El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: agosto, 2015

EL REY DEL BOSQUE

“¿Quién no conoce La rama dorada, el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la divina imaginación del artista envolvía y transfiguraba hasta el más bello paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado por los antiguos el espejo de Diana [Lacus Nemorensis, de 5 y medio kilómetros de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre]. Quien haya contemplado las quietas aguas encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la quietud y soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aún la solitaria orilla; aún podría aparecer entre el boscaje.

En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. Lago y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el pueblo de este nombre (modernamente La Riccia) estaba situado unos cinco kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una concavidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña. Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y sustituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil.

El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte.”

La rama dorada, de James George Frazer; Fondo de Cultura Económica, 1999; pgs. 23-24.

The Golden Bough exhibited 1834 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Presented by Robert Vernon 1847 http://www.tate.org.uk/art/work/N00371

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SI DIOS QUIERE LO MALO

“Que de un pecado se siga un bien es cosa ajena a la intención del que peca, como fue ajeno a la intención de los tiranos que sus persecuciones sirviesen para hacer resplandecer la paciencia de los mártires, y, por tanto, no se puede decir que semejante orden vaya implícito en la fórmula es un bien que exista o se haga el mal, porque nunca se juzga de una cosa por lo que tiene de accidental, sino por lo que le compete de por sí.

[…] Si bien entre que exista y que no exista el mal hay oposición contradictoria, no es, sin embargo, contradictoria la que hay entre querer que se haga el mal y querer que no se haga, ya que uno y otro son actos afirmativos. Por tanto, ni Dios quiere que se haga el mal ni quiere que no se haga; lo que quiere es permitir que se haga. Y esto es bueno.”

Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino; parte I, cuestión 19, artículo 9; BAC, 2010; vol. I, pgs. 514, 515.

Estado Islámico

LA ABOLICIÓN DEL ESCÁNDALO DE LA MUERTE

“[…] el hombre moderno no practica ni la resignación orgullosa a la necesidad que lo avasalla, ni el acatamiento de esa voluntad a cuyo supuesto capricho accede una jubilosa insurrección de nuestro ser. Su manera sutil de protegerse consiste en el intento de suprimir el escándalo de la muerte.

El hombre archiva las imprecaciones milenarias y procede fríamente a cegar esas grietas por donde se infiltra la angustia. El hombre sumerge al hombre en el mar de la existencia animal y disuelve la contextura nudosa de la vida en la indiferencia de la materia. Todo estremecimiento ante la muerte no parece ya sino flaqueza de mentalidades reacias a admitir la naturalidad causal de todo acontecimiento cualquiera. Como cosa natural, como resultado bruto de la plácida neutralidad de constantes universales, como acto sumado a la serie uniformemente continua de los actos, la muerte es sólo uno de los fenómenos de la existencia biológica. La muerte es sólo un estado del cuerpo. Toda configuración biológica la reconoce por conclusión normal. La muerte es una función de la vida.

Una meditación solitaria no es ya el lugar propio de su estudio; conviene considerarla en tablas de estadística donde diversos coeficientes agotan sus significados posibles.

Naturalizada la muerte y allanado el escándalo, su importancia no difiere de la de cualquier otro factor del costo social, y debe computarse con el desgaste de máquinas y la desvalorización de edificios.

La vida merece la solicitud del estado que cuida de sus instalaciones industriales; pero así como ante un motor obsoleto toda emoción es artificio, todo rito mortuorio se transforma en aséptica tarea. La ciudad elimina sus cadáveres, con las demás basuras, en lugares higiénicamente escogidos.

La magna empresa de abolir el escándalo de la muerte y de entregar una tierra eximida de terrores a un hombre instalado en su condición humana, no se ha cumplido aún con satisfactoria plenitud. Viejos resabios religiosos frenan todavía la exacta aplicación del cálculo social. Pero ya sabemos que bastarán pocos años para que la humanidad, familiarizada con la doctrina que suprime el escándalo, proceda a realizar sus propósitos con más estricta coherencia.

Al anciano prisionero que dialoga en la mañana luminosa y fúnebre, a la nocturna angustia de sudor y de sangre, el orgullo moderno mostrará grupos sumidos en pavura y espanto que las ametralladoras, en hilera, encauzan hacia los hornos crematorios.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 42-44.

LA SANGRE Y LA MEMORIA DEL CORDERO

Ojalá dejara usted de traerlo a la iglesia, madre, dijo Frony. La gente habla.

¿Qué gente?, dijo Dilsey.

Yo los oigo, dijo Frony.

Ya sé qué clase de gente será, dijo Dilsey, esos blancos muertos de hambre. Ésos son los que hablan. Los que creen que no vale para la iglesia de los blancos y que la iglesia de los negros no le vale a él.

Pero hablan, dijo Frony.

Que vengan a decírmelo a mí, dijo Dilsey. Diles que al buen Dios no le importa si él es listo o no lo es. Sólo a esos blancos muertos de hambre les importa.

El ruido y la furia, de William Faulkner; Alfaguara, 2008; pg. 294.

Caroline Barr ('Mammy Callie') sosteniendo a Dean, hermano de William Faulkner.

Caroline Barr (‘Mammy Callie’) sosteniendo a Dean, hermano de William Faulkner.

EL BARRIO

Hay ciertos lugares donde el pasado es tan denso que volver a caminar por ellos es como entrar andando en el mar. El bullicio de la memoria emborrona sin pausa la mirada presente.

Volver a ciertas calles de Madrid es igual que volver a ciertas calles de Ferrol: un viaje en el tiempo.

El Barrio nos ve regresar en un día ventoso, como si la conversación de los árboles zarandeados quisiera mezclar recuerdos y sensaciones de mis dos infancias, la gallega y la castellana.

Se suele decir que la familia no se elige y los amigos sí. Pero hay amistades que tampoco se eligen. Nacidas en esos años en que todos los errores son meras amenazas silenciosas, acaban siendo tan ajenas a la voluntad como el ADN. Te sientes ligado a ellas a pesar de todas las distancias: espaciales, temporales, espirituales.

No puedes evitar desear que todos esos personajes de la literatura de tu vida sean felices y coman perdices. Es una oración sencilla que brota de tu ser como el más inocente de los manantiales.

Hay amistades que no se eligen: son tatuajes ancestrales que no se pueden arrancar sin desfigurar el alma. Nada las rinde, cualquier cosa las renueva.

Sobre todo la muerte.

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DE LA REALIDAD

La Modernidad es una época del mundo que, entre otras cosas, se caracteriza por columpiarse delirante entre antinomias.

Una de las esquizofrenias más activas con las que ha envenenado el mundo es la disyuntiva radical entre cierta cosa normalmente llamada la Realidad (así, con mayúscula gorda y opresiva) y otra cierta cosa conocida como ficción (así, con minúscula tímida y apocada).

Hablan los modernos de la Realidad como algo dado y evidente, un conjunto de hechos monolíticos en los que se agota plenamente el sentido de lo que puede ser conocido; nos alejamos de ella cuando adornamos dicha Realidad con elementos fantásticos, otorgando notas y accidentes a los seres que no se corresponden con sus respectivas sustancias.

Esta falsificación de la Realidad es lo que suele llamarse ficción, fantasía; o, en fin, mito.

Pero este punto de partida es falaz, porque tal conocimiento de la Realidad no es propio de la condición humana. La realidad, para el ser humano, nunca está plenamente clausurada en su sentido último; por las propias limitaciones del conocimiento humano, la realidad está obligada al misterio. Y es ahí donde la posibilidad y la necesidad de narrar nacen.

La gracia de la fantasía no está, por lo tanto, en distraernos de la dura Realidad humana; sino en adiestrarnos en su cualidad misteriosa, que no se puede eliminar de ninguna manera. La promesa de luz total no es para este mundo y la fantasía ayuda a vivir entre tinieblas. El que habla de una Realidad sin incertidumbres, miente.

No hay, por lo tanto, pedagogía más nociva que aquella que promete una Realidad unívoca; es por ello que la oscuridad de los niños así educados, cuando se hacen adultos, es mayor si cabe: topan con el aspecto profundamente misterioso de la existencia y no saben cómo lidiar con él; viven completamente atemorizados, sin esperanza, confundiendo el misterio con la nada.

La época les ha prometido cosas que no está en su mano conceder y acaban comprendiendo que, al final, la Modernidad son los padres. Como dice Gómez Dávila, la creencia en la solubilidad fundamental de los problemas es característica propia al mundo moderno. Que todo antagonismo de principios es simple equívoco, que habrá aspirina para toda cefalalgia. Pero la verdad, para el cristiano, es tensión entre ciertas proposiciones contrarias. La teología no tiene la función de resolver el conflicto, sino de mostrar su necesidad.

No somos los crédulos los que huimos de la verdad, pues nosotros aceptamos el mundo tal y como es: un mundo en el que no queda más remedio que apostar sin tener todos los ases en la manga. De hecho, somos conscientes de que cualquier otra opción sería irracional e insoportable. Para dudar de la existencia de Dios bastaría que existieran pruebas de que existe. Somos los que aceptamos la niebla como puro aliento del mundo los que comprendemos que el mito es el modo único de expresar verdades simples.

Pues todo lo que haga sentir al hombre que el misterio lo envuelve lo vuelve más inteligente.

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LA GENTE DE LA MONTAÑA

La Vieja hablaba de la Gente de la Montaña. Él nunca tuvo demasiado claro a qué montaña se podía referir. No había montañas cerca de La Ría. En aquella comarca, la máxima aspiración de cualquier elevación de terreno era la de ser llamada Monte.

No te fíes de la Gente de la Montaña…

La niebla son nubes que peregrinan por la tierra. Has decidido subir hasta la Ermita justo el día en que el cielo ha decidido bajar. Vas dejando atrás las marcas de piedra que señalan las estaciones de la romería. Apenas puedes ver los bordes del camino, asciendes a ciegas. Te guía el recuerdo de días menos oscuros.

Dejas atrás la niebla y compruebas que el sol sigue girando. Un manto blanco esconde La Ría, allá abajo. Las grúas portuarias elevan sus cabezas metálicas sobre el aliento del mundo; titanes que finalmente se han vengado de los dioses, con la ingenua ayuda de los hombres.

Ante ti los tres océanos: el de agua, el de tierra; y aquél en el que nacen y mueren las galaxias. La visión satura tu mirada. Ves tanto que dejas de ver. ¿Es ésta la Montaña?

Buscas sombra entre las ruinas recicladas del Monasterio. Ya no guardan ningún Misterio; sólo la seguridad torpe de los pasatiempos humanos, demasiado humanos.

¿Queda Gente aquí? ¿Por qué no son de fiar? Alguno de los que quedan allí abajo, ¿es de fiar? ¿Soy yo de fiar…?

Te acercas a las grandes piedras que brotan de la tierra. Acaricias los huecos y empapas los dedos en el rocío acumulado. ¿Cómo se han formado estos cálices?

Te sientas sobre el musgo, apoyando la espalda en la piedra. Hay un silencio que ha cuajado tras una condensación de susurros. Cae el velo azul y un Camino resplandece en el vacío equívoco del universo.

Sacas de la mochila una vela y un libro. Enciendes la vela, humilde faro repentino en el acantilado. Abres el libro y lees.

El que se precipita ahuyenta enjambres de dioses.

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HADAS DE CEMENTO

Para ser un idealista, uno debe tener una visión y un ideal; para ser un realista, sólo un ojo mecánico y laborioso. De todas las formas del arte, el realismo es la más fácil de practicar, porque de todas las formas mentales la mente chata es la más común. La persona menos imaginativa y menos educada del mundo puede describir chatamente una escena chata, como el peor constructor puede producir una casa fea. Para los que dicen que hay artistas, llamados realistas, que producen obra que no es fea ni chata ni dolorosa, cualquiera que haya recorrido una calle común de la ciudad al crepúsculo, en el momento en que se encienden los faroles, puede responder que esos artistas no son realistas, sino lo más valientes de los idealistas, porque exaltan lo sórdido a una visión mágica, y crean belleza pura del cemento y el polvo vil.”

Del artículo Realismo y cuento de hadas, publicado por Raymond Chandler en Academy, el 6 de enero de 1912 (tenía 23 años); en El simple arte de escribir; Emecé, 2004; pgs. 22-23.

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INDULGENCIA PLENARIA

Un poco antes de llegar a los tornos del metro de 4K, ya dentro de los túneles que dan acceso a la estación, una mujer mayor, de origen caribeño, hipa y solloza sentada en una silla que ha debido de traer el guardia de seguridad que trata de tranquilizarla; o quizá haya sido la trabajadora del metro, que rellena a boli un parte de incidencias.

Delante de la señora, en cuclillas, una chica joven presta atención a su relato, mientras sostiene sus manos morenas entre las suyas blanquísimas.

Un cuarentón delgado escucha también con seriedad, desde lo alto de su metro ochenta.

Desconozco la razón que ha causado la escena. Quizá un robo o quizá una bajada de tensión; quizá una bajada de tensión tras haber sufrido un robo.

Pero me gusta ver a una persona que sufre arropada de esta manera. La escena, a pesar de todo, me hace sentir bien, esperanzado. No puedo evitar que esas cuatro personas me resulten simpáticas; sólo se puede pensar lo que yo pienso al pasar a su lado: que son buenas personas, preocupadas por su prójimo en apuros.

Estoy seguro de que también ellos se sienten bien. La desgracia de la señora les ha hecho encontrarse por primera vez en sus vidas. Obligados a unirse para ayudar a otro, nadie presupone lo que son o lo que han hecho antes de este preciso momento. Nadie sabe nada, salvo que son lo suficientemente buenos como para ocuparse de alguien que lo está pasando mal.

Nadie puede saber que hace dos días el guardia de seguridad se propasó con una compañera al cambiar de turno; que la trabajadora del metro tiene que inflarse a pastillas porque es incapaz de olvidar un aborto que se provocó de adolescente; que la chica odia lo que se ve obligada a hacer en su trabajo como abogada de un banco; que el cuarentón ahoga en alcohol la pérdida de su mujer e hijos a causa de su excesivo aprecio por las bragas ajenas…

Siempre le estamos pidiendo explicaciones a Dios por la existencia del Mal; pero la gran mayoría sólo es capaz de rezar para que alguna catástrofe imprevista le dé la oportunidad de demostrar que, en el fondo, a pesar de todos los errores cometidos, somos buena gente.

No es extraño que el apocalipsis esté de moda.

No, no es extraño, teniendo en cuenta todo lo que la época tiene que limpiar.

The Walking Dead

LA REDENCIÓN DE LAS SERPIENTES

“El camino: ahí lo tienes, justo hasta mi puerta. Toda la mala suerte que va y viene por él tiene que encontrarla por fuerza. Le dije a Addie que no era ninguna bicoca vivir junto a un camino como éste, y ella, como mujer que es, dijo: Pues ponte en marcha y vete a otra parte, entonces. Y yo le dije que no era ninguna buena suerte, porque el Señor puso los caminos para viajar: ¿no los ha hecho todos planos y extendidos en la tierra? Cuando quiere que algo esté siempre en movimiento, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando quiere que algo esté quieto, en su sitio, lo hace de arriba abajo, como un árbol o un hombre. Así que Él nunca quiso que la gente viviera en los caminos, porque ¿qué es lo que está en un sitio antes, el camino o la casa? ¿Es que alguna vez ha puesto un camino al lado de una casa?, pregunto yo. No, nunca, digo yo, porque es siempre la gente la que no descansa hasta poner su casa donde todo el que pasa en una carreta pueda escupir en el umbral, y así la gente está intranquila y con ganas de coger y largarse a cualquier sitio, cuando lo que Él quiso para ella era que se quedara quieta como los árboles o los maizales. Porque si Él hubiera querido que el hombre estuviera siempre moviéndose de un lado para otro, ¿no lo habría hecho alargado sobre la panza, como a las serpientes? Es de pura lógica que sí.”

Mientras agonizo, de William Faulkner; Anagrama, 2011; pgs. 40-41.

'Wind from the sea', de Andrew Wyeth (1947)

‘Wind from the sea’, de Andrew Wyeth (1947)

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester