El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: septiembre, 2015

BEATI ERITIS

Termino de leer El Reino, la última obra de Emmanuel Carrère (Anagrama, 2015). Durante la lectura, creo que he pasado por buena parte de los estados de ánimo que es capaz de sentir un hombre: alegría, enfado, tristeza, rechazo, calma, exaltación… Este amable agnóstico, que confiesa haber sido un converso al catolicismo durante algunos años de su vida -ya lejanos-, y que intercala la detallada descripción de su vídeo pornográfico favorito en la investigación que lleva a cabo de San Lucas el Evangelista, me ha dado más ganas de reabrir mi Biblia para realizar una nueva lectura pormenorizada del Nuevo Testamento que cualquier otra cosa sucedida en los últimos tiempos.

Llevo lo suficiente en este asunto como para saber que las paradojas son el ecosistema habitual de un católico.

El que su libro haya producido tal efecto en mí creo que se debe a que Carrère, a pesar de su agnosticismo, es una persona profundamente apasionada por el fenómeno cristiano. Y creo que no hay nada que a mí me apasione más. Así que soy de contagio fácil, en este punto. Lo cual no te convierte en un buen cristiano, ni mucho menos. De hecho, a Carrère ni siquiera le (re)convierte en cristiano (por ahora… añado con afán proselitista). Pero le permite escribir párrafos como éste (pgs. 511-512):

“Sin decir una palabra, vierte agua en un barreño para lavar los pies de sus discípulos y luego secarlos con el paño que lleva atado a la cintura. Es la tarea de un esclavo: los discípulos están estupefactos. Se arrodilla delante de Pedro, que protesta: ¿Tú, Señor? ¿Lavarme los pies a mí? Lo que yo hago, responde Jesús, no puedes comprenderlo ahora. Lo comprenderás más tarde. Nunca, exclama Pedro. ¡Nunca jamás!

No es la primera vez que Pedro no entiende nada, ni tampoco es la última. Esta historia de los pies es demasiado para él. A pesar de las advertencias de Jesús, los acontecimientos de los últimos días le han convencido de que había sucedido, de que él y los demás habían apostado por el buen caballo, de que Jesús iba a tomar el poder y convertirse en el jefe. A un jefe se le venera, se le admira, se le pone en un pedestal. Pero la admiración no es amor. El amor quiere la proximidad, la reciprocidad, la aceptación de la vulnerabilidad. El amor no dice lo que nos pasamos la vida diciendo continuamente a todo el mundo: Yo valgo más que tú. El amor tiene otras formas de tranquilizarse. Otra autoridad, que no viene de arriba sino de abajo. Nuestras sociedades, todas las sociedades humanas, son piramidales. En la cima están los importantes: los ricos, los poderosos, los bellos, los inteligentes, las personas a las que todo el mundo mira. En el medio están los ciudadanos de a pie, que son la mayoría y a los que nadie mira. Y, por último, en la base están todos aquellos a los que incluso los del medio miran muy satisfechos por encima del hombro: los esclavos, los tarados, los pobres diablos. Pedro es como todo el mundo: le gusta ser amigo de los importantes, no de los parias, y he aquí que Jesús se pone precisamente en el lugar de los parias. La cosa ya no marcha. Pedro contrae los pies para que Jesús no pueda lavárselos y dice: Nunca jamás. Jesús le responde con firmeza: Si no te lavo los pies no puedes relacionarte conmigo, no puedes ser mi discípulo, y Pedro cede poniendo muchas pegas, como siempre: Bueno, pero entonces no sólo los pies. También las manos, y después la cabeza.

Cuando les ha lavado los pies a todos, Jesús se incorpora, se pone la túnica y vuelve a su sitio. Dice: Me llamáis Señor y Maestro, y tenéis razón: es lo que soy. Y puesto que yo, que soy Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavároslos unos a otros. Si lo hacéis seréis felices.”

Obra de Ford Madox Brown (1852-6)

Obra de Ford Madox Brown (1852-6)

EN EL SENO DE FAMILIAS ACOMODADAS

Marine Le Pen puede detener la inmigración, pero no puede parar la islamización, que es un proceso espiritual, un cambio de paradigma, un retorno a la religión.

Michel Houellebecq

Son varios los factores que han hecho que el yihadismo se desarrolle tanto y tan rápido después de la revolución. Primero, por las nuevas políticas adoptadas. En tiempos de Ben Ali, todo estaba bajo control del Estado. Hasta las mezquitas. Con la llegada de la libertad religiosa, la anarquía se apropió de los templos. Clérigos salafistas ocuparon muchas de ellas, gracias sobre todo al dinero procedente del wahabismo, de Arabia Saudí y de Emiratos Árabes Unidos, explica [Hedi Yahmed, director de la revista digital tunecina Hakaikh]. Después, naturalmente, el contexto internacional, en particular las guerras en Siria y Libia. La decisión del [gobierno de transición] tripartito de An Nahda de apoyar a los rebeldes sirios llenó de voluntarios tunecinos las filas del EI y de grupos afines a Al Qaeda. Pero también, por moda, como una especie de reacción rebelde contra la dictadura. En tiempos de Ben Ali, Túnez era un estado totalitario que lo controlaba y reprimía todo, incluida la religiosidad, que estaba mal vista. Así que liberados del ojo inquisidor, muchos jóvenes comenzaron a acercarse a las mezquitas para intentar integrar la religión en sus vidas, para buscar la fe y vivirla. Muchos de ellos cayeron en las garras de los grupos salafistas, que de repente podían predicar con total libertad, explica.

Rezgui fue uno de ellos. También Yassine Abidi y Hatem Khachnaoui, quienes el 18 de marzo de 2015 salieron armados con fusiles de una mezquita de la capital y con la misma tranquilidad que su colega asesinaron a 22 turistas en el Museo Nacional del Bardo. Primero ametrallaron un autobús en el aparcamiento. Y después se atrincheraron en las salas del piso superior, que albergan algunos de los mosaicos más bellos del mundo. Tres horas de pánico -antes de ser abatidos- que revelaron graves fallos de seguridad, improvisación y falta de medios. Y que arruinaron la confianza en el frágil Gobierno golpeando uno de sus pilares económicos y su principal carta de presentación al mundo: la industria del turismo.

Según los investigadores, los tres jóvenes asesinos se radicalizaron siguiendo un mismo patrón. Educados en el seno de familias acomodadas, fueron captados por organizaciones radicales como Hizb al Tahrir o Ansar al Sharia, que aprovecharon los tiempos en que su actividad todavía era legal (la primera todavía tiene licencia, la segunda fue prohibida en 2013) para filtrarse en su alma a través de la gatera abierta por sus conflictos existenciales.”

Estado Islámico. Geopolítica del caos, de Javier Martín; Catarata, 2015; pgs. 142-143.

La frase subrayada es la clave en la que nadie parece querer pensar, a la hora de tratar de entender lo que está ocurriendo. Sin embargo, creo que la redacción de dicha frase ya refleja un error de su autor, pues decreta la minoría de edad mental de todos aquellos que optan por formar parte de alguno de los miles de grupos yihadistas que pueblan el mundo en la actualidad, negándoles la categoría de seres humanos responsables de sus propios actos y decisiones. Nosotros no caeremos en tal error, incluso si nos vemos obligados a quitarles la vida.

La clave es que el Occidente parido por la Modernidad no satisface los deseos de plenitud existencial de millones de sus ciudadanos. Ni siquiera la comodidad económica y el ocio consumista sirven de zanahorias suficientes para mantener a estos rebeldes dentro de sus esquemas civilizatorios.

No son pocos, ni simples locos, los que llevan desde hace décadas (siglos, incluso) anunciando que Occidente estaba secando sus propias raíces, lanzándose a un proceso de redefinición infinita que sólo podía traer miseria -material y espiritual- a sus hijos.

En un efecto rebote del péndulo fácilmente predecible, las búsquedas de sentido de los hijos perdidos de Occidente están siendo tan extremas como para arrojar niños ahogados en sus playas fronterizas (mucho más visibles que los millones triturados en las clínicas abortivas). El occidental se conmueve y parpadea, súbitamente despierto de sus nebulosos entretenimientos, y se pregunta qué está ocurriendo, cómo es posible tal sinsentido.

Es entonces cuando nosotros nos paramos delante de nuestros contemporáneos y, con sosiego acantilado, les decimos:

Hay pocas cosas que tengan más sentido que lo que está ocurriendo.

isis

DHIMMA

“Mosul es un buen ejemplo. Nada más tomar la ciudad, Abu Bakr al Bagdadi nombró gobernador: el elegido fue Azhar al Obeidi, general del extinto Ejército iraquí. Apenas dos días después, el oficial publicó un bando con las nuevas normas que regían en las calles: aplicación estricta de ley islámica según la interpretación más restrictiva de la corriente wahabí-saudí. Al igual que en Arabia Saudí, delitos considerados capitales -como el robo a mano armada, la violación o la apostasía- serían castigados con la muerte y su ejecución rápida y pública. La ciega locura de Al Bagdadi y su jauría de alfaquíes transgrede la norma más allá de la rigidez de la letra. El piloto jordano capturado y ajusticiado a principios de 2015 fue quemado vivo en una jaula porque, según la interesada interpretación de los ulemas del Estado Islámico, la ley consigna que el reo debe morir de la misma manera que mata; y él lanzaba fuego desde el cielo.

Los wali se ocupan, también, de que las mezquitas estén llenas y las calles vacías durante las cinco oraciones del día; de que las mujeres vayan tapadas de pies a cabeza y no salgan solas a la calle; de que ni en supermercados, colegios o edificios públicos los sexos se mezclen. De que no se apueste, de que no se escuche música y de que no haya otros símbolos religiosos más que los islámicos. Y de perseguir con saña a homosexuales, blasfemos, adúlteros y asociadores -en esta categoría se incluye a los chiítas-. Normas en vigor también en Arabia Saudí. El absurdo llega hasta para prohibir los helados porque estos no existían en tiempos del Profeta.

Las normas son incluso más restrictivas para los no musulmanes. Si pertenecen a la religión del Libro (cristianos y judíos) tienen tres opciones: someterse, convertirse o huir. Si aceptan el estatus de dimmies (habitual en la Edad Media), deberán pagar un impuesto especial (jizya), abstenerse de utilizar sus símbolos religiosos y renunciar a productos prohibidos como el alcohol y la carne de cerdo. No podrán tampoco portar armas ni rezar en comunidad. Peor destino se les reserva al resto: chiíes y yaizies -a los que se considera politeístas- solo tienen la opción de la conversión o la muerte. Los últimos pueden igualmente ser vendidos como esclavos y sus mujeres engrosar los harenes como concubinas sin derechos.”

Estado Islámico. Geopolítica del caos, de Javier Martín; Catarata, 2015; pgs. 59-60.

Jordan pilot

THE SHIRE

Frodo todavía ama la Comarca, los campos, bosques y arroyos.

El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo, de J. R. R. Tolkien; Minotauro, 2001; pg. 49.

“Que se pudiese ser local sin ser provinciano fue uno de los milagros medievales.

[…] Entre civilización y comarca no hay instancia intermedia que merezca nuestra lealtad.

[…] El patriotismo que no sea adhesión carnal a paisajes concretos, es retórica de semi-cultos para arrear iletrados hacia el matadero.

[…] Patria, sin palabrería nacionalista, es sólo el espacio que un individuo contempla a la redonda al ascender una colina.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 828, 816, 785, 671.

Ría de Ferrol

EUPHEUS

“Un día, al final de una semana, regresó a su casa y, cuando llegó el lunes, no volvió a marcharse. A partir de aquel día se le veía diariamente por el centro de la ciudad, en la plaza, sombrío y mugriento, con la mirada llena de aquella expresión furiosa, hostil, que la gente tomaba por locura: aquel aire de violencia desvanecida, semejante a un perfume, a un olor; aquel fanatismo parecido a una brasa que se apaga poco a poco, una especie de evangelismo de dos caras, con una cuarta parte de ferviente convicción y tres cuartas partes de intrepidez física. Así que nadie se sorprendió cuando se supo que recorría el condado, generalmente a pie, para predicar en las iglesias negras. Ni siquiera se asombró nadie cuando, un año después, se conoció el tema de sus sermones. Porque aquel blanco que, para subsistir, dependía casi exclusivamente de la generosidad, de la caridad de los negros, iba solo hasta las iglesias negras más apartadas. Y allí, interrumpiendo el oficio para subir al púlpito, predicaba a los negros, con su voz ronca, muerta. algunas veces con grandes obscenidades, la humildad ante todas las pieles más claras que las de ellos. Inconscientemente paradójico en su fanatismo, les predicaba la superioridad de la raza blanca, presentándose él mismo como el mejor ejemplo. Los negros le creían loco. Pensaban que la mano de Dios le había tocado o que quizás era él quien había tocado a Dios. Lo más probable es que no escuchasen o que no pudiesen comprender lo que el hombrecillo decía. Tal vez le tomaban por el mismo Dios, puesto que, para ellos, Dios era también un hombre blanco cuyos caminos eran siempre un tanto impenetrables.”

Luz de agosto, de William Faulkner; Alfaguara, 2012; pgs. 302-303.

LATAKIA

-Busco al general Myshkin -dijo el joven soldado.

El otro hizo un gesto con la cabeza hacia la playa cercana. En un banco del paseo, justo al borde de la arena mojada por la marea, un oficial observaba sentado la línea del horizonte.

El joven soldado se acercó a buen paso. Rodeó el banco y se cuadró delante de su superior. El general recibió el saludo con un gesto mínimo y esperó con la mirada. El soldado le alcanzó un papel doblado. El general lo leyó y lo volvió a doblar. Se lo guardó en un bolsillo mientras devolvía la mirada al mar.

-¿Usted fuma, soldado? -preguntó.

-¿Perdón…? -preguntó a su vez el soldado, sorprendido.

El general sacó una pipa de otro bolsillo y empezó a cargarla sin prisa.

-Cigarrillos, señor. De vez en cuando.

El general encendió su pipa con una cerilla.

-Hace muchos años, los campesinos de esta zona tuvieron unas formidables cosechas de tabaco; recogieron tanto, que no les cabía en los secaderos que ya tenían construidos. Construyeron más y, aún así, seguía quedando tabaco que guardar. Así que decidieron secarlo en sus propias casas.

El general hizo un alto y dio unas caladas profundas.

-Cuando llegó el turno de fumar el tabaco que habían guardado en sus casas, descubrieron que tenía un curioso sabor ahumado. Reconocieron los olores de las maderas que usaban para alimentar los fuegos con los que se calentaban y cocinaban. Pensaron que habían arruinado esa parte de la cosecha. Pero resultó que ése era precisamente el tabaco que mejor se vendía.

Un tanque cruzó la playa, justo por delante de ellos.

-Es mi tabaco favorito: Latakia, el mismo nombre de esta bella ciudad.

El general se levantó y se abotonó la guerrera.

-A veces uno tarda en reconocer los regalos de Dios -añadió.

El joven soldado siguió al general, de vuelta hacia el campamento. Mientras caminaban, regresaron a su mente las imágenes de cuerpos decapitados. Su mano derecha buscó la cruz que colgaba de su pecho.

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EL CELO DE TU CASA ME DEVORA

“Calman cantaba las palabras mientras se pasaba la mano por la barba para alisarla. Fijó la vista en el comentario del rabí Yom Tov Heller, y vio el antiguo templo, el templo en cuya estancia más recóndita se encontraba el Arca Sagrada de oro macizo. Y el Sumo Sacerdote entraba, una vez al año, en aquel sanctasanctórum vestido con rica túnica, cubierta la cabeza con un velo y en las manos un recipiente para quemar incienso. Alrededor de la sagrada estancia se alzaban los restantes edificios que formaban el templo. Los sacerdotes ofrecían el sacrificio de animales en los altares, quemaban grasa animal y freían alimentos en ofertorio. Más lejos, se encontraba el patio del templo, en el que todos los judíos podían entrar. Estaba lleno a rebosar. No cabía ni un alfiler en el patio. Pero cuando el Sumo Sacerdote entonaba el nombre de Jehová, el patio se ensanchaba para que los judíos pudieran arrodillarse e inclinar la cabeza hacia el suelo.

Calman sentía el ardiente deseo de que volvieran los tiempos en que los judíos vivían en la tierra de Israel. Tres veces al año peregrinaban a Jerusalén. Tenían sus propios campos, bosques, viñedos e higueras. Un rey reinaba entre los judíos, y los hombres hacían profecías. Sin embargo, pensó Calman, no por esto los judíos dejaban de pecar. En otros tiempos adoraron al Becerro de Oro. ¡Qué extraño! ¿Cómo fue posible tamaña enormidad?

Calman ni siquiera recordaba cuándo había aprendido el cántico que ahora entonaba para rezar y estudiar a un tiempo. Aquel cántico había llegado hasta él a través de las generaciones. Las palabras del Mishnah eran muy claras. Hacían referencia a un buey, un asno, un ladrón, un asesino, un matrimonio y un divorcio. Y cada palabra exhalaba un aroma indescriptible. Las letras hebreas estaban trazadas por mano santa, sagrada, eterna. Calman tenía la impresión de que aquellas letras le unieran a los patriarcas, a Josué, a Gamaliel, a Eliezer… Aquellos textos le hablaban tal como hablan los abuelos, los bisabuelos. Le decían lo que era justo y lo que era injusto, lo que era puro y lo que era impuro. Le hacían partícipe de los tesoros del Tora. Cuando se encontraba entre libros sagrados, Calman se sabía a salvo. Sobre cada volumen se cernía el alma de su autor. Allí, el Señor le vigilaba y protegía.”

La casa de Jampol, de Isaac Bashevis Singer; Debate, 2003; pgs. 508-509.

Israeli soldiers from a tank squadron wearing "Talit" (prayer shawls) and "Tefilin" (phylacteries) hold a Torak scroll as they conduct morning prayers at an Israeli army deployment area near the Israel-Gaza Strip border on November 19, 2012. The Israeli cabinet gave its green light for the recruitment of up to 75,000 reservists, Channel 2 television said, amid signs that Israel was gearing up for a ground offensive in Gaza.  AFP PHOTO / JACK GUEZ

CONJUGANDO

Escondía la primera persona

en un pretérito imperfecto.

Por aquel entonces, erraba.

LECCIONES PAGANAS PARA JÓVENES CATÓLICOS

“Una promesa es siempre un compromiso y tiene la misma importancia independientemente de la persona con la que se contrae. Lo único que cuenta es la buena fe de quien la pronuncia.

En un relato de Akinari Ueda referido a la belleza de la lealtad, titulado El juramento entre las flores de crisantemo, un hombre hace todo lo posible para cumplir una promesa que realizó años atrás a su fiel amigo, y como no puede presentarse físicamente en el lugar de la cita a la hora establecida, decide suicidarse para llegar hasta allí al menos en espíritu. La finalidad del pacto que había convenido con su amigo era puramente la amistad, la lealtad; no había en juego ningún interés material. Sacrificar la vida por algo extraño a un interés material podrá parecer hoy insensato, pero una de mis ideas fundamentales es que la esencia de las promesas no debe buscarse en el espíritu de la actual sociedad contractual sino en la lealtad de los seres humanos. En la vida del hombre el tiempo no retorna.

Este día determinado del mes de agosto de 1968, además de ser irrepetible en la historia de la humanidad, es un momento que no se presentará más en la vida de aquellos que lo están viviendo. Incluso la promesa más modesta tiene en realidad una importancia enorme. Es triste que sólo cuando hemos dejado atrás la juventud nos demos cuenta del valor del tiempo.”

Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, de Yukio Mishima; La Esfera de los Libros, 2001; pgs. 104-105.

Yukoku

EL ESTALLIDO DE LA BURBUJA DE JABÓN (PREPARACIÓN ESPIRITUAL PARA LO POR VENIR)

“Se distinguían ya entre el polvo, pintados en el manto de los ponis, galones y manos y soles nacientes y pájaros y peces de todas clases como una obra vieja descubierta bajo el apresto de un lienzo y ahora se podía oír también sobre el retumbo de los cascos sin herrar el sonido de las quenas, esas flautas hechas con huesos humanos, y en la compañía algunos habían empezado a recular en sus monturas y otros a girar desorientados cuando del lado izquierdo de los ponis surgió una horda de lanceros y arqueros a caballo cuyos escudos adornados con añicos de espejos arrojaban a los ojos de sus enemigos un millar de pequeños soles enteros. Una legión de horribles, cientos de ellos, medio desnudos o ataviados con trajes áticos o bíblicos o de un vestuario de pesadilla, con pieles de animales y con sedas y trozos de uniforme que aún tenían rastros de la sangre de sus anteriores dueños, capas de dragones asesinados, casacas del cuerpo de caballería con galones y alamares, uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero en verde que lucían cornamentas de toro o de búfalo y uno con una levita puesta del revés y aparte de eso desnudo y uno con armadura de conquistador español, muy mellados el peto y las hombreras por antiguos golpes de maza o sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos eran ya puro polvo, y muchos con sus trenzas empalmadas con pelo de otras bestias y arrastrando por el suelo y las orejas y colas de sus caballos adornadas con pedazos de tela de vistosos colores y uno que montaba un caballo con la cabeza pintada totalmente de escarlata y todos los jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más terrible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como esos seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea.

Oh Dios, dijo el sargento.

Un susurro de flechas atravesó la compañía y varios hombres se tambalearon y cayeron de sus monturas. Los caballos se encabritaban y corcoveaban y las hordas mongoles corrieron paralelas a sus flancos y giraron y arremetieron en pleno sobre ellos lanzas en ristre.

La columna se había detenido y los primeros disparos empezaron a sonar. El humo gris de los rifles se confundía con el polvo que levantaban los lanceros al hacer brecha en sus filas. El chaval notó que su caballo se desinflaba bajo sus piernas con un suspiro neumático. Había disparado ya su rifle y estaba sentado en el suelo trajinando con la cartuchera. Cerca de él un hombre tenía una flecha clavada en el cuello y estaba ligeramente encorvado como si rezara. El chaval habría tratado de estirar la punta de hierro ensangrentada pero entonces vio que el hombre tenía otra flecha clavada hasta las plumas en el pecho y estaba muerto. Por todas partes había caballos caídos y hombres gateando y vio a uno que estaba sentado cargando su rifle mientras la sangre le chorreaba de las orejas y vio hombres de rodillas bascular hacia el suelo para trabarse con su propia sombra y vio cómo a algunos los alanceaban y los agarraban del pelo y les cortaban la cabellera allí mismo y vio caballos de guerra pisoteando a los caídos y un pequeño poni cariblanco con un ojo empañado surgió de las tinieblas y le mordió como un perro y desapareció. De los heridos los había que parecían privados de entendimiento y los había que estaban pálidos bajo la máscara de polvo y otros se habían ensuciado encima o se habían desplomado sobre las lanzas de los salvajes, que ahora atacaban en un frenético friso de caballos con sus ojos estrábicos y sus dientes limados y jinetes desnudos con manojos de flechas apretados entre las mandíbulas y escudos que destellaban en el polvo y volviendo por el flanco contrario de la maltratada tropa en medio de un concierto de quenas y deslizándose lateralmente de sus monturas con un talón colgado del sobrecuello y sus arcos cortos tensados bajo el pescuezo tenso de los ponis hasta haber rodeado a la compañía y dividido en dos sus filas e incorporándose de nuevo como figuras en un cuarto de los espejos, unos con rostros de pesadilla pintados en sus pechos, abatiéndose sobre los desmontados sajones y alanceándolos y aporreándolos y saltando de sus ponis cuchillo en mano y corriendo de un lado a otro con su peculiar trote estevado como criaturas impulsadas a adoptar formas impropias de locomoción y despojando a los muertos de su ropa y agarrándolos del pelo y pasando sus cuchillos por el cuero cabelludo de vivos y muertos por igual y enarbolando la pelambre sanguinolenta y dando tajos y más tajos a los cuerpos desnudos, arrancando extremidades, cabezas, destripando aquellos raros cuerpos blancos y sosteniendo en alto grandes puñados de vísceras, genitales, algunos de los salvajes tan absolutamente cubiertos de cuajarones que parecían haberse revolcado como perros y algunos que hacían presa de los moribundos y los sodomizaban entre gritos a sus compañeros. Y ahora los caballos de los muertos venían trotando de entre el humo y el polvo y empezaban a girar en círculo con estribos sueltos y crines al aire y ojos ensortijados por el miedo como los ojos de los ciegos y unos venían erizados de flechas y otros traspasados por una lanza y se tropezaban y vomitaban sangre mientras cruzaban el escenario de la matanza y se perdían otra vez de vista. El polvo restañaba los pelados cráneos húmedos de los escalpados, quienes con el reborde de pelo por debajo de la herida y tonsurados hasta el hueso yacían como monjes desnudos y mutilados sobre el polvo ahogado en sangre y por todas partes gemían y farfullaban los moribundos y gritaban los caballos heridos en tierra.”

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 61-63.

'Casita de dulces II', de Guillermo Lorca (2011)

‘Casita de dulces II’, de Guillermo Lorca (2011)

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester