A LA SANGRE EXCEDE EL LUGAR QUE UNO SE HACE

por El Responsable

¿Qué me importan dos guerras mundiales, que yo también he perdido, mientras sigo trabajando en la de los Treinta Años?

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 28 de febrero de 1986; en Pasados los setenta IV, Tusquets, 2011; pg. 21.

Bernard atacaba constantemente las líneas situadas ante la ciudad; mientras tanto, el Rey de Hungría y el Cardenal, desde su posición elevada, enviaban correos en todas direcciones, para fortalecer aquí y allá un punto débil, suministrando munición al continuo cañoneo. En cierta ocasión, un capitán situado entre ambos cayó muerto de un disparo; y a menudo se les rogaba que abandonasen su expuesta posición, siempre en vano. Superioridad numérica, mandos fiables y la soberbia disciplina de las tropas españolas, podrían haber bastado para vencer la batalla de Nördlingen sin la inexperta dirección de los dos príncipes; pero su valentía mereció al menos la aclamación con la que Europa y sus propios soldados los recibieron más tarde.

En el calor del mediodía, los hombres de Horn no dieron más de sí; envió aviso a Bernard de que se iba a retirar tras sus líneas a través del valle, a una colina alejada en la que atrincherarse para pasar la noche. Confiaba en que su colega le cubriese mientras cruzaba el valle.

He aquí el momento que los enemigos habían estado esperando. Abandonaron su posición delante de la ciudad y cargaron, tropas imperiales y españolas al alimón, sobre las ya agotadas tropas de Bernard, el grito de Viva España vibrando ensordecedoramente a través del polvo. Desesperado, Bernard reunió a sus hombres, galopando de batería a batería, maldiciendo a los sudorosos artilleros, amenazándoles con las torturas del infierno si cedían un palmo. Pero no había caso. Rendidos al pánico, sus hombres huyeron; y las agotadas tropas de Horn, que cruzaban el valle en ese mismo momento, recibieron por el costado el impacto total de la huida. Caballos exhaustos se desplomaban bajo sus jinetes; también el de Bernard, pero uno de sus dragones le cedió su viejo y pequeño rocín, aún brioso y fresco, y en él huyó el príncipe. El resto de la historia fue lacónicamente narrada esa noche por el Rey de Hungría en sus cuarteles. El enemigo desperdigado de manera tal que no se hallaban juntos diez caballos. Horn ha sido capturado, Weimar – nadie sabe si está vivo o muerto.

Los vencedores estimaron los muertos del enemigo en diecisiete mil, los prisioneros en cuatro mil; la mayor parte de los cuales, mandos y tropa, se pasaron a las filas imperiales. El Cardenal-Infante montó esa noche sus cuarteles en una pequeña granja, cediendo a los heridos la casona que había sido buscada para él. Posteriormente, envió a España cincuenta de los estandartes capturados y una imagen de la Virgen con los ojos arrancados que había encontrado entre los despojos de los suecos.”

The Thirty Years War, de Cicely Veronica Wedgwood [traducción propia]; The New York Review of Books, 2005; pgs. 366-367.

'El Camino Español', de Augusto Ferrer-Dalmau (2014)

‘El Camino Español’, de Augusto Ferrer-Dalmau (2014)

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