El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: junio, 2015

LA HIDALGUÍA CON DIOS

“Lo más interesante de esta inmensa ciudad es precisamente el cúmulo de razas y de costumbres diferentes. Yo espero poder estudiarlas todas y darme cuenta de todo este caos y esta complejidad.

He asistido también a oficios religiosos de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español.

No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que puedan ser protestantes. Es lo más ridículo y lo más odioso del mundo.

Figuraos vosotros una iglesia que en lugar de altar mayor haya un órgano y delante de él a un señor de levita (el pastor) que habla. Luego todos cantan, y a la calle. Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra. Aun el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza.

Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II.

Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios.”

Carta de Federico García Lorca a su familia; Nueva York, domingo 14 julio de 1929; en Epistolario completo; Cátedra, 1997; pgs. 626-627.

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NUEVA APROXIMACIÓN A ANABEL

Suena el despertador. Abre los ojos. Apenas hay luz.

Apaga el despertador. Un ligero mareo al sentarse en la cama. Mira hacia el otro lado de la cama, vacío. El perrito pide atención desde el suelo. Ella le mira, con sonrisa cansada.

Coge el móvil y se acerca al baño. Enciende el móvil mientras orina. El perrito observa sentado los dedos que se mueven sobre la pantalla.

Ella llora. El perrito da vueltas sobre sí mismo, nervioso.

Desayuna sin hambre. Tira el desayuno a la basura, sin terminarlo. Se queda mirando la comida recién tirada. Llora otra vez, sin dejar de mirar la basura.

Vuelve a la habitación. Va colocando la ropa que se va a poner para ir a trabajar encima de la cama revuelta. Se desnuda. Observa su cuerpo en el espejo. El perrito la mira a ella, con la lengua fuera. Ella se toca un pecho. Los ojos clavados en el espejo, pero no miran nada. Hace un gesto de fastidio cansado, al volver a la realidad.

Se ducha. Se seca. Se viste. Se peina. Se pinta. El perrito la ve ir y venir, tumbado en el pasillo. Ella coge la correa y el perrito es incapaz de dejar de girar. Se le escapa algún ladrido.

El perrito mea y ella fuma. El perrito caga y ella fuma. El perrito da vueltas contento y ella se agacha para recoger sus excrementos en una bolsita de plástico. Al sentir el calor de la mierda en sus manos, llora.

Se seca las lágrimas, al notar la presencia de otro dueño de perro.

Vuelve a casa. Se pinta otra vez. Sale de casa sin despedirse del perro, que se tumba cerca de la puerta de entrada, con la cabeza apoyada en el suelo, entre las patas.

Vuelve a mirar el móvil dentro del vagón de metro. Un hombre de unos cincuenta años le mira los pechos. Un adolescente también le mira los pechos. Una mujer de unos cuarenta años también le mira los pechos. El treintañero que está de pie a su lado, se acomoda para poder analizar todo su cuerpo. Un veinteañero que está sentado le mira a los ojos. Ella le devuelve la mirada. Él baja la mirada hasta sus pechos. Ella se queda mirándole a los ojos. Él vuelve a bajar la mirada, a la altura de sus caderas. Ella sigue mirándole a los ojos. Él sube la mirada, de nuevo hacia los pechos. Ella sigue mirándole a los ojos. Él deja de mirarla y se concentra en su móvil. Ella se baja del vagón aguantando las ganas de llorar.

Sentada en su mesa, ordenador encendido, mirada perdida. Vuelve a buscar algo en su móvil que no encuentra. Deja el móvil y devuelve la mirada a ningún sitio.

Dos mujeres pasan por delante de su mesa.

-¿Vienes a desayunar? -pregunta una de ellas.

Coge el bolso y las sigue sin contestar.

-¿Qué tal está Joaquín? -le vuelve a preguntar la misma, mientras se acerca el café a los labios.

-Bien, supongo… -contesta ella, soltando el humo.

Las otras dos la miran. Y se miran la una a la otra. Ella vuelve a mirar su móvil.

-Ese tío sólo quiere metértela… -dice la otra, que unta mantequilla en un trozo de pan.

-¿Quién dice que yo quiera otra cosa? -contesta ella sin mirarla.

La otra hace un gesto de conformidad, mientras abre la mermelada de fresa.

-A mí me encantaría que me la metiese alguna vez -afirma, al introducir el cuchillo en la mermelada-. Está buenísimo.

La del café deja la taza en la mesa y mira la tostada de su compañera.

-Díselo, no creo que le parezca mal -dice ella, mientras da otra calada.

-¿Qué tal con el rubio aquel? -pregunta la del café a la de la tostada.

-Genial -contesta, mientras mastica-. Le invité a casa y follamos como locos toda la noche. Gran polla.

La del café sonríe.

De regreso a la oficina, ella entra en los servicios. Sentada en la taza, llora. Suena el móvil. Lo busca con ansiedad en el bolso. Lo encuentra, pero se le cae al suelo. Lo recoge y mira la pantalla. Con gesto de cansancio, atiende la llamada.

-Hola, mamá… sí, bien, ¿tú?… bien, sí… ¿este fin de semana? No sé, ya veré, pero creo que va a estar complicado… sí, mucho lío… sí, ya te aviso si eso… un beso…

Cuelga y sigue llorando.

* * *

El perrito corre alegre por el descampado. Luz de farolas. No hay estrellas en el cielo. La mancha brillante de la ciudad a lo lejos. El perrito olisquea una lata de cerveza retorcida. Ella fuma y ve cómo el perrito lame la lata. Se acerca otro dueño de perro. Ella llama al perrito y vuelve a casa.

El móvil vibra. Se lo lleva a la oreja.

-¿Ahora? Estoy un poco cansada, pero venga, vale.

El perrito la espera en el portal.

Él come con hambre un trozo de pizza. Ella fuma. El perrito observa fijamente cómo él come pizza, sentado a su lado. Él se fija en el perrito y le acerca un trozo de pizza. El perrito mueve el rabo, se levanta sobre las patas traseras y atrapa el trozo que se le ofrece.

-Estuvo bien el otro día, ¿no? -dice él.

Ella afirma con la cabeza, mientras apaga el cigarro en el cenicero.

-Menos mal, no soporto el humo de tabaco…

Ella le mira y permanece callada.

-Estás muy guapa.

Ella se levanta y va a la habitación. Él la sigue. Cuando el perrito hace amago de entrar, él se lo impide con el pie, y cierra la puerta. El perrito se queda sentado, mirando el picaporte.

'Alone together', de Maria Kreyn (2012)

‘Alone together’, de Maria Kreyn (2012)

LUMINARIAS

Noite breve de San Xoán

-penitencia de lume-

troca en cinzas o podre,

e as mágoas, en fume.

[Noche breve de San Juan // -penitencia de fuego- // troca en cenizas lo podrido, // y las penas, en humo.]

SOBRE EL ESCÁNDALO Y EL MAL GUSTO EN LITERATURA

“Sobre el escándalo de los pequeños: cuando comencé a escribir estaba muy preocupada sobre la cuestión de escandalizar a la gente, pues creía que lo que escribía era tremendamente incendiario. Me equivocaba; ni siquiera mantendría despierta a la gente; pero, de todos modos, pensando que se trataba de un problema mío, hablé con un sacerdote. Lo primero que me dijo fue: No tienes que escribir para quinceañeras. Por supuesto, la mente de una quinceañera acecha en muchas cabezas de 75 años y la gente se escandaliza no sólo por lo que es escandaloso por naturaleza, sino también por lo que no lo es. Si un novelista escribiese un libro sobre Abrahán haciendo pasar a su mujer Sara por su hermana -tal como hizo- y permitiendo que la tomaran aquellos que la deseaban para satisfacer su lujuria -lo que hizo para salvar el pellejo-, ¿cuántos católicos no se escandalizarían del comportamiento de Abrahán? El hecho es que para no escandalizarse se debe tener una visión panorámica de las cosas, algo de lo que carecemos muchos de nosotros.

[…] Sobre el mal gusto, no sé, porque el gusto es una cuestión relativa. Hay quien encontrará casi todo de mal gusto, desde escupir en la calle hasta asociar a Cristo con la Magdalena. Se supone que la ficción representa la vida y el escritor de ficción debe emplear tantos aspectos de la vida como sean necesarios para hacer que su imagen global sea convincente. El escritor de ficción no pontifica, muestra y representa. Es la naturaleza de la ficción y no se puede hacer nada. Si estás escribiendo sobre gente vulgar, debes mostrar que son vulgares por lo que hacen. Los dos peores pecados del mal gusto en ficción son la pornografía y el sentimentalismo. Uno es demasiado sexo y el otro demasiada emoción. Has de tener lo justo de ambos para convencer, pero no más. Por supuesto, hay algunos escritores de ficción que creen que han de recluirse en el baño o en la cama con cada personaje cada vez que los llevan allí. A menos que este recorrido sirva para hacer avanzar el relato, me parece que es de mal gusto. En el segundo capítulo de mi novela tengo una escena así, pero consideraba que era vital para el sentido del relato. No creo que uno se deba preocupar demasiado por el mal gusto con un novelista competente, porque usa todo por un motivo, aunque el lector no siempre lo descubra. Son aquellos casos en que el sexo o lo difamatorio son fines en sí mismos los que son de mal gusto.”

Carta de Flannery O’Connor a Eileen Hall (10 de marzo de 1956); en El hábito de ser; Sígueme, 2004; pgs. 127, 128.

Flannery O'Connor and her peacocks

AULLANDO A LAS SOMBRAS

“Los animales ingeniosos y triunfantes no son los auténticos precursores del hombre, sino los perros que aúllan a las sombras.

El hombre aparece cuando al terror, que invade toda vida ante la incertidumbre o la amenaza, se substituye el horror sagrado.

[…] Las cicatrices de su industria sobre un suelo paciente insultan la belleza de la tierra, pero su necia temeridad se vanagloria de todo lo que hiere y mutila sus victorias inermes. Sus empresas coronadas lo hinchan de ventoso orgullo, y su incauta osadía cree haber asegurado la promesa de ascensos infinitos porque una lábil luz golpeó su frente. Confiado en hipotéticos derechos desdeña los viejos instrumentos de su triunfo; y avergonzado por la servidumbre en que germina la virilidad de su espíritu, cercena, como lazos que lo ataran, los secretos canales de su savia.

El hombre morirá, si Dios ha muerto, porque el hombre no es más que el opaco esplendor de su reflejo, no es más que su abyecta y noble semejanza.

Un animal astuto e ingenioso sucederá, tal vez, mañana al hombre. Cuando se derrumben sus yertos edificios, la bestia satisfecha se internará en la penumbra primitiva, donde sus pasos, confundidos con otros pasos silenciosos, huirán de nuevo ante el ruido de hambres milenarias.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 47, 52-53.

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‘El Intruso’, de Andrew Wyeth (1971)

HACIA LA OSCURA CIUDAD

“El muchacho siguió allí en pie, con la imagen del campo que el negro había atravesado reflejada en los ojos. Ya no le parecía un campo vacío, sino rebosante de gente. Vio, por todas partes, confusas figuras sentadas en una ladera y, mientras las contemplaba, vio cómo una sola cesta era suficiente para alimentar a aquella multitud. Repasó largamente con los ojos la muchedumbre, como si no pudiera encontrar al que estaba buscando. Entonces le vio. El viejo se estaba reclinando y, cuando se acomodó, se inclinó hacia adelante con impaciencia, sin apartar los ojos de la cesta que se iba aproximando. También el muchacho se inclinó, comprendiendo que la suya y la del viejo eran la misma hambre y que nada la saciaría en la tierra. Tenía tanta hambre, que hubiera podido devorar todos los panecillos y peces que se fueran multiplicando.

Allí permaneció, tendiendo todo el cuerpo hacia adelante, pero la escena se desvaneció en las crecientes sombras. La noche cayó hasta hacer casi desaparecer una delgada veta roja sobre el negro perfil de la tierra, pero él no se movió de allí. Ya no sentía su hambre como un dolor, sino como una oleada. La sintió crecer en su interior a través de la oscuridad y del tiempo, a través de los siglos, y supo que elevaba a su paso a un puñado de hombres cuyas vidas habían sido escogidas para sustentarla, hombres que vagarían por el mundo, extranjeros que llegaban del violento país en el que el silencio sólo se rompía para aullar la verdad. La sintió correr en su sangre con la sangre de Abel, la sintió crecer y anegarle. Por un momento, la oleada pareció desviarse de él y alejarse. El muchacho se dio la vuelta hacia el bosque. Allí, abriéndose en la noche, se alzaba un árbol de fuego deslumbrante que parecía consumir las tinieblas con una gigantesca llamarada. A su vista, el muchacho quedó sin aliento. Sabía que éste no era otra cosa que el fuego que había aprisionado a Daniel, que había arrebatado a Elías de la tierra, que había hablado a Moisés y que le hablaría a él al siguiente instante. Se arrojó al suelo aplastando la cara contra la suciedad de la tumba y escuchó la orden. Ve y advierte a los hijos de Dios de la terrible celeridad de la clemencia. Las palabras eran silenciosas, como semillas germinadas en su sangre todas al mismo tiempo.

Cuando por fin se incorporó, la zarza ardiente había desaparecido. Un frente de fuego devoraba lánguidamente la primera línea de árboles y en lugares dispersos bosque adentro se elevaban llameantes cimeras. Sobre todo el conjunto se apelotonaba una turbia humareda rojiza. El muchacho se agachó, cogió un puñado de tierra de la tumba de su tío abuelo y se untó con ella la frente. Luego, al cabo de un momento, sin volver la vista atrás, atravesó los campos traseros y se alejó en la misma dirección que Buford había seguido.

Hacia la medianoche, ya había dejado atrás el camino y los bosques en llamas y se encontraba otra vez en la carretera. A su lado, la luna se desplazaba a poca altura sobre el campo apareciendo y desapareciendo con brillantes destellos entre zonas de sombra. De vez en cuando, la irregular sombra del muchacho se sesgaba sobre la carretera, como abriéndole paso hacia su meta. Sus abrasados ojos, negros en la profundidad de sus cuencas, parecían entrever el destino que le aguardaba, pero siguió avanzando decididamente, la mirada orientada hacia la oscura ciudad donde los hijos de Dios dormían en sus camas.”

Los violentos lo arrebatan, de Flannery O’Connor; Lumen, 1986 [en esta edición, la traducción del título era Los profetas]; pgs. 249-251. Para introducirse en la obra de esta tremenda escritora, nada mejor que visitar el otro blog de don Ángel.

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OMNIA SPERAT

“Una tarde de mayo Bálint volvió temprano de visitar la yeguada que durante la primavera y hasta que no reverdecían los pastos veraniegos permanecía en el enorme prado del parque.

Al llegar a la entrada principal le estaba esperando el mayordomo Péter. Y estaba esperándolo porque la señora Róza había preguntado varias veces por él.

-¿Dónde está…? ¿Se encuentra peor?

-Todo lo contrario -contestó el viejo Péter-, parece estar mejor. Está en la terraza. Ha pedido la merienda antes de lo habitual…

Bálint subió las escaleras corriendo, cruzó la sala de billar y salió a la terraza.

Su madre estaba allí en su silla de ruedas.

El alto respaldo de la silla le tapaba la cara y no lo vio al entrar. Sólo cuando se sentó a su lado en el sofá la pudo ver bien.

Los ojos de su madre brillaban con un resplandor inesperado y alegre. Y cuando Bálint se sentó a su lado, se dirigió a él enseguida. Con su menuda y regordeta mano, la izquierda, la única que podía mover, cogió la de su hijo.

-¡Estás aquí! ¡Estás aquí! -dijo con su dificultosa pronunciación, que sonó ‘sta-qui’, pero sin balbucear tanto como otros días. En su boca torcida bailaba una sonrisa feliz.

-¿Dónde has estado? Te he esperado tanto… ¡Tanto! -continuó la mujer y su sonrisa pareció decir que lo había estado esperando desde hacía mucho tiempo, desde hacía una eternidad.

Bálint había estado con ella hacía sólo dos horas, inmediatamente después del almuerzo, razón por la que se sorprendió un poco, sobre todo porque en las últimas semanas su madre lo recibía con tanta indiferencia que a veces se preguntaba si todavía lo reconocía. Sintió un gran regocijo y comenzó a contarle que había visitado la yeguada y que ya había hierba tupida y muchísimo trébol. Le contó otras noticias alegres, como solía hacer.

La anciana señora lo interrumpió varias veces diciendo ‘¡Estoy tan feliz!’, y con cada frase le apretaba la mano a su hijo como si escandiese el ritmo de sus palabras.

Cuando Hedvig, una de las enfermeras, le ofreció café de una taza especial con pitorro, Róza Abády acercó la boca, bebió y dejó que la enfermera le secase los labios. A pesar de que no le gustaba que le dieran de comer, para lo que usaba su mano izquierda, la condesa permitió que le sirviesen porque no quería soltar la mano de Bálint ni por un instante. Enseguida volvió a mirarlo.

No apartó la vista de él sonriendo feliz, como si no pudiese llenarse de su imagen.

Pero comenzaba a cansarse y entonces quedó clara la causa de tanta alegría.

Cuando cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada lateral de la silla, antes de dormirse, dijo lentamente:

-Tamás, estoy tan feliz… de que hayas regresado, Tamás… Tamás…

Y pronunció aquellas palabras con nitidez, casi perfectamente.

Bálint no lo comprendió hasta pasados unos segundos: su madre creía que él era su padre. El que estaba a su lado era Tamás Abády, su padre, que había muerto hacía veinticinco años.

Por eso no le había soltado la mano. Su vista la había hecho tan feliz.”

El reino dividido, de Miklós Bánffy; Libros del Asteroide, 2010; pgs. 311-313.

'Mujer en la ventana', de Edgar Degas (1872)

‘Mujer en la ventana’, de Edgar Degas (1872)

NUEVO HIMNO EBRIO DE LA TABERNA ERRANTE, EN HONOR DEL CARDENAL KASPER

“-Entonces me marché. La dejé rezando en la capilla. Era suya. Era su lugar. Nunca volví para interrumpir sus oraciones. Dijeron que luchábamos por la libertad. Yo gané mi propia victoria. ¿Fue eso un crimen?

-Yo creo que lo fue, papá.”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 391.

EL SIMIO ASOMBRADO

A la Biblia no la inspiró un Dios ventrílocuo.
La voz divina atraviesa el texto sacro como un viento de tempestad el follaje de la selva.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 164.

“Hija de esperanzas inmortales, sólo la Iglesia nos hermana a la meditación que cubre los peñascos asiáticos de una inmóvil epifanía de estatuas.

Su liturgia secular reitera el gesto de las consagraciones primitivas.

Un villorrio neolítico amasa un blanco pan en las grutas del Carmelo.

En la Iglesia perdura la postración del primer simio ante la impasibilidad de los astros.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pg. 129.

LA CARNE SENSUAL DEL MUNDO

“En el silencio de los bosques, en el murmullo de una fuente, en la erguida soledad de un árbol, en la extravagancia de un peñasco, el hombre descubre la presencia de una interrogación que lo confunde.

Dios nace en el misterio de las cosas.

Esa percepción de lo sagrado, que despierta terror, veneración, amor, es el acto que crea al hombre, es el acto en que la razón germina, el acto en que el alma se afirma.

El hombre aparece cuando Dios nace, en el momento en que nace, y porque Dios ha nacido.

El Dios que nace no es la deidad que una teología erudita elabora en la substancia de experiencias religiosas milenarias. Es un Dios personal e impersonal, inmediato y lejano, inmanente y trascendente; indistinto como el viento de las ramas. Es una presencia oscura y luminosa, terrible y favorable, amigable y hostil; satánica penumbra en que madura una espiga divina.

Una luminosidad extraña impregna la íntima substancia de las cosas. Las piedras sagradas señalan la carne sensual del mundo.”

Textos, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2010; pgs. 48-49.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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