UNA DE LAS HISTORIAS MÁS BELLAS DEL MUNDO

por El Responsable

La cocina de nuestra casa ferrolana tenía anexa una pequeña terracita, cuya única fuente de luz era una triste ventana que daba a los patios interiores de la manzana. En la terracita estaban el pilón, la secadora, un bacalao que solía estar colgado bajo el calentador y varias macetas.

También estaba el altar casero de mi abuela. Era una estantería pequeña, creo que de tres baldas, colgada en medio de la pared y repleta de imágenes de santos, Vírgenes y Cristos. Tras morir mi abuela, yo me quedé con una imagen del Sagrado Corazón y con un San Andrés de Teixido. También había un San Pancracio -de mucho uso en hogar proletario-.

La cocina comunicaba con la terracita a través de una puerta; pero también por una ventana interior de guillotina, bastante amplia.

Mi abuela solía apoyarse en el marco de esta ventana, por el lado de la cocina, en dirección al altar. Y en esa posición le rezaba a sus dioses lares, para protegernos a todos los suyos de las desventuras de la vida. En mi memoria, la inusual luz de la ría se cuela para pintar la escena, uno de esos recuerdos que a estas alturas de la vida me derrotan hasta la más profunda y bella de las melancolías.

Así debió de rezar durante la última marea de su marido.

Muchos años más tarde, me contó una historia de mi abuelo. Había regresado tras pasar, como solía, muchos meses en la mar, y mi abuela notó que sólo había traído un pantalón de vuelta. Le preguntó a su marido qué había pasado con el otro par -que además era nuevo, como bien me puntualiza mi mujer-. Mi abuelo le dijo que les había tocado atracar en un puerto africano: …allí la gente es pobrísima, Pacucha, no te lo puedes ni imaginar… Así que mi abuelo había decidido regalar su segundo par de pantalones a un negro desconocido.

Mi abuela contaba con mucha gracia la bronca que le había echado por sus delirios de generosidad, para a continuación reconocerme: …pero me daba la vuelta y sin que me viera, sonreía, y pensaba orgullosa que estaba casada con un hombre maravilloso…

A mí ésta me parece una de las historias más bellas del mundo.

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