MENTIRA PURA, PECADO ETERNO

por El Responsable

Nada más peligroso para la fe que frecuentar a los creyentes.
El incrédulo restaura nuestra fe.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 565.

“En mi grupo había diez confirmandos, casi todos un par de años mayores que yo. Cuando el catequista al que ayudaba no estaba, en un aula mal iluminada por un tubo fluorescente, donde siempre hacía frío, les explicaba en qué consistía la confirmación:

-Aquí no se trata de averiguar si creéis en Dios, sino de si queréis continuar formando parte de la Iglesia, una institución que nos controla desde que nacemos hasta que nos morimos mediante los Sacramentos y necesita nuestro dinero. ¿Os resulta útil ir a misa? ¿Queréis prolongar una tradición de papas, curas y monjas? Si es así, continuad formando parte de esta comunidad y sed consecuentes. Si lo hacéis solo para dar una alegría a vuestras abuelas o para emborracharos en las convivencias, mejor que lo dejéis, ya basta de hipocresía: niños bautizados porque sí, niñas que comulgan para vestirse de princesas, parejas que se casan en las catedrales porque queda más bonito, gente que recibe la extremaunción por si acaso. A Dios lo encontraréis en la piel, detrás de las estrellas donde hay más estrellas; lo encontraréis en las comidas familiares, la música que os gusta, el arte, en muchos libros. Cada noche, antes de meteros en la cama, pensad como mínimo en una cosa que haya hecho que el día haya valido la pena. Ahí está Dios. Si además tenéis fe en la Iglesia y creéis que cumpliréis con vuestros compromisos, iréis a misa los domingos, educaréis a vuestros hijos en la fe católica apostólica y etcétera, entonces confirmaos.

El primer año, de diez confirmandos, se fueron tres. El segundo, cinco. Había logrado mi cometido, mi pequeña contribución a la justicia universal. Cuando me llamó a su despacho, el cura me preguntó, más dolido que enfadado:

-¿Qué has hecho?

-He dicho la verdad, padre, he cumplido el octavo mandamiento.

Contestó:

-El octavo mandamiento dice: No dirás falso testimonio ni mentirás. No es exactamente lo mismo.

Mentira pura, pecado eterno, quien dice mentiras se va al infierno.”

Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucia Ramis; Libros del Asteroide, 2013; pgs. 142-143.

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