EL CERRO DE LOS LOCOS Y DE LAS BALAS

por El Responsable

Una intempestiva brisa mañanera convierte en caricia el sol de mayo.

Abro los ojos y me dejo inundar de azul, que se cuela entre las ramas desde el hermoso cielo castellano.

Paso a posición de sentado en el banco de abdominales y fijo la mirada en el hombre que está regando. No es del ayuntamiento. Es uno de los locos por los que este cerro se llama como se llama. Riega y planta porque le da la gana. Para hacer más bello el cacho de mundo en el que le tocó vivir.

Me acerco a charlar. El hombre deja de remover el suelo con la azada y atiende educadamente a mis preguntas.

-Unos treinta años… Todo esto lo hemos plantado nosotros… También esos árboles de ahí, sí… Y ese romero, para hacer una barrera natural y evitar que se pierdan las pelotas con las que jugamos ahí…

Sonrío. Uno de mis sueños de vida es ver jugar a mis nietos y bisnietos bajo las ramas de los árboles que yo mismo he plantado. Va a ser difícil de cumplir ya. No tengo hijos y sólo he plantado un árbol. Mi limonero. El próximo 18 de junio cumple 9 años. Pero vive en una maceta. No da mucha sombra.

-¿Es usted de Madrid?

-Sí.

-Es decir, que su pasión por la jardinería no es porque venga de algún pueblo y lo eche de menos…

-No; es simple amor a la naturaleza.

Yo hago abdominales, que es otra forma de jugar, a la sombra de los árboles que estos hombres han plantado. En cierta forma, es como hablar con los abuelos de los que nunca disfruté. Me gusta la sensación.

-Lo del cerro de los locos era porque, cuando había sólo dos gimnasios en Madrid, muchos nos veníamos aquí para hacer ejercicio; y nos duchábamos en la fuente de ahí abajo. En invierno también. Y la gente nos veía empapados en la fuente, en pleno invierno, y nos decía que estábamos locos. De ahí viene.

-¿Y lo del cerro de las balas?

-Porque ahí abajo había un campo de tiro. Y como no había control, volaban las balas por aquí que no veas. Murió un torero que venía a la Dehesa a practicar, por una bala perdida de ésas…

La noticia me sorprende.

-Pensé que el nombre venía de cuando la Guerra Civil…

-Sí, mucha gente piensa eso.

-Porque por aquí pasaba la línea del frente, ¿no?

-Sí, se reforzó toda esta zona, porque pensaban que entrarían por donde la carretera de La Coruña…

-Pero al final entraron por ahí, ¿no? -señalo hacia Ciudad Universitaria.

-Sí… Y en la zona del Clínico estaban a tiros todos los días.

Nos quedamos callados, mirando hacia Moncloa. Hace unos días, durante una conversación sobre literatura española, alguien dijo que estaba harto de leer novelas sobre la Guerra Civil. Completamente de acuerdo. Pero añadí: y, sin embargo, la gran novela sobre la Guerra Civil está por escribir…

Eso pienso, sí. El ejemplo a seguir quizá sería Vida y destino de Grossman. El Tolstoi de Guerra y Paz. Y la profundidad psicológica de Dostoyevski o Roth. Mejor, de ambos. Novela coral, con gran cantidad de personajes. Los protagonistas, deberían encarnar las principales ideologías en lucha; pero el autor debería hacer el esfuerzo de tratar de hacer de todos ellos buenas personas, con buenas intenciones. Irán aprendiendo y desarrollando sus personalidades en las vicisitudes de la guerra, por supuesto, y conocerán el horror, la desilusión y el sacrificio; pero aquél debería de ser el punto de partida para hacer una gran novela sobre nuestra Guerra Civil.

Alguien me contó una anécdota, creo que real. No recuerdo bien los detalles, así como no recuerdo quién me la contó. Puede que la reconstruya mal, pero trataré de transmitir la misma sensación que me transmitió a mí cuando la escuché. Un extranjero visita una zona rural de España, poco después de la Guerra Civil. Se encuentra con un campesino. El extranjero se acerca a charlar, como yo me acerqué a charlar con el loco de la Dehesa. Le dice al campesino que es una tierra muy bella y que es una pena que haya corrido tanta sangre entre hermanos. En el fondo, dice el extranjero, una guerra así no vale la pena.

Entonces el campesino levanta la mirada y la clava en los ojos del extranjero.

-Aquí se luchó por el destino del mundo.

Sin decir más, el campesino se va. El extranjero se queda callado, no sabemos qué piensa exactamente. Como nosotros, no puede saber si el campesino ganó o perdió la guerra.

Su frase es como una oración por el honor de los muertos. De todos los muertos. Así debería ser la gran novela sobre la Guerra Civil española.

-¿Cómo se llama usted?

-Ángel.

Nos damos la mano.

-Yo, Xacinto.

-¿Jacinto?

-Sí, Jacinto.

Nos despedimos.

-Bueno, nos seguiremos viendo por aquí -me dice-. Porque tú vienes mucho por aquí, ¿no?

-Todo lo que puedo.

Cerro de los locos

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