DE LA REALIDAD

por El Responsable

La Modernidad es una época del mundo que, entre otras cosas, se caracteriza por columpiarse delirante entre antinomias.

Una de las esquizofrenias más activas con las que ha envenenado el mundo es la disyuntiva radical entre cierta cosa normalmente llamada la Realidad (así, con mayúscula gorda y opresiva) y otra cierta cosa conocida como ficción (así, con minúscula tímida y apocada).

Hablan los modernos de la Realidad como algo dado y evidente, un conjunto de hechos monolíticos en los que se agota plenamente el sentido de lo que puede ser conocido; nos alejamos de ella cuando adornamos dicha Realidad con elementos fantásticos, otorgando notas y accidentes a los seres que no se corresponden con sus respectivas sustancias.

Esta falsificación de la Realidad es lo que suele llamarse ficción, fantasía; o, en fin, mito.

Pero este punto de partida es falaz, porque tal conocimiento de la Realidad no es propio de la condición humana. La realidad, para el ser humano, nunca está plenamente clausurada en su sentido último; por las propias limitaciones del conocimiento humano, la realidad está obligada al misterio. Y es ahí donde la posibilidad y la necesidad de narrar nacen.

La gracia de la fantasía no está, por lo tanto, en distraernos de la dura Realidad humana; sino en adiestrarnos en su cualidad misteriosa, que no se puede eliminar de ninguna manera. La promesa de luz total no es para este mundo y la fantasía ayuda a vivir entre tinieblas. El que habla de una Realidad sin incertidumbres, miente.

No hay, por lo tanto, pedagogía más nociva que aquella que promete una Realidad unívoca; es por ello que la oscuridad de los niños así educados, cuando se hacen adultos, es mayor si cabe: topan con el aspecto profundamente misterioso de la existencia y no saben cómo lidiar con él; viven completamente atemorizados, sin esperanza, confundiendo el misterio con la nada.

La época les ha prometido cosas que no está en su mano conceder y acaban comprendiendo que, al final, la Modernidad son los padres. Como dice Gómez Dávila, la creencia en la solubilidad fundamental de los problemas es característica propia al mundo moderno. Que todo antagonismo de principios es simple equívoco, que habrá aspirina para toda cefalalgia. Pero la verdad, para el cristiano, es tensión entre ciertas proposiciones contrarias. La teología no tiene la función de resolver el conflicto, sino de mostrar su necesidad.

No somos los crédulos los que huimos de la verdad, pues nosotros aceptamos el mundo tal y como es: un mundo en el que no queda más remedio que apostar sin tener todos los ases en la manga. De hecho, somos conscientes de que cualquier otra opción sería irracional e insoportable. Para dudar de la existencia de Dios bastaría que existieran pruebas de que existe. Somos los que aceptamos la niebla como puro aliento del mundo los que comprendemos que el mito es el modo único de expresar verdades simples.

Pues todo lo que haga sentir al hombre que el misterio lo envuelve lo vuelve más inteligente.

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