UT NOBIS CORPUS ET SANGUIS FIAT

por El Responsable

El acólito sujetaba la casulla, mientras el sacerdote elevaba la Hostia.

A su espalda, en el penúltimo banco, dos niños aguantaban las ganas de reír, tapándose la boca con ambas manos; su padre les miró muy serio, sin parpadear.

Se abrió una de las puertas del templo. Una figura ceñida en negro entró en el recinto. A pesar del pasamontañas, que sólo dejaba los ojos al descubierto, sus palabras serenamente pronunciadas se escucharon en las cuatro esquinas de la iglesia.

No hay más dios que el Dios y Mahoma es su profeta.

Los niños y su padre vieron cómo la enguantada mano derecha de aquel hombre apretaba algo. No vieron nada más.

Al acólito apenas le dio tiempo a girar la cabeza. Sin saber cómo, se encontró aplastado contra la base del altar. Sintió el ojo izquierdo húmedo y un dolor intenso en la frente. Dirigió la mirada hacia los bancos, que se habían amontonado junto a las escaleras del presbiterio. Las ruedas de un cochecito giraban inútiles hacia el cielo. Entre el humo, el acólito vio manchas rojas arrastrándose. Las vio gritar, pero no oía sus gritos.

Devolvió entonces la mirada al altar, que se había quedado vacío. Buscó a su alrededor, todo lo que le permitió el dolor de sus músculos. Rodeó gateando el altar. Allí, al pie del retablo, encontró al sacerdote escrutando el suelo, apartando trozos de carne roja y tela negra.

El acólito ya empezaba a oír los gritos de los supervivientes.

…el Cuerpo de Cristo… -musitaba el sacerdote, mientras seguía buscando- …el Cuerpo de Cristo…

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