HACIA LA OSCURA CIUDAD

por El Responsable

“El muchacho siguió allí en pie, con la imagen del campo que el negro había atravesado reflejada en los ojos. Ya no le parecía un campo vacío, sino rebosante de gente. Vio, por todas partes, confusas figuras sentadas en una ladera y, mientras las contemplaba, vio cómo una sola cesta era suficiente para alimentar a aquella multitud. Repasó largamente con los ojos la muchedumbre, como si no pudiera encontrar al que estaba buscando. Entonces le vio. El viejo se estaba reclinando y, cuando se acomodó, se inclinó hacia adelante con impaciencia, sin apartar los ojos de la cesta que se iba aproximando. También el muchacho se inclinó, comprendiendo que la suya y la del viejo eran la misma hambre y que nada la saciaría en la tierra. Tenía tanta hambre, que hubiera podido devorar todos los panecillos y peces que se fueran multiplicando.

Allí permaneció, tendiendo todo el cuerpo hacia adelante, pero la escena se desvaneció en las crecientes sombras. La noche cayó hasta hacer casi desaparecer una delgada veta roja sobre el negro perfil de la tierra, pero él no se movió de allí. Ya no sentía su hambre como un dolor, sino como una oleada. La sintió crecer en su interior a través de la oscuridad y del tiempo, a través de los siglos, y supo que elevaba a su paso a un puñado de hombres cuyas vidas habían sido escogidas para sustentarla, hombres que vagarían por el mundo, extranjeros que llegaban del violento país en el que el silencio sólo se rompía para aullar la verdad. La sintió correr en su sangre con la sangre de Abel, la sintió crecer y anegarle. Por un momento, la oleada pareció desviarse de él y alejarse. El muchacho se dio la vuelta hacia el bosque. Allí, abriéndose en la noche, se alzaba un árbol de fuego deslumbrante que parecía consumir las tinieblas con una gigantesca llamarada. A su vista, el muchacho quedó sin aliento. Sabía que éste no era otra cosa que el fuego que había aprisionado a Daniel, que había arrebatado a Elías de la tierra, que había hablado a Moisés y que le hablaría a él al siguiente instante. Se arrojó al suelo aplastando la cara contra la suciedad de la tumba y escuchó la orden. Ve y advierte a los hijos de Dios de la terrible celeridad de la clemencia. Las palabras eran silenciosas, como semillas germinadas en su sangre todas al mismo tiempo.

Cuando por fin se incorporó, la zarza ardiente había desaparecido. Un frente de fuego devoraba lánguidamente la primera línea de árboles y en lugares dispersos bosque adentro se elevaban llameantes cimeras. Sobre todo el conjunto se apelotonaba una turbia humareda rojiza. El muchacho se agachó, cogió un puñado de tierra de la tumba de su tío abuelo y se untó con ella la frente. Luego, al cabo de un momento, sin volver la vista atrás, atravesó los campos traseros y se alejó en la misma dirección que Buford había seguido.

Hacia la medianoche, ya había dejado atrás el camino y los bosques en llamas y se encontraba otra vez en la carretera. A su lado, la luna se desplazaba a poca altura sobre el campo apareciendo y desapareciendo con brillantes destellos entre zonas de sombra. De vez en cuando, la irregular sombra del muchacho se sesgaba sobre la carretera, como abriéndole paso hacia su meta. Sus abrasados ojos, negros en la profundidad de sus cuencas, parecían entrever el destino que le aguardaba, pero siguió avanzando decididamente, la mirada orientada hacia la oscura ciudad donde los hijos de Dios dormían en sus camas.”

Los violentos lo arrebatan, de Flannery O’Connor; Lumen, 1986 [en esta edición, la traducción del título era Los profetas]; pgs. 249-251. Para introducirse en la obra de esta tremenda escritora, nada mejor que visitar el otro blog de don Ángel.

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