SEMILLAS DE DESIERTO

por El Responsable

“Pero el día que estuve sentado en la orilla en calma, hubiera podido creer estar contemplando la eternidad. Los velos de niebla que en la mañana se habían introducido tierra adentro se habían diluido, la bóveda celeste estaba vacía y azul, en el aire no se agitaba ni un soplo de viento, los árboles se erguían como en un lienzo y ni un solo pájaro volaba sobre el agua marrón aterciopelado. Era como si el mundo se hubiera recogido bajo una campana de vidrio hasta que del oeste ascendieron las poderosas nubes fluidas extendiendo lentamente una sombra gris sobre la tierra. Tal vez fuera este oscurecimiento el que me recordó que hacía unos cuantos meses había recortado un artículo del Eastern Daily Press sobre la muerte del mayor George Wyndham Le Strange, cuyo domicilio había sido la gran casa residencial de piedra de Henstead, más allá del lago de aguas salobres. Según el artículo, Le Strange, durante la última guerra, había servido en el regimiento de defensa antitanques que el 14 de abril de 1945 había liberado el campo de Bergen Belsen, pero que, justo después del armisticio, había regresado de Alemania para hacerse cargo de la administración de los bienes de su tío abuelo en el condado de Suffolk, los cuales, como sé por otras fuentes, administró ejemplarmente por lo menos hasta la mitad de los años cincuenta. También en aquel tiempo ocurrió que Le Strange tenía a su servicio al ama de llaves, a la que finalmente legó la totalidad de su fortuna, tanto las tierras de Suffolk como los bienes inmuebles en el centro de Birmingham, estimada en varios millones de libras. Según el artículo del periódico, Le Strange había contratado a esta ama de llaves, una sencilla mujer llamada Florence Barnes de la pequeña localidad de Beccles, con la expresa condición de que tomara con él las comidas que ella había preparado bajo un mutismo absoluto. A juzgar por las declaraciones que la señorita Barnes debió de haber hecho al periódico, mantuvo fielmente el contrato acordado incluso después de que la forma de vida de Le Strange comenzara a tornarse cada vez más excéntrica. A pesar de que la señorita Barnes, sin duda alguna interrogada con insistencia por el reportero del periódico, se había expresado de la manera más reservada, mis propias pesquisas realizadas desde entonces descubrieron que Le Strange, a partir de los últimos años cincuenta, había ido despidiendo a todo el personal de la casa así como a sus campesinos, jardineros y administradores, que desde ese momento vivió solo en la gran casa de piedra con la cocinera muda de Beccles y que, como consecuencia, toda la propiedad, los jardines y el parque, se tornaban a ojos vistas cada vez más silvestres y ruinosos, y los campos baldíos se cubrían desde sus lindes de matorrales y maleza.”

Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald; Debate, 2002; pgs. 69-72.

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