OMNIA SPERAT

por El Responsable

“Una tarde de mayo Bálint volvió temprano de visitar la yeguada que durante la primavera y hasta que no reverdecían los pastos veraniegos permanecía en el enorme prado del parque.

Al llegar a la entrada principal le estaba esperando el mayordomo Péter. Y estaba esperándolo porque la señora Róza había preguntado varias veces por él.

-¿Dónde está…? ¿Se encuentra peor?

-Todo lo contrario -contestó el viejo Péter-, parece estar mejor. Está en la terraza. Ha pedido la merienda antes de lo habitual…

Bálint subió las escaleras corriendo, cruzó la sala de billar y salió a la terraza.

Su madre estaba allí en su silla de ruedas.

El alto respaldo de la silla le tapaba la cara y no lo vio al entrar. Sólo cuando se sentó a su lado en el sofá la pudo ver bien.

Los ojos de su madre brillaban con un resplandor inesperado y alegre. Y cuando Bálint se sentó a su lado, se dirigió a él enseguida. Con su menuda y regordeta mano, la izquierda, la única que podía mover, cogió la de su hijo.

-¡Estás aquí! ¡Estás aquí! -dijo con su dificultosa pronunciación, que sonó ‘sta-qui’, pero sin balbucear tanto como otros días. En su boca torcida bailaba una sonrisa feliz.

-¿Dónde has estado? Te he esperado tanto… ¡Tanto! -continuó la mujer y su sonrisa pareció decir que lo había estado esperando desde hacía mucho tiempo, desde hacía una eternidad.

Bálint había estado con ella hacía sólo dos horas, inmediatamente después del almuerzo, razón por la que se sorprendió un poco, sobre todo porque en las últimas semanas su madre lo recibía con tanta indiferencia que a veces se preguntaba si todavía lo reconocía. Sintió un gran regocijo y comenzó a contarle que había visitado la yeguada y que ya había hierba tupida y muchísimo trébol. Le contó otras noticias alegres, como solía hacer.

La anciana señora lo interrumpió varias veces diciendo ‘¡Estoy tan feliz!’, y con cada frase le apretaba la mano a su hijo como si escandiese el ritmo de sus palabras.

Cuando Hedvig, una de las enfermeras, le ofreció café de una taza especial con pitorro, Róza Abády acercó la boca, bebió y dejó que la enfermera le secase los labios. A pesar de que no le gustaba que le dieran de comer, para lo que usaba su mano izquierda, la condesa permitió que le sirviesen porque no quería soltar la mano de Bálint ni por un instante. Enseguida volvió a mirarlo.

No apartó la vista de él sonriendo feliz, como si no pudiese llenarse de su imagen.

Pero comenzaba a cansarse y entonces quedó clara la causa de tanta alegría.

Cuando cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada lateral de la silla, antes de dormirse, dijo lentamente:

-Tamás, estoy tan feliz… de que hayas regresado, Tamás… Tamás…

Y pronunció aquellas palabras con nitidez, casi perfectamente.

Bálint no lo comprendió hasta pasados unos segundos: su madre creía que él era su padre. El que estaba a su lado era Tamás Abády, su padre, que había muerto hacía veinticinco años.

Por eso no le había soltado la mano. Su vista la había hecho tan feliz.”

El reino dividido, de Miklós Bánffy; Libros del Asteroide, 2010; pgs. 311-313.

'Mujer en la ventana', de Edgar Degas (1872)

‘Mujer en la ventana’, de Edgar Degas (1872)

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