El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: julio, 2015

LA PARTITURA DE BACH

Se acercó la jarra a los labios. La mirada se le quedó perdida a mitad de trago. Cuando estaba a punto de terminarse la cerveza, la necesidad de oxígeno -cual ballena jorobada tras un largo y profundo paseo submarino- le obligó a devolver la jarra a la mesa.

-A veces llevo mal no tener las cosas más claras…

Su compañía trataba infructuosamente de atraer la atención de un camarero.

-¿Qué cosas? -preguntó, mientras agitaba una mano de náufrago sediento al servicio mudo y ciego.

-No sé… -lo sabía mejor tres jarras antes; hizo remolinos en el aire con una mano- Las cosas de la vida… Quiero decir, sé cuáles son las ideas generales. Pero, a la hora de concretar, en el momento en que uno tiene que definirse y tomar ciertas decisiones… No sé, a veces creo que Dios nos dio una libertad demasiado grande y un libro de instrucciones demasiado pequeño…

El otro dejó de prestarle atención a los camareros. Se quedó mirando el vacío de su jarra.

-Una vez me salí de un concierto de Barenboim a la mitad de la actuación -dijo por fin.

-Y eso, ¿qué tiene que ver con lo que te estoy diciendo…?

-Fui con un amigo. A mi amigo no le gustó cómo estaba interpretando El clave bien temperado. Así que decidió irse en el descanso.

-Y tú… ¿te fuiste con él?

-Sí.

-¿Por qué?

-Llevo años haciéndome la misma pregunta… -reconoció- Supongo que me pilló por sorpresa. Por otro lado, no hubiese sido justo dejarle solo en un momento tan estúpido de su vida.

-¿Tan malo estaba siendo el concierto?

-No desde mi punto de vista. Después me invitó a cenar, a modo de compensación. Y en su casa me puso la versión de Gould: estaba especialmente enfadado por cómo Barenboim había tocado una nota en concreto.

-¿Una nota…? ¿Una simple nota…? -por alguna extraña conexión mental, la nota le hizo recordar la sed de su contertulio- ¡Camarero!

-Mi amigo tenía las cosas muy claras -dijo el otro, exageradamente serio.

Pedida una nueva ronda, volvió a la conversación.

-Pero las partituras de Bach apenas tienen anotaciones, se pueden interpretar de muchas maneras… He ahí la gracia, también…

-Exacto -dijo su compañero de mesa, con sonrisa burlona.

El otro hizo gesto de haber cogido el chiste y sonrió a su vez.

-Por la partitura de Bach -brindó.

-Por la partitura de Bach -respondió el otro.

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LA RAZA DE JANINE

Suena el despertador. Abre los ojos. Apenas hay luz.

Apaga el despertador. Un ligero mareo al sentarse. Mira hacia el otro lado de la cama, vacío. El perrito pide atención desde el suelo. Ella le mira, con sonrisa cansada.

Coge el móvil y se acerca al baño. Enciende el móvil mientras orina. El perrito, sentado, observa los dedos que se mueven sobre la pantalla.

Ella llora. El perrito da vueltas sobre sí mismo, nervioso.

En la cocina, descubre que aún queda pizza de la noche anterior. La tira a la basura. Se queda mirando los trozos de pizza que acaba de tirar. Llora otra vez, sin dejar de mirar la basura.

Sin desayunar, coge la correa; el perrito es incapaz de dejar de dar vueltas. Se le escapa algún ladrido.

El perrito mea y ella fuma. El perrito caga y ella fuma. El perrito da vueltas contento y ella se agacha para recoger sus excrementos en una bolsita de plástico. Al sentir el calor de la mierda en sus manos, llora.

Se seca las lágrimas, al notar la presencia de otro dueño de perro.

Se fija en el perro. Parece un galgo, pero hay algo raro en él. Apenas parece moverse. Se mueve como a empujones. Entonces se da cuenta de que le falta una de las patas delanteras. La izquierda. El galgo olisquea en el suelo y gira el cuello para mirar a su dueño. Ella también le mira.

El perrito hace amago de querer acercarse al galgo. Ella decide volver a casa.

Vuelve a mirar el móvil dentro del vagón de metro. Un hombre de unos setenta años le mira los pechos. Un adolescente también le mira los pechos. Una mujer de unos veinte años también le mira los pechos. Un par de jóvenes trajeados, de pie a su lado, se acomodan para poder analizar todo su cuerpo e intercambian comentarios en voz baja sin dejar de mirarla. Nadie le mira a los ojos. Ella se baja del vagón aguantando las ganas de llorar.

Sentada en su mesa, ordenador encendido, mirada perdida. Vuelve a buscar algo en su móvil que no encuentra. Deja el móvil y devuelve la mirada a ningún sitio.

Una mujer pasa por delante de su mesa.

-¿Vienes a desayunar? -pregunta.

Coge el bolso y la sigue sin contestar.

-¿Viste ayer a Joaquín? -pregunta, mientras se acerca el café a los labios.

Ella afirma con un leve movimiento de cabeza y da otra calada al cigarro.

-¿Qué tal? -vuelve a preguntar, tímidamente.

Ella hace un gesto vago.

-Follamos como locos -acaba respondiendo.

* * *

El galgo de tres patas daba saltitos por el descampado. Su dueño le seguía con pasos tranquilos, abstraído. El perrito se acercó al galgo, moviendo el rabo alegremente. Ella se dejó llevar por el impulso de su mascota.

-¿Qué le ocurrió? -pregunta ella, mientras se agacha a acariciar al perro.

-Creo que lo atropelló un coche -responde el dueño-. Lo encontré al borde de la carretera, sangrando. No sabía qué hacer, así que lo cargué en brazos, y fui preguntando por un veterinario, hasta que alguien me supo indicar. Le salvaron la vida, pero hubo que amputar la pata dañada.

-Y decidió quedárselo -añade ella-. ¿Le gustan los perros?

-No.

-¿Por qué se lo quedó, entonces? -preguntó, sin dejar de acariciar al perro, que se dejaba hacer, con los ojos cerrados.

-No sé -dijo el hombre-. Por ninguna razón en particular. Porque yo me lo encontré.

-Pues hizo muy bien -dice ella, levantándose-. Seguro que ahora le hace mucha compañía.

El hombre miró al galgo, que le devolvió la mirada.

-La verdad es que sí -confirmó, tras un momento de silencio-. A usted sí le gustan los perros.

Ella miró a su perrito, que corría contento alrededor del galgo.

-No me disgustan -dijo ella-. Me molesta más la soledad.

Se escuchó el paso de un coche por la carretera cercana. El sol se ocultaba en el horizonte. Ella se agachó de nuevo y volvió a acariciar al galgo. El perro le lamió la cara con timidez. Ella sonrió. También lo hizo el dueño del galgo.

* * *

Vigila el descampado desde su terraza, empalmando cigarrillos. Lista para salir a la calle: la correa del perrito y las llaves de casa al lado del cenicero. Cuando ve aparecer al galgo, sale apurada hacia la puerta. Al salir a la calle, aminora el paso; el perrito sigue corriendo hacia el galgo.

El hombre le saluda con una sonrisa. Y ella vuelve a hablar, donde lo dejaron la última vez.

-Creo que… soy… la mujer perfecta para él…

Una ligera brisa cruzó el descampado.

-Pero él no parece darse cuenta… -siguió, con voz temblorosa.

El hombre la miró como el que mira la ventana de una casa donde vivió tiempo atrás.

-Pertenece usted, por lo que veo, a la raza de Janine…

-¿Se burla de mí? -dijo ella, amagando tono de enfado.

-Para nada -se defendió-. Creo que es trágico.

-¿Quién es Janine?

-Un personaje literario, de François Mauriac -el hombre hizo gesto de esforzarse en recordar- …esas mujeres que tienen la enfermedad de la esperanza, que no se curan de esperar, esas que, después de veinte años, siguen mirando la puerta con ojos de perro fiel

Ella miró al galgo, que le aguantó la mirada sin ningún gesto.

-Yo creo que… la fidelidad es una virtud… -balbuceó ella.

-Yo también. Más aún la esperanza. Pero el escritor está hablando de su aspecto doloroso -la mirada del hombre se vació en el descampado-. Trágico.

-¿Ha conocido usted a muchas… Janine?

-Pues sí, la verdad… -dijo, como si se sorprendiera de su respuesta.

El perrito se empeñaba en arrastrar un palo mucho más grande que él.

-Yo sólo quiero que me amen como yo amo… -dijo ella, casi susurrando.

El hombre miró al horizonte. El galgo se acercó a ella dando saltitos y lamió una de sus manos.

Tres patas

DISCIPLINA DE ARTESANO

“…Después de pensarlo opino que una de las razones por la que no escribes es que te permites leer en el tiempo reservado para escribir. Deberías reservar tres horas cada mañana para escribir o para no hacer nada más; no leas, no hables, no cocines, no nada, pero quédate ahí sentada. Si escribes, bien, y si no escribes, también, pero no leas. Aunque empieces algo diferente cada día y no termines nada, no importa; quédate ahí sentada. Es la única manera, te lo aseguro. Si llega la inspiración, estarás allí para recibirla, no estarás leyendo. Y no escribas cartas durante ese tiempo. Si no escribes, no hagas otra cosa. Y estate en una habitación tú sola. Si hay dos habitaciones en esa casa, vete a la que esté vacía…

No te diré que leas nada interesante, porque no debes perder tu tiempo de esa manera.”

Carta de Flannery O’Connor a Cecil Dawkins (12 de noviembre de 1960), en El hábito de ser; Sígueme, 2004; pg. 321.

A NADIE MÁS

“Me acuerdo de un anochecer de agosto. La cena había sido tormentosa a causa de Dreyfus. Marinette, que representaba conmigo al partido revisionista, me superaba ahora en el arte de hacer saltar al padre Ardouin, de obligarle a tomar partido. Como te habías exaltado hablando de un artículo de Drumont, Marinette, con su voz infantil de catecúmena, preguntó:

Padre, ¿está permitido odiar a los judíos?

Aquella tarde, para nuestra gran alegría, no recurrió a vagas derrotas. Habló de la grandeza del pueblo elegido, de su augusto papel de testigo, de su anunciada conversión, precursora del fin de los tiempos. Y como Hubert protestara diciendo que había que odiar a los verdugos de Nuestro Señor, el padre respondió que cada uno de nosotros tenía derecho a odiar a uno solo de los verdugos de Cristo: A nosotros mismos, y a nadie más…

Nudo de víboras, de François Mauriac; Homo Legens, 2007; pg. 76.

Judíos de Londres, fotografiados por Marco Furilo (2013)

Judíos de Londres, fotografiados por Marco Furilo (2013)

CONTRA TODO ROMANTICISMO

“No es emigrando a otras épocas como venceremos el mundo moderno.

Es obligándolo a conocerse, para que la luz de la inteligencia lo consuma.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 638.

Shame

LITERATURA O PROPAGANDA

“En la primavera de 1962, no sólo puso en orden los apuntes de viaje de su visita a Armenia, sino que envió una larga y atentamente meditada carta a Nikita Jruschov, en la que expuso la situación del manuscrito incautado, pidiendo la intervención directa del líder soviético. Grossman insistió en que su novela no era un libro político; él había dicho simplemente la verdad de lo que él mismo había pensado, sentido y sufrido. Estaba dispuesto a admitir que su novela contenía páginas sobre el reciente pasado soviético y sobre la guerra que podrían ser difíciles de leer, pero no había sido menos difícil para él escribirlas. Haciendo presión sobre la vanidad de Jruschov, Grossman escribió que había sido animado por la intervención del líder soviético sobre los crímenes de Stalin en el XX Congreso del Partido en 1956 y en el XXII Congreso en 1961, creyendo de ese modo que su novela podría haber sido publicada ahora. De manera enfática subrayó el contraste entre las afirmaciones públicas de Jruschov y la acción de incautación de sus manuscritos llevada a cabo por el KGB. Lo que rechazaba de manera decidida era la hipótesis espantosa de que su novela no pudiese ver la luz durante 250 años.

Grossman puso repetidamente el acento en que su libro contenía la verdad, que ésta debía ser dicha y que los grandes escritores rusos del pasado no se habían conformado nunca con ser meros ilustradores de las visiones ideológicas corrientes. Se comparó con un padre que había perdido a su propio hijo. Lo más terrible era que su libro había sido requisado por la fuerza y llevado lejos de él: Amo este libro como un padre ama verdaderamente a su hijo. Separarme de mi libro es lo mismo que separar a un hijo de su propio padre. Y concluye:

No tiene sentido ni hay verdad alguna en la situación actual, en la que yo soy físicamente libre, mientras mi libro, al que consagré mi existencia, permanece encarcelado. Después de todo, soy yo el que he escrito el libro y no he renegado de él, y no lo haré nunca. Y sigo pensando, como pensaba mientras lo escribía, haber escrito la verdad. He compuesto el libro a partir de mi amor y de mi piedad por la gente común, de mi fe en ella. Le pido que me devuelvan mi libro.

Al cabo de un par de meses, en julio de 1962, Grossman recibió una respuesta: una llamada telefónica que lo convocaba al Kremlin para encontrarse no con Jruschov, sino con Mijaíl Suslov, el jefe de la ideología del Partido. Se trataba de una mala señal; en efecto, en un encuentro cara a cara Jruschov podría haber cedido quizá, porque ambos compartían la particular característica de ser veteranos de Stalingrado, aunque Jruschov podía guardar todavía rencor por no haber sido entrevistado por Grossman. Pero Grossman y Suslov, el gélido y brutal burócrata de la generación de los años treinta, que apenas una docena de años antes había jugado un papel decisivo en la muerte de muchos colegas de Grossman del Comité Antifascista Judío, no tenían nada en común.

La prodigiosa memoria de Grossman le permitió hacer, al volver inmediatamente a casa después de un encuentro que había durado tres horas, una detallada descripción de las observaciones de Suslov. […] Dijo a Grossman que era un error por su parte continuar defendiendo que su novela no era más que un trabajo artístico; al contrario, era un documento político, cuya publicación habría dañado no sólo al pueblo soviético y al Estado soviético, sino a todos los que están luchando por el comunismo más allá de las fronteras de la Unión Soviética, a todos los trabajadores progresistas de los países capitalistas y a todos los que luchan por la paz. La novela habría hecho únicamente el juego al enemigo.

Suslov recordó a Grossman -como un maestro que reprende cordialmente a un alumno recalcitrante- que la tarea de los escritores soviéticos era producir trabajos que fuesen necesarios al público y útiles a la sociedad. Como viejo experto en equilibrar una crítica feroz con un pequeño aliento, Suslov declaró que seguiría llamando a Grossman camarada; en otras palabras, el suyo era un pecado venial, que podría ser redimido, permitiendo al pecador ser acogido de nuevo en el redil. Repitiendo mecánicamente el guión que le habían pasado los generales de la literatura, Suslov aconsejó a Grossman que volviese al tipo de libros que escribía en el pasado: Stepán KolchuginEl pueblo es inmortal Por una causa justa. Si no fuera así, corría el riesgo de acabar en la misma trampa que Gógol. Él se había aislado de la sociedad  y se había sumergido muy profundamente en las propias experiencias personales con la consecuencia de convertirse en un reaccionario predicador de ideas religiosas y mistificadoras. Suslov estaba convencido de que si Gógol hubiese vivido más tiempo, habría conseguido superar también estas tendencias desafortunadas. Era evidente que Suslov no había echado siquiera un vistazo al manuscrito de Grossman y que, de hecho, no comprendía nada de la literatura rusa. Pero su advertencia era igualmente clara: Grossman debía enderezarse inmediatamente, si no sería catalogado oficialmente como reaccionario, un delito gravísimo.

Después de este encuentro Grossman comprendió finalmente que no tenía posibilidad alguna de recuperar los manuscritos de Vida y destino.”

La vida y el destino de Vasili Grossman, de John y Carol Garrard; Encuentro, 2010; pgs. 384-387.

REGRESO AL PLANETA DE LOS SIMIOS

“La tesis de la soberanía popular entrega, a cada hombre, la soberana determinación de su destino. Soberano, el hombre no depende sino de su caprichosa voluntad. Totalmente libre, el solo fin de sus actos es la expresión inequívoca de su ser. La rapiña económica culmina en un individualismo mezquino, donde la indiferencia ética se prolonga en anarquía intelectual. La fealdad de una civilización sin estilo patentiza el triunfo de la soberanía promulgada, como si una vulgaridad impúdica fuese el trofeo apetecido por las faenas democráticas. En las llamas de la proclamación inepta, el individuo arroja, como ropajes hipócritas, los ritos que lo amparan, las convenciones que lo abrigan, los gestos tradicionales que lo educan. En cada hombre liberado, un simio adormecido bosteza, y se levanta.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 81.

'El día que el silencio reinó en el Congreso', de Manuel Castillero Ramírez (ganador del concurso Figurativas 2015, en su modalidad de pintura).

‘El día que el silencio reinó en el Congreso’, de Manuel Castillero Ramírez (ganador del concurso Figurativas 2015, en la modalidad de pintura)

FRANCO, EL REVOLUCIONARIO

Parece que sólo pensaras en el poder que podría alcanzar en manos del Enemigo; en los malos usos del Anillo, y no en los buenos. El mundo cambia, dices. Minas Tirith caerá si el Anillo no desaparece. ¿Pero por qué? Así será si lo tiene el Enemigo, pero no si lo tenemos nosotros.

Palabras de Boromir a Frodo en el 10º capítulo del libro segundo de El Señor de los AnillosLa disolución de la Comunidad.

“El Régimen en sí cambió sólo hasta cierto punto, pero durante la siguiente generación, la sociedad y la cultura españolas se transformarían de forma dramática. El pleno empleo y la nunca conocida subida constante de la renta en casi todos los sectores de la sociedad, produjo la primera experiencia de consumo masivo en la vida del país. Emergió la posibilidad de una nueva sociedad orientada hacia el materialismo y el hedonismo, algo que nunca había estado, ni remotamente, al alcance de la mayoría. La población rural emigró atraída por la gran ciudad, las zonas industriales y el mercado laboral europeo. A pesar de la censura que todavía se practicaba, la influencia cultural extranjera entró en España a una escala nunca vista. El turismo masivo, combinado con el movimiento de cientos de miles de españoles al extranjero, expuso la sociedad a estilos muy diferentes y muy atractivos de culturas. Esto estuvo acompañado, además, del bombardeo de los medios de comunicación y de la publicidad. Fue una transformación del ambiente cultural y social sin parangón.

Desde el punto de vista de Franco y de sus seguidores más cercanos, su desconfianza inicial hacia una economía liberal estaba totalmente justificada, ya que efectivamente trajo consigo una liberalización social, cultural y religiosa. Después de una generación de intensa modernización social y económica quedó bien poco de la sociedad católica y rural y de la cultura tradicionalista que tanta importancia había tenido en el ascenso de Franco al poder. Durante los años sesenta y setenta la base social y cultural del franquismo se fue erosionando de forma constante aunque se mantenía la dictadura política.

La transformación de la sociedad y la cultura que tuvo lugar en la generación de después de 1959 marcó el camino hacia una sociedad diferente, más acorde con la Europa socialdemócrata de la época y un sistema político más libre; ambos darían paso a una era completamente nueva en la Historia de España.”

    El Franquismo. Segunda parte, de Stanley G. Payne; Arlanza, 2005; pgs. 95-97.

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EL SUR

Tarde de proselitismo evangélico en Bravo Murillo.

Primero me encuentro a un grupo de seis jóvenes, tres chicas y tres chicos. Supongo que son de origen dominicano. Cantan a Dios con alegría, en la furia del calor vespertino.

Llegando ya a 4K, otro grupo. Pero éste es más numeroso. Pieles oscuras y algún matiz indio. Niños y mayores: la familia que predica unida, permanece unida. Varios instrumentos, como la pandereta que esa niña hace sonar con especial gracia. Cantan con buen ritmo y alegría.

Tanta, que un negro africano, de los cientos que sobreviven en nuestras calles -y que en las calles se han dejado la mitad de su cordura-, se lanza a bailar en medio de la acera, quizá algo achispado.

Y entonces escucho parte del estribillo de la rítmica y alegre canción, que este grupo canta con rostros radiantes y entregados:

…que el fin se está acercando…

Me meto al metro con cierta inquietud metafísica.

El Sur de Flannery O’Connor a veces me resulta tan familiar…

A KKK child and a black State Trooper meet each other, 1992

LA AUTONOMÍA DE LA MUERTE

“Y de repente, el 5 de marzo de 1953 murió Stalin. Esa muerte irrumpió en el gigantesco sistema de entusiasmo mecanizado, de ira y de amor popular decretado por orden de los Comités regionales del Partido.

Stalin murió sin que estuviera planificado, sin la indicación correspondiente de los órganos directivos. Murió sin la orden personal del propio camarada Stalin. En aquella libertad, en aquella autonomía de la muerte había algo explosivo que contradecía la esencia íntima del Estado. Una confusión total se apoderó de las mentes y de los corazones.

¡Stalin había muerto! Algunos se sobrecogieron por el dolor: en ciertas escuelas los profesores obligaron a los alumnos a arrodillarse y, arrodillados también ellos y llorando a lágrima viva, leían el comunicado oficial de la muerte del Vozhd [líder, guía, caudillo]. Durante las asambleas funerarias, en las instituciones y en las fábricas muchos se sumieron en un estado de histerismo; se oían sollozos, gritos de mujeres fuera de sí, algunos se desvanecían. Había muerto el gran dios, el ídolo del siglo XX, y las mujeres sollozaban…

A otros les embargó un sentimiento de felicidad. El campo, desfallecido bajo el peso de la mano de hierro de Stalin, suspiró aliviado. El júbilo invadió a millones y millones de personas confinadas en los campos… Columnas de presos marchaban al trabajo en medio de las espesas tinieblas. El bramido del océano ensordecía el ladrido de los perros guardianes. Y de repente, como la luz de la aurora boreal, un clamor surgió de las filas: ¡Stalin ha muerto! Decenas de miles de reclusos escoltados se transmitían la noticia los unos a los otros, susurrando: La ha palmado… la ha palmado…, y aquel susurro de miles y miles de personas aulló como el viento. La negra noche reinaba sobre la tierra polar. Pero el hielo del océano glacial se había roto, y el océano rugía.

No pocos científicos y obreros, al enterarse de la noticia, sintieron confundirse dentro de sí el dolor con las ganas de bailar de felicidad.

El desaliento había cundido en el momento en que la radio había transmitido el informe médico de Stalin: Respiración de Cheyne-Stokes…, orina…, tensión arterial… El soberano divinizado exhibió de repente su carne débil y senil.

¡Stalin ha muerto! En aquella muerte había un elemento de espontaneidad repentina, infinitamente extraña a la naturaleza del Estado estalinista.

Lo inesperado del hecho hizo estremecerse al Estado, como lo había hecho temblar el ataque imprevisto que se abatió contra él el 22 de junio de 1941.

Millones de personas querían ver el cuerpo del difunto. El día del funeral de Stalin no sólo todo Moscú sino también las provincias, las regiones, se precipitaron a la Casa de los Sindicatos, donde se había instalado la capilla ardiente. Una cola de camiones procedentes de las provincias se extendía a lo largo de muchos kilómetros. El atasco de circulación llegó hasta Sérpujov y bloqueó la carretera que enlaza Sérpujov y Tula.

Millones de personas se dirigieron a pie hasta el centro de Moscú. Torrentes de gente, como negros ríos crujientes en el deshielo, impactaban entre sí, se aplastaban contra las piedras, se retorcían y despedazaban los coches, arrancaban de los goznes las puertas de metal. Aquel día murieron miles de personas. Las desgracias acaecidas el día de la coronación del zar en Jodinka empalidecieron en comparación con el día de la muerte del dios terrenal ruso, picado de viruelas e hijo de un zapatero de la ciudad de Gori.

Parecía que la gente iba al encuentro de la muerte en un estado de arrobamiento, con un sentimiento místico, cristiano o budista, de perdición irremediable. Era como si Stalin, el gran pastor, liquidara a las ovejas aún sin sacrificar, eliminando póstumamente el elemento de casualidad de su terrible plan general.

Reunidos en una asamblea, los colaboradores de Stalin leían monstruosos boletines de la milicia de Moscú, de las morgues, y se intercambiaban miradas. Su confusión iba ligada a una sensación nueva para ellos: la ausencia de miedo ante la ira inevitable del gran Stalin. El amo y señor había muerto.”

Todo fluye, de Vasili Grossman; Galaxia Gutenberg, 2008; pgs. 38-40.

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Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester