EN EL SENO DE FAMILIAS ACOMODADAS

por El Responsable

Marine Le Pen puede detener la inmigración, pero no puede parar la islamización, que es un proceso espiritual, un cambio de paradigma, un retorno a la religión.

Michel Houellebecq

Son varios los factores que han hecho que el yihadismo se desarrolle tanto y tan rápido después de la revolución. Primero, por las nuevas políticas adoptadas. En tiempos de Ben Ali, todo estaba bajo control del Estado. Hasta las mezquitas. Con la llegada de la libertad religiosa, la anarquía se apropió de los templos. Clérigos salafistas ocuparon muchas de ellas, gracias sobre todo al dinero procedente del wahabismo, de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes Unidos, explica [Hedi Yahmed, director de la revista digital tunecina Hakaikh]. Después, naturalmente, el contexto internacional, en particular las guerras en Siria y Libia. La decisión del [gobierno de transición] tripartito de An Nahda de apoyar a los rebeldes sirios llenó de voluntarios tunecinos las filas del EI y de grupos afines a Al Qaeda. Pero también, por moda, como una especie de reacción rebelde contra la dictadura. En tiempos de Ben Ali, Túnez era un estado totalitario que lo controlaba y reprimía todo, incluida la religiosidad, que estaba mal vista. Así que liberados del ojo inquisidor, muchos jóvenes comenzaron a acercarse a las mezquitas para intentar integrar la religión en sus vidas, para buscar la fe y vivirla. Muchos de ellos cayeron en las garras de los grupos salafistas, que de repente podían predicar con total libertad, explica.

Rezgui fue uno de ellos. También Yassine Abidi y Hatem Khachnaoui, quienes el 18 de marzo de 2015 salieron armados con fusiles de una mezquita de la capital y con la misma tranquilidad que su colega asesinaron a 22 turistas en el Museo Nacional del Bardo. Primero ametrallaron un autobús en el aparcamiento. Y después se atrincheraron en las salas del piso superior, que albergan algunos de los mosaicos más bellos del mundo. Tres horas de pánico -antes de ser abatidos- que revelaron graves fallos de seguridad, improvisación y falta de medios. Y que arruinaron la confianza en el frágil Gobierno golpeando uno de sus pilares económicos y su principal carta de presentación al mundo: la industria del turismo.

Según los investigadores, los tres jóvenes asesinos se radicalizaron siguiendo un mismo patrón. Educados en el seno de familias acomodadas, fueron captados por organizaciones radicales como Hizb al Tahrir o Ansar al Sharia, que aprovecharon los tiempos en que su actividad todavía era legal (la primera todavía tiene licencia, la segunda fue prohibida en 2013) para filtrarse en su alma a través de la gatera abierta por sus conflictos existenciales.”

Estado Islámico. Geopolítica del caos, de Javier Martín; Catarata, 2015; pgs. 142-143.

La frase subrayada es la clave en la que nadie parece querer pensar, a la hora de tratar de entender lo que está ocurriendo. Sin embargo, creo que la redacción de dicha frase ya refleja un error de su autor, pues decreta la minoría de edad mental de todos aquellos que optan por formar parte de alguno de los miles de grupos yihadistas que pueblan el mundo en la actualidad, negándoles la categoría de seres humanos responsables de sus propios actos y decisiones. Nosotros no caeremos en tal error, incluso si nos vemos obligados a quitarles la vida.

La clave es que el Occidente parido por la Modernidad no satisface los deseos de plenitud existencial de millones de sus ciudadanos. Ni siquiera la comodidad económica y el ocio consumista sirven de zanahorias suficientes para mantener a estos rebeldes dentro de sus esquemas civilizatorios.

No son pocos, ni simples locos, los que llevan desde hace décadas (siglos, incluso) anunciando que Occidente estaba secando sus propias raíces, lanzándose a un proceso de redefinición infinita que sólo podía traer miseria -material y espiritual- a sus hijos.

En un efecto rebote del péndulo fácilmente predecible, las búsquedas de sentido de los hijos perdidos de Occidente están siendo tan extremas como para arrojar niños ahogados en sus playas fronterizas (mucho más visibles que los millones triturados en las clínicas abortivas). El occidental se conmueve y parpadea, súbitamente despierto de sus nebulosos entretenimientos, y se pregunta qué está ocurriendo, cómo es posible tal sinsentido.

Es entonces cuando nosotros nos paramos delante de nuestros contemporáneos y, con sosiego acantilado, les decimos:

Hay pocas cosas que tengan más sentido que lo que está ocurriendo.

isis

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