El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Abril, 2015

YO SOY ASÍ

“Al hacer la distinción entre el derecho común y la justicia establecida, y entre el derecho natural y los extravíos de la violencia, Napoleón parecía arreglárselas con un sofisma que, en el fondo, no arreglaba nada; no podía someter a su conciencia igual que había sometido al mundo. Una debilidad natural en las gentes superiores y en las humildes, cuando han cometido un error, es querer hacerlo pasar por obra del genio, por una vasta combinación de circunstancias que el vulgo es incapaz de comprender. El orgullo dice esas cosas, y la necedad se las cree. Bonaparte consideraba sin duda como signo de un espíritu superior esta frase que soltaba en su compunción de gran hombre: “¡Aquí tienes, amigo, la justicia distributiva de este mundo!” ¡Un enternecimiento realmente filosófico! ¡Qué imparcialidad! ¡Cómo justifica, echando la culpa al destino, el mal que nosotros mismos hemos ocasionado! Uno cree haberlo excusado todo cuando exclama: “¿Qué le vamos a hacer? Es mi forma de ser, es una debilidad humana.” Cuando se ha matado al propio padre, se repite: “¡Yo soy así!” Y la multitud se queda con la boca abierta, y se examina el cráneo de este hombre poderoso y se reconoce que estaba hecho así. ¡Qué me importa a mí que estéis hechos así! ¿Acaso he de sufrir yo vuestra manera de ser? Bonito caos sería el mundo, si todos los hombres que están hechos así quisieran imponerse los unos a los otros. Cuando no se pueden borrar los propios errores, se los diviniza; se hace un dogma de los propios yerros, se convierten en religión unos sacrilegios, y uno se creería apóstata de renunciar al culto de sus iniquidades.”

Memorias de ultratumba, François-René de Chateaubriand; Acantilado, 2004; vol. 1, pg. 772.

'Napoleón I en su trono imperial', de Ingres (1806)

‘Napoleón I en su trono imperial’, de Ingres (1806)

EL SOSIEGO ACANTILADO

La crucifixión, según el cristiano de hoy, fue un lamentable error judicial.
La facultad de percibir la misteriosa necesidad de lo atroz pereció con la escena griega y los altares cristianos.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 459.

“Del mismo modo que cuando se pierde la paz del corazón, hay que hacer todo lo posible por recuperarla, debes saber igualmente que no puede suceder en el mundo nada que razonablemente nos la pueda quitar o turbar. Es verdad que debemos dolernos de nuestros pecados, pero ha de ser con un arrepentimiento lleno de paz, como te he dicho ya más de una vez. Y así, sin perder la serenidad, y con sentimientos de caridad, se tenga compasión de cualquier otro pecador y se lloren, al menos interiormente, sus culpas.

En cuanto a los otros acontecimientos graves y dolorosos, como enfermedades, heridas, muertes -aun de nuestros más queridos familiares-, pestes, guerras, incendios u otros males semejantes, que la gente del mundo rechaza ordinariamente como gravosos a la naturaleza, ayudados por la divina gracia, podemos nosotros no solo desearlos, sino incluso agradecerlos como reparación por los malos y como ocasión de practicar la virtud para los buenos. Son estos los motivos por los que Dios nuestro Señor los permite, de forma que si fuésemos nosotros dóciles a su voluntad, pasaríamos serenos e imperturbables entre las amarguras y contrariedades de esta vida. Convéncete de que cualquier inquietud nuestra le desagrada, pues, cualquiera que sea su origen, va siempre acompañada de imperfección y procede siempre de alguna mala raíz del amor propio.

Por eso es bueno que tengas siempre apostada tu guardia, que, apenas descubra algo que pueda turbarte o hacerte perder la paz, llame tu atención, de forma que puedas echar mano de tus armas defensivas y consideres que todos esos males y muchos otros semejantes ni son en el fondo verdaderos males, ni pueden quitarnos los verdaderos bienes, aunque aparenten lo contrario.

Ten en cuenta que Dios lo ordena o permite todo para los fines que hemos dicho o para otros que no conocemos, pero que son, sin duda, muy santos y justos. Manteniendo así el alma tranquila y en paz en cualquier acontecimiento, por adverso que sea, puede hacerse mucho bien; de lo contrario, cualquier ejercicio resulta mermado o sin fruto alguno.

Hay que decir, además, que, mientras el corazón se encuentra desasosegado, queda expuesto a toda suerte de ataques de los enemigos; y, por otra parte, en tal situación, nosotros somos incapaces de distinguir bien el sendero recto y el camino seguro de las virtudes.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 146-147.

isis

UNA MIRADA SECRETAMENTE FRATERNAL

“Resulta más fácil, en nuestro tiempo, encontrar comportamientos cristianos que almas cristianas.

Habiendo expulsado su cristianismo hacia la zona periférica de la persona, el cristiano actual aún le somete parcialmente su conducta, pero no le subordina sus actitudes radicales.

Ya escasean esos seres indeleblemente cristianos, en cuyos ojos enturbiados por el orgullo, la lujuria o la blasfemia, nuestros ojos adivinan una mirada secretamente fraternal.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 458.

IDOLA

El estudio de los mitos pertenece a la metafísica, no a la psicología.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 312.

“Ni el católico ni el pagano conocen la naturaleza de Dios tal cual es; pero, según hemos dicho, uno y otro la conocen por los conceptos de causalidad, excelencia y remoción, y por esto, al decir el gentil: el ídolo es Dios, puede tomar el término Dios en el mismo sentido en que lo toma el católico cuando dice: el ídolo no es Dios. Por lo demás, quien no tuviere idea ninguna de Dios, no podría nombrarle, o, si acaso, lo haría únicamente como nos sucede cuando pronunciamos términos cuyo significado desconocemos.”

Suma Teológica, de Santo Tomás de Aquino; parte I, cuestión 13, artículo 10; BAC, 2010; vol. I, pgs. 363-364.

LA DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS

“La desconfianza de sí mismo es tan indispensable en este combate, que sin ella no solo no se obtendrá jamás la deseada victoria, sino que ni siquiera se llegaría a dominar una pequeña pasión. Hay que grabar bien esa idea en la mente, pues nuestra naturaleza corrompida nos inclina fácilmente hacia una falsa estima y aprecio de nosotros mismos. Siendo, como somos, una simple nada, nos convencemos, no obstante, de que valemos algo; y sin motivo alguno, llegamos a presumir vanamente de nuestras fuerzas. Se trata de un defecto difícil de descubrir y que resulta odioso a los ojos de Dios, que quiere y ama en nosotros un leal conocimiento de esta gran verdad, a saber, que toda gracia y toda virtud provienen solo de él, que es la fuente de todo bien; y que, en cambio, por nosotros mismos no somos capaces de producir nada, ni siquiera un buen pensamiento que le agrade (2Cor 3,5).

Esta desconfianza de nosotros mismos, tan importante, es obra de su mano divina, y suele darla Dios a sus amigos a través de santas inspiraciones o de duras pruebas, o de violentas y casi insuperables tentaciones, o de otras mil maneras que jamás sospecharíamos. Y sin embargo, quiere él que hagamos por nuestra parte lo que podemos hacer. Por eso te propongo cuatro medios con los que, ayudado por el favor de Dios, podrás alcanzar esa desconfianza de ti:

-Primero: conocer y considerar tu propia nada: por ti solo no puedes hacer ningún bien por el que merezcas entrar en el reino de los cielos.

-Segundo: pedirla con ferviente y humilde oración al Señor, pues es don suyo. Para obtenerla, es preciso, ante todo, que te veas y te consideres privado de ella, y absolutamente incapaz de lograrla por ti solo. Por eso, si te presentas a menudo ante él con la certeza de que su bondad quiere concedértela, y si sabes esperarla con perseverancia a lo largo de todo el tiempo que su providencia disponga, no te quepa duda que la obtendrás.

-Tercero: acostumbrarte a tener miedo de ti mismo, de tu forma de pensar, de tu inclinación al pecado, de tus innumerables enemigos a los que no eres capaz de ofrecer la mínima resistencia, de su experiencia en el combate, de sus estratagemas y su facilidad en convertirse en ángeles de luz, de las innumerables artimañas y trampas que a traición nos tienden en el camino mismo de la virtud.

-Cuarto: aprovechar la caída en un defecto cualquiera, para adentrarte más y con más fuerza en la consideración de lo grande que es tu debilidad. Justamente por eso Dios permitió tu tropiezo, para que, iluminado con mayor luz por esa inspiración, y conociéndote ya mejor, aprendas a despreciarte como cosa vil que eres, y desees ser tenido y despreciado como tal por los demás. Y has de saber que, sin esa voluntad, no existe desconfianza virtuosa, que tiene su fundamento en la verdadera humildad y en el conocimiento que da la experiencia.

Quede claro, pues, que para todo el que desea acercarse a la suprema luz y a la verdad increada, es necesario el conocimiento de sí mismo. Un conocimiento que la bondad de Dios concede ordinariamente a los soberbios y presuntuosos, a través de sus caídas: les deja resbalar justamente hacia alguna falta de la que creían saber defenderse, a fin de que, conociéndose ya mejor, aprendan a desconfiar totalmente de sí mismos.

Hay que advertir, de todas formas, que no suele servirse el Señor de medios tan humillantes, sino cuando los más suaves, que hemos visto antes, no han logrado el éxito que su bondad pretendía. Y es que la bondad de Dios permite que el hombre caiga más o menos según sea mayor o menor su soberbia o su propia reputación. De manera que donde no se encontrara la mínima presunción, como fue el caso de la Virgen María, no habría la más mínima caída. Si caes, pues, piensa enseguida en el humilde conocimiento de ti mismo y pide con insistencia al Señor (Lc 11,5-13) que te dé la luz verdadera para conocerte y la total desconfianza de ti mismo, si no quieres caer de nuevo y quizá en una desgracia peor.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 88-91.

NON MEA VOLUNTAS

“Pues quiéroos avisar y acordar qué es su voluntad. No hayáis miedo sea daros riquezas ni deleites, ni honras, ni todas esas cosas de acá; no os quiere tan poco, y tiene en mucho lo que le dais, y quiéreoslo pagar bien, pues os da su reino aun viviendo. ¿Queréis ver cómo se ha con los que de veras le dicen esto? Preguntadlo a su Hijo glorioso, que se lo dijo cuando la oración del Huerto. Como fue dicho con determinación y de toda voluntad, mirad si la cumplió bien en El en lo que le dio de travajos y dolores y injurias y persecuciones; en fin, hasta que se le acabó la vida con muerte de cruz.

Pues veis aquí, hijas, a quien más amava lo que dio; por donde se entiende cuál es su voluntad. Ansí que éstos son sus dones en este mundo. Da conforme a el amor que nos tiene: a los que ama más, da de estos dones más; a los que menos, menos, y conforme a el ánimo que ve en cada uno y el amor que tiene a Su Majestad. A quien le amare mucho, verá que puede padecer mucho por El; al que amare poco, poco. Tengo yo para mí que la medida del poder llevar gran cruz u pequeña, es la del amor. Ansí que, hermanas, si le tenéis, procurad no sean palabras de cumplimiento las que decís a tan gran Señor, sino esforzaos a pasar lo que Su Majestad quisiere. Porque si de otra manera dais la voluntad, es mostrar la joya y irla a dar y rogar que la tomen, y cuando estienden la mano para tomarla, tornarla Vos a guardar muy bien.”

Camino de perfección, de Santa Teresa de Jesús; capítulo 32 (6-7) del Códice de Valladolid; en sus Obras completas; BAC, 2006; pgs. 371-372.

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán. La civilización de la antigüedad constituía el entero mundo, y el hombre no soñaba con su acabamiento, lo mismo que no se le pasaba por la cabeza que se acabara la luz del día. No podían imaginar un orden diferente, a menos que fuera en un mundo diferente. Pasó, sin embargo, esa civilización, mientras que aquellas palabras aún permanecen. En la larga noche de la Edad Oscura, el feudalismo era algo tan familiar que no podía imaginarse ningún hombre sin su señor; y la religión estaba hasta tal punto enredada en esa madeja que era impensable que pudieran llegar a separarse. El feudalismo se vio desgarrado y desgajado de la vida social de la verdadera Edad Media; y el poder principal y más lozano de aquella nueva libertad sería la antigua religión. El feudalismo había pasado, y las palabras no. El entero orden medieval -en muchos sentidos un hogar perfecto y casi universal para el hombre- se fue degradando a su vez, y entonces se pensó que las palabras pasarían con él. Pero éstas se abrieron camino a través del abismo radiante del Renacimiento y, en cincuenta años, toda su luz y sabiduría se incorporaba a nuevas fundaciones religiosas, a la nueva ciencia apologética y a los nuevos santos. Se imaginó a la religión definitivamente marchita ante la seca luz de la Edad de la Razón. Se la imaginó por fin desaparecida tras el terremoto de la Revolución francesa. La ciencia pretendió obviarla, pero aún estaba allí. La historia la enterró en el pasado, pero Ella apareció repentinamente en el futuro. Hoy la encontramos en nuestro camino y, mientras la observamos, continúa su crecimiento.

Si nos atenemos a la continuidad de nuestros relatos y testimonios; si el hombre aprende a aplicar la razón ante tal cantidad de hechos acumulados en una historia tan chocante, es de esperar que tarde o temprano sus enemigos escarmentarán ante las continuas decepciones de estar siempre aguardando su muerte. Pueden seguir con su guerra particular, que será una guerra contra la naturaleza, contra el paisaje, contra los cielos. Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán. Estarán al acecho para proclamar sus yerros y tropiezos, pero no esperarán ya su desaparición. De una forma insensible, incluso inconsciente, ya no contemplarán la extinción de la que tantas veces dieron por extinguida, y aprenderán, instintivamente, a esperar antes la caída de un meteorito o el oscurecimiento de una estrella.”

El hombre eterno, de Gilbert Keith Chesterton; Ediciones Cristiandad, 2004; pgs. 330-331.

LEMÁ SABACTANÍ

“Hubo momentos de desamparo que nadie padecerá jamás. Hubo secretos en lo más íntimo e invisible de ese drama, que las palabras no alcanzan a expresar ni son equiparables a algún tipo de separación de un hombre de los demás hombres. Y no es fácil que otra expresión menos sencilla y directa que la de la pura narrativa pueda siquiera sugerir el horror de exaltación que se alzaba sobre la colina. Innumerables relatos no han llegado al término de la descripción, o aún al principio. Y si hubiera algún sonido que pudiera producir el silencio, seguramente nos quedaríamos en silencio ante el final, cuando un grito fue lanzado en la oscuridad con palabras terriblemente nítidas y terriblemente incomprensibles, que el hombre nunca entenderá en toda la eternidad que esas mismas palabras han comprado para él. Y por un instante aniquilador, un abismo insondable para nuestro limitado intelecto se abrió en la unidad de lo absoluto: Dios había sido abandonado por Dios.”

El hombre eterno, de Gilbert Keith Chesterton; Ediciones Cristiandad, 2004; pgs. 269-270.

LA TABERNERA DE LOS DIOSES

“La tabernera le respondió así a Gilgamesh:

-Si tú eres Gilgamesh, el que mató al Guardián del Bosque,
abatiste a Khumbaba que vivía en el Bosque de los Cedros,
has matado leones en los desfiladeros de las montañas,
y venciste y mataste al Toro bajado del cielo,
¿por qué tus mejillas están demacradas, tu rostro abatido,
tu corazón dolido y tus rasgos demudados?,
¿por qué la angustia ha entrado en tus entrañas?,
¿por qué tu aspecto es como el del que ha hecho un largo viaje
y tu cara está curtida por el frío y por el calor?,
¿por qué, afrontando las ráfagas de viento, andas vagabundeando por la estepa?

[…] -Mi amigo, al que yo amaba entrañablemente,
que conmigo había franqueado tantos obstáculos,
Enkidu, al que yo amaba entrañablemente,
que conmigo había franqueado tantos obstáculos,
se ha ido al destino del hombre.
Yo he llorado por él días y noches,
no permití que se le enterrase
-para ver si mi amigo se levantaba ante mis lamentos-
durante siete días y siete noches
hasta que los gusanos cayeron de su nariz.
Desde que partió yo he buscado en vano la Vida,
no ceso de errar como un bandido a través de la estepa.
Ahora, tabernera, que he visto tu rostro,
ojalá pueda evitar la muerte que constantemente temo.

[…] La tabernera respondió así a Gilgamesh:

-Nunca, Gilgamesh, ha existido tal proyecto,
nadie desde los tiempos más antiguos ha atravesado el mar,
el único que atraviesa el mar es Shamash, el valiente, excepto Shamash, ¿quién podría cruzarlo?
La travesía es penosa, muy difícil su recorrido,
pues en su curso las Aguas de la Muerte bloquean su paso.
¿Cómo podrías, Gilgamesh, atravesar el mar?
Una vez llegado a las Aguas de la Muerte, ¿qué harías?”

Poema de Gilgamesh; estudio preliminar, traducción y notas de Federico Lara Peinado; Tecnos, 1997; pgs. 146, 148, 150.

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