LATAKIA

por El Responsable

-Busco al general Myshkin -dijo el joven soldado.

El otro hizo un gesto con la cabeza hacia la playa cercana. En un banco del paseo, justo al borde de la arena mojada por la marea, un oficial observaba sentado la línea del horizonte.

El joven soldado se acercó a buen paso. Rodeó el banco y se cuadró delante de su superior. El general recibió el saludo con un gesto mínimo y esperó con la mirada. El soldado le alcanzó un papel doblado. El general lo leyó y lo volvió a doblar. Se lo guardó en un bolsillo mientras devolvía la mirada al mar.

-¿Usted fuma, soldado? -preguntó.

-¿Perdón…? -preguntó a su vez el soldado, sorprendido.

El general sacó una pipa de otro bolsillo y empezó a cargarla sin prisa.

-Cigarrillos, señor. De vez en cuando.

El general encendió su pipa con una cerilla.

-Hace muchos años, los campesinos de esta zona tuvieron unas formidables cosechas de tabaco; recogieron tanto, que no les cabía en los secaderos que ya tenían construidos. Construyeron más y, aún así, seguía quedando tabaco que guardar. Así que decidieron secarlo en sus propias casas.

El general hizo un alto y dio unas caladas profundas.

-Cuando llegó el turno de fumar el tabaco que habían guardado en sus casas, descubrieron que tenía un curioso sabor ahumado. Reconocieron los olores de las maderas que usaban para alimentar los fuegos con los que se calentaban y cocinaban. Pensaron que habían arruinado esa parte de la cosecha. Pero resultó que ése era precisamente el tabaco que mejor se vendía.

Un tanque cruzó la playa, justo por delante de ellos.

-Es mi tabaco favorito: Latakia, el mismo nombre de esta bella ciudad.

El general se levantó y se abotonó la guerrera.

-A veces uno tarda en reconocer los regalos de Dios -añadió.

El joven soldado siguió al general, de vuelta hacia el campamento. Mientras caminaban, regresaron a su mente las imágenes de cuerpos decapitados. Su mano derecha buscó la cruz que colgaba de su pecho.

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