cuando vuelve su cabeza hacia la luz.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 2 de junio de 1992; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 73.

'Caridad', de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

‘Caridad’, de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

ΠΟΛΕΜΟΣ

La fantasía de seguridad y ocio ha desaparecido por un instante y Europa ha despertado de repente en el mundo real. No sé cuánto duraría esta vigilia si de los ciudadanos europeos dependiese, pero creo que nuestros enemigos se ocuparán eficientemente de alargarla.

Muchos jóvenes acudieron a un concierto a jugar a ser oscuros y allí encontraron auténtica oscuridad. Muchas personas acudieron a un estadio para ser espectadores y acabaron de protagonistas en el terreno de juego.

Nunca fue posible estar al margen.

Habrá que desprenderse de muchas cosas superfluas para sobrevivir como civilización, si es que esto lo sigue siendo. Pero lo bueno de los atisbos de apocalipsis es que ayudan a ver mejor lo superfluo.

Nuestro mayor problema es que somos una generación nacida en una de esas épocas rarísimas de la historia: durante un largo paréntesis de paz y bonanza material. No creo que estemos preparados para el retorno a la normalidad, pero rezaré por ello.

En los cuerpos y en los espíritus, estamos en guerra. Nunca dejamos de estarlo. La guerra, en este mundo caído, no tiene fin. Ellos lo saben. A nosotros nos toca recordarlo.

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IN TABERNA QUANDO SUMUS

Cuando estamos en la taberna
no nos importa nada,
nos entregamos al juego
que siempre nos hace sudar.
Lo que sucede en la taberna
donde el dinero es camarero
aquí lo puedes inquirir:
escucha lo que voy a contar.

Unos juegan, otros beben,
otros de forma indiscreta viven.
Pero de los que se dedican a jugar
unos pierden la ropa,
otros consiguen vestirse,
otros se visten con saco.
Nadie allí teme a la muerte
y por Baco echan suertes.

La primera por el que paga el vino,
por ello beben los libertinos,
la segunda por los que están en prisión,
la tercera por los vivos,
la cuarta por todos los cristianos,
la quinta por los fieles difuntos,
la sexta por las hermanas frívolas,
la séptima por los soldados del bosque,

la octava por los hermanos perversos,
la novena por los monjes dispersos,
la décima por los navegantes,
la undécima por los pendencieros,
la duodécima por los penitentes,
la decimotercera por los que están de viaje.
Tanto por el papa como por el rey
beben todos sin ley.

Bebe la señora, bebe el señor,
bebe el soldado, bebe el clérigo,
bebe aquél, bebe aquélla,
bebe el siervo con la criada,
bebe el rápido, bebe el vago,
bebe el blanco, bebe el negro,
bebe el perseverante, bebe el inconstante,
bebe el campesino, bebe el mago.

Bebe el pobre y el enfermo,
bebe el desterrado y el desconocido,
bebe el joven, bebe el viejo,
bebe el obispo y el decano,
bebe la hermana, bebe el hermano,
bebe el viejo, bebe la madre,
bebe ésta, bebe aquél,
beben ciento, beben mil.

Poco seiscientas monedas
duran, cuando sin moderación
ni fin beben todos,
que beban con alegría;
por ello nos critica todo el mundo,
por ello seremos pobres.
Que les den a los que nos critican
y no se les cuente entre los justos.

¡IO!

De los Carmina Burana conservados en el monasterio bávaro de Benediktbeuern, editados en 1847 por Johann Andreas Schmeller y seleccionados por Carl Orff para su musicalización y representación (por primera vez en 1937).

EL RODEO

“Vivimos en un interregno, en una cueva llamada tiempo con un rayo de luz. Antes era mejor, después será mejor; al menos indoloro, esto es posible predecirlo con seguridad.

Así pues, ¿para qué el rodeo?: ésta es la cuestión vital para el poeta, el filósofo, el teólogo, la lombriz cubierta de polvo.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 9 de julio de 1991; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 36.

'Mar y lluvia', de James Abbott McNeill Whistler (1865)

‘Mar y lluvia’, de James Abbott McNeill Whistler (1865)

AMARRADO A UN MADERO

religo 1 tr.: atar, ligar atrás, sujetar, amarrar (ad currum religatus, atado a un carro; naves ad terram r., amarrar un navío)

“Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo. Es imposible describir con más exactitud y con precisión más incisiva la situación del creyente de hoy. Lo único que lo sujeta es un madero desnudo que pende sobre un abismo, y parece que está a punto de hundirse para siempre. Sólo un madero le amarra a Dios, pero, a decir verdad, le amarra inexorablemente y él sabe que, al fin y al cabo, el madero es más fuerte que la nada, que está a sus pies, pero que sigue siendo el verdadero poder que amenaza su existencia actual.”

Introducción al Cristianismo, de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI); Sígueme, 2005; pg. 43.

'Cristo de San Juan de la Cruz', de Salvador Dalí (1951)

‘Cristo de San Juan de la Cruz’, de Salvador Dalí (1951)

SOBRE LA CONVERSIÓN FINAL DE JÜNGER

“[…] el tema del que quiere hablar inmediatamente es el luto que lleva en su interior y que aún no ha elaborado: ha muerto Ernst Jünger, el amigo al que se sentía especialmente unido, y la pérdida le ha afectado en lo más íntimo.

¿Cuándo se vieron por última vez?

En septiembre de 1997. Había venido a Basilea, como todos los años, para la feria entomológica. Hacía un día magnífico. Un sol espléndido entibiaba el aire del principio del otoño. Habíamos acordado encontrarnos en el gran salón donde los expositores presentan sus coleópteros. Cuando llegué al lugar de la cita, vi que Jünger estaba todavía distraído observando con la lupa los ejemplares expuestos. Después de haberlos examinado atentamente adquirió un par. Era realmente extraordinario con qué inmediatez y espontaneidad, aun pasando ya de los cien años, se entregaba a su pasión. Después de visitar la feria, comimos con nuestras esposas en el hotel Drei Könige. Jünger estaba bien, estaba de excelente humor, completamente lúcido aún, aunque de vez en cuando fijaba la mirada en un punto lejano y casi parecía ausentarse mentalmente. Fue un último encuentro muy feliz.

¿No volvieron a verse más?

No; luego fui a sus funerales en Wilflingen. Una ceremonia solemne, magnífica. La nieve fresca, caída por la mañana, cubría el paisaje de un blanco que centelleaba bajo los rayos del sol. El féretro iba en un carruaje tirado por corceles blancos. Había venido mucha gente de todas partes, formando una multitud impresionante que se apiñaba en silencio en aquella parte del pueblo. Veteranos de uniforme, un hermoso espectáculo, se habían colocado en formación para presentarle el último saludo. Lo que sorprendió un poco a todos fue que la ceremonia religiosa se celebró con arreglo al rito católico.

Señal exterior de su conversión final al catolicismo…

Así dice, pero yo me inclino a creer que fue más sencillamente la señal de la gran importancia que concedía al ceremonial, a las formas, al lado estético de la vida. En esto el catolicismo era para él ejemplar porque no había perdido el sentimiento de las ceremonias. El simbolismo católico siempre le había fascinado. Por el contrario, el protestantismo es en este aspecto muy pobre y descarnado. En ocasiones tendemos a interpretar este aspecto del catolicismo negativamente, como un empobrecimiento formalista de la religión, y eso nos molesta. Para Jünger era, contrariamente, una especie de estuche de lo simbólico. En cualquier caso, es difícil decir si en los últimos tiempos hubo en él una auténtica conversión al catolicismo.

Es lo que opinan los biógrafos Paul Noack y Heimo Schwilk.

Puede ser, pero me parece curioso y en el fondo inexplicable. Desde luego, es cierto que últimamente Jünger se había interesado de manera especial por los dioses y titanes. Sin duda tendría un papel importante el hecho de que todo el ambiente en el que vivía era profundamente católico: el barón Von Stauffenberg, uno de sus mejores amigos, propietario del castillo en el que residía y de la iglesia que daba al castillo, era un católico riguroso; profundamente católica era también la comunidad de Wilflingen, a la que se sentía tan ligado. Sea como fuere, la ceremonia fúnebre fue grandiosa.

Sin embargo, hay algo que no cuadra en esta conversión…

Por eso me gustaría hablar de ello un día francamente con la señora Jünger y averiguar las razones más profundas de esta sorprendente adhesión al catolicismo.

[…] Ya nos ha dicho que cree en un principio divino, pero usted parece más próximo a un panteísmo naturalista que al Dios personal del cristianismo. Ahora le preguntamos: ¿cree en el más allá, en una vida después de la muerte?

Podría contestarles lo que Jünger me contestó a mí cuando le hice esa misma pregunta: No lo creo; lo sé.

El dios de los ácidos. Conversaciones con Albert Hofmann, de Antonio Gnoli y Franco Volpi; Siruela, 2008; pgs. 121-125, 157.

ALÉJATE DE MÍ, SEÑOR

Estuvo a punto de caer de bruces al entrar en la iglesia. Consiguió mantener un equilibrio inestable y se quedó de pie, la mirada desquiciadamente fija en el sagrario situado tras el altar. Recordó que tenía una lata de cerveza en la mano y con ebria torpeza la dejó en el suelo, junto a la pared.

No había nadie más. El silencio mantenía una armonía perfecta con la escasa iluminación de unas pocas velas.

Fue caminando con obligada lentitud hacia los primeros bancos y se dejó caer de rodillas en uno de ellos. Juntó las manos crispadas delante de su rostro y volvió a fijar la mirada en el sagrario.

-Déjame en paz, Señor… Te lo ruego, no me persigas más… Me siento tan solo… Y no me basta contigo, no me basta… No tengo amigos, no tengo amor. Todos me rehuyen. Les parece mal todo lo que hago o digo. Todo lo que Tú me ordenas hacer o decir. Por hacerte caso, estoy solo. Por tratar de cumplir tus deseos. No puede ser que resulte todo tan costoso… No quiero ser infeliz, no quiero quedarme solo. Quiero la compañía de los otros, quiero ser uno más. Quiero ser normal. Hacer lo que ellos hacen, hablar como ellos hablan, amar como ellos aman. No quiero más tu puerta estrecha, Señor… Por tu culpa, todos me desprecian. Y yo no puedo soportar más esta soledad. Necesito compañía; que alguien se preocupe por mí, con sus manos, con sus palabras, ¡con su cuerpo, con su cuerpo!… Pero cada vez estoy más solo. ¡Todos te ignoran, Señor! ¿Por qué no puedo yo también ignorarte?…

Su cabeza se inclinó, al tiempo que ascendía un sollozo.

-Dios mío, déjame ir…

El párroco lo encontró una hora más tarde, dormido sobre el banco en posición fetal.

Detalle de 'La borrachera de Noé', de Giovanni Bellini (alrededor de 1515)

Detalle de ‘La borrachera de Noé’, de Giovanni Bellini (alrededor de 1515)

ESCOLIOS COLACHIANOS SOBRE EL ARTE DE LA ESCRITURA, A MODO DE DECÁLOGO

“[1.] Los defectos del artista que se resigna a sus cualidades acaban volviéndose invisibles.

[2.] El artista espontáneamente original sólo pretende modificar matices.
La originalidad premeditada, en cambio, pretende crear mundos nuevos y sólo zurce centones inconscientes.

[3.] El escritor que no tuvo las preocupaciones de su tiempo le parece a cada época tener las suyas.

[4.] Deploremos menos la obscenidad del novelista actual que su infortunio.
Cuando el hombre se vuelve insignificante, copular y defecar se vuelven actividades significativas.

[5.] El escritor debe exhibir sin epítetos las vilezas que muestra, para que el lector que no se indigna espontáneamente automáticamente se condene.

[6.] La literatura se vuelve palabrería, cuando los conflictos éticos de que trata, en lugar de proyectarse en metafísica, se disuelven en psicología.

[7.] La gloria, para el artista auténtico, no es un ruido de alabanzas, sino el silencio terrible del instante en que creyó acertar.

[8.] La frase perfecta es la que logra con menos gestos señalar más rumbos.

[9.] Nada le parece más superfluo al profano que las indispensables sutilezas.

[10.] Al lector, finalmente, sólo le parece importante el escritor que no se cree más importante que su obra.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 1059, 841, 1135, 708, 534, 545, 712, 1043, 962, 526.

Nicolás-Gómez-Dávila

I WOULD PREFER NOT TO

Al entrar en la casa de ella, lo primero que vio fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-Es de mi abuela -explicó.

-¿Tu abuela vive aquí? -preguntó él, despertando del trance.

-La casa es suya, sí -contestó-. Pero pasa casi todo el tiempo en el pueblo. Así que no será ningún problema… -añadió, con sonrisa traviesa.

Se acercó, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también él ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y él, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Él la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Él se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de su garganta, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va -afirmó rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Él asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Metáfora encarnada de una supernova en la que tiembla el cosmos.

Él vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Él recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

Velázquez

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El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester