LA ABOLICIÓN DEL ESCÁNDALO DE LA MUERTE

por El Responsable

“[…] el hombre moderno no practica ni la resignación orgullosa a la necesidad que lo avasalla, ni el acatamiento de esa voluntad a cuyo supuesto capricho accede una jubilosa insurrección de nuestro ser. Su manera sutil de protegerse consiste en el intento de suprimir el escándalo de la muerte.

El hombre archiva las imprecaciones milenarias y procede fríamente a cegar esas grietas por donde se infiltra la angustia. El hombre sumerge al hombre en el mar de la existencia animal y disuelve la contextura nudosa de la vida en la indiferencia de la materia. Todo estremecimiento ante la muerte no parece ya sino flaqueza de mentalidades reacias a admitir la naturalidad causal de todo acontecimiento cualquiera. Como cosa natural, como resultado bruto de la plácida neutralidad de constantes universales, como acto sumado a la serie uniformemente continua de los actos, la muerte es sólo uno de los fenómenos de la existencia biológica. La muerte es sólo un estado del cuerpo. Toda configuración biológica la reconoce por conclusión normal. La muerte es una función de la vida.

Una meditación solitaria no es ya el lugar propio de su estudio; conviene considerarla en tablas de estadística donde diversos coeficientes agotan sus significados posibles.

Naturalizada la muerte y allanado el escándalo, su importancia no difiere de la de cualquier otro factor del costo social, y debe computarse con el desgaste de máquinas y la desvalorización de edificios.

La vida merece la solicitud del estado que cuida de sus instalaciones industriales; pero así como ante un motor obsoleto toda emoción es artificio, todo rito mortuorio se transforma en aséptica tarea. La ciudad elimina sus cadáveres, con las demás basuras, en lugares higiénicamente escogidos.

La magna empresa de abolir el escándalo de la muerte y de entregar una tierra eximida de terrores a un hombre instalado en su condición humana, no se ha cumplido aún con satisfactoria plenitud. Viejos resabios religiosos frenan todavía la exacta aplicación del cálculo social. Pero ya sabemos que bastarán pocos años para que la humanidad, familiarizada con la doctrina que suprime el escándalo, proceda a realizar sus propósitos con más estricta coherencia.

Al anciano prisionero que dialoga en la mañana luminosa y fúnebre, a la nocturna angustia de sudor y de sangre, el orgullo moderno mostrará grupos sumidos en pavura y espanto que las ametralladoras, en hilera, encauzan hacia los hornos crematorios.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 42-44.

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