EUPHEUS

por El Responsable

“Un día, al final de una semana, regresó a su casa y, cuando llegó el lunes, no volvió a marcharse. A partir de aquel día se le veía diariamente por el centro de la ciudad, en la plaza, sombrío y mugriento, con la mirada llena de aquella expresión furiosa, hostil, que la gente tomaba por locura: aquel aire de violencia desvanecida, semejante a un perfume, a un olor; aquel fanatismo parecido a una brasa que se apaga poco a poco, una especie de evangelismo de dos caras, con una cuarta parte de ferviente convicción y tres cuartas partes de intrepidez física. Así que nadie se sorprendió cuando se supo que recorría el condado, generalmente a pie, para predicar en las iglesias negras. Ni siquiera se asombró nadie cuando, un año después, se conoció el tema de sus sermones. Porque aquel blanco que, para subsistir, dependía casi exclusivamente de la generosidad, de la caridad de los negros, iba solo hasta las iglesias negras más apartadas. Y allí, interrumpiendo el oficio para subir al púlpito, predicaba a los negros, con su voz ronca, muerta. algunas veces con grandes obscenidades, la humildad ante todas las pieles más claras que las de ellos. Inconscientemente paradójico en su fanatismo, les predicaba la superioridad de la raza blanca, presentándose él mismo como el mejor ejemplo. Los negros le creían loco. Pensaban que la mano de Dios le había tocado o que quizás era él quien había tocado a Dios. Lo más probable es que no escuchasen o que no pudiesen comprender lo que el hombrecillo decía. Tal vez le tomaban por el mismo Dios, puesto que, para ellos, Dios era también un hombre blanco cuyos caminos eran siempre un tanto impenetrables.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pgs. 302-303.