EL QUE HIERE DE LEJOS

por El Responsable

Abro la edición de Las Metamorfosis de Ovidio y encuentro la letra de mi madre: Navidad del 86.

Meses antes de esa fecha, mi futura suegra paría a mi futura mujer, a 600 kilómetros de distancia.

Recuerdo acercarme al escritorio de mi madre y encontrarlo empapelado con esquemas genealógicos y nombres propios de dioses marchitos: Zeus, Poseidón, Artemisa, Afrodita, Ares… Mi madre se quedó embarazada de mí muy joven y tuvo que esperar unos años para retomar sus estudios. Lo hizo en el momento justo para que su hijo se quedase prendado de los mil cuentos de la mitología griega. Fue ella quien le enseñó las primeras fábulas; y la traducción de los nombres en el panteón romano: Júpiter, Neptuno, Diana, Venus, Marte…

Mi madre pudo conseguir Las Metamorfosis; pero ahora siempre recordamos aquella desesperación por una Teogonía de Hesíodo, que mi madre nunca logró que le trajeran a nuestra decadente e industrialmente reconvertida ciudad de provincias.

Aquel niño que yo era se asomó a un acantilado de 3000 años para encontrar el origen de su nombre:

Y tú, joven Jacinto, alcanzaste el privilegio de la inmortalidad por haber enamorado a Febo. En efecto, desde que aparecía la primavera ahuyentando a los fríos, tu nombre era símbolo de flores. Tú hiciste, en otro tiempo, las delicias de mi padre Apolo, que lo abandonó todo por seguirte a la ciudad de Delfos…

Relatos de cuando los dioses eran jóvenes y enardecían el mundo jugando con los hombres. ¿Qué podía entender aquel niño? Que la pasión de los dioses mata. Que sus poderes no estaban a la altura de sus caprichos. Apolo, palidísimo, acude a remediarle, le lava la herida, aplica a ella remedio de hierbas aromáticas. Inútilmente. La herida es mortal. Que el dolor que brotaba de su pagana impotencia anunciaba la llegada de otros dioses. ¡Ojalá pudiera dar mi existencia por la tuya o morir contigo!

Que la belleza era camino de eternidad.

…mi lira no cesará de cantarte… y tu sangre formará una flor parecida a la azucena, excepto en el color, que siempre me recordará mi dolor con lágrimas.

Sí, la era pagana de aquel niño; fenomenología de un espíritu que se prepara para tardías metamorfosis.

Bodegón de Henri Fantin-Latour (1865)

Bodegón de Henri Fantin-Latour (1865)

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