LA GENTE DE LA MONTAÑA

por El Responsable

La Vieja hablaba de la Gente de la Montaña. Él nunca tuvo demasiado claro a qué montaña se podía referir. No había montañas cerca de La Ría. En aquella comarca, la máxima aspiración de cualquier elevación de terreno era la de ser llamada Monte.

No te fíes de la Gente de la Montaña…

La niebla son nubes que peregrinan por la tierra. Has decidido subir hasta la Ermita justo el día en que el cielo ha decidido bajar. Vas dejando atrás las marcas de piedra que señalan las estaciones de la romería. Apenas puedes ver los bordes del camino, asciendes a ciegas. Te guía el recuerdo de días menos oscuros.

Dejas atrás la niebla y compruebas que el sol sigue girando. Un manto blanco esconde La Ría, allá abajo. Las grúas portuarias elevan sus cabezas metálicas sobre el aliento del mundo; titanes que finalmente se han vengado de los dioses, con la ingenua ayuda de los hombres.

Ante ti los tres océanos: el de agua, el de tierra; y aquél en el que nacen y mueren las galaxias. La visión satura tu mirada. Ves tanto que dejas de ver. ¿Es ésta la Montaña?

Buscas sombra entre las ruinas recicladas del Monasterio. Ya no guardan ningún Misterio; sólo la seguridad torpe de los pasatiempos humanos, demasiado humanos.

¿Queda Gente aquí? ¿Por qué no son de fiar? Alguno de los que quedan allí abajo, ¿es de fiar? ¿Soy yo de fiar…?

Te acercas a las grandes piedras que brotan de la tierra. Acaricias los huecos y empapas los dedos en el rocío acumulado. ¿Cómo se han formado estos cálices?

Te sientas sobre el musgo, apoyando la espalda en la piedra. Hay un silencio que ha cuajado tras una condensación de susurros. Cae el velo azul y un Camino resplandece en el vacío equívoco del universo.

Sacas de la mochila una vela y un libro. Enciendes la vela, humilde faro repentino en el acantilado. Abres el libro y lees.

El que se precipita ahuyenta enjambres de dioses.

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