LA DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS

por El Responsable

“La desconfianza de sí mismo es tan indispensable en este combate, que sin ella no solo no se obtendrá jamás la deseada victoria, sino que ni siquiera se llegaría a dominar una pequeña pasión. Hay que grabar bien esa idea en la mente, pues nuestra naturaleza corrompida nos inclina fácilmente hacia una falsa estima y aprecio de nosotros mismos. Siendo, como somos, una simple nada, nos convencemos, no obstante, de que valemos algo; y sin motivo alguno, llegamos a presumir vanamente de nuestras fuerzas. Se trata de un defecto difícil de descubrir y que resulta odioso a los ojos de Dios, que quiere y ama en nosotros un leal conocimiento de esta gran verdad, a saber, que toda gracia y toda virtud provienen solo de él, que es la fuente de todo bien; y que, en cambio, por nosotros mismos no somos capaces de producir nada, ni siquiera un buen pensamiento que le agrade (2Cor 3,5).

Esta desconfianza de nosotros mismos, tan importante, es obra de su mano divina, y suele darla Dios a sus amigos a través de santas inspiraciones o de duras pruebas, o de violentas y casi insuperables tentaciones, o de otras mil maneras que jamás sospecharíamos. Y sin embargo, quiere él que hagamos por nuestra parte lo que podemos hacer. Por eso te propongo cuatro medios con los que, ayudado por el favor de Dios, podrás alcanzar esa desconfianza de ti:

-Primero: conocer y considerar tu propia nada: por ti solo no puedes hacer ningún bien por el que merezcas entrar en el reino de los cielos.

-Segundo: pedirla con ferviente y humilde oración al Señor, pues es don suyo. Para obtenerla, es preciso, ante todo, que te veas y te consideres privado de ella, y absolutamente incapaz de lograrla por ti solo. Por eso, si te presentas a menudo ante él con la certeza de que su bondad quiere concedértela, y si sabes esperarla con perseverancia a lo largo de todo el tiempo que su providencia disponga, no te quepa duda que la obtendrás.

-Tercero: acostumbrarte a tener miedo de ti mismo, de tu forma de pensar, de tu inclinación al pecado, de tus innumerables enemigos a los que no eres capaz de ofrecer la mínima resistencia, de su experiencia en el combate, de sus estratagemas y su facilidad en convertirse en ángeles de luz, de las innumerables artimañas y trampas que a traición nos tienden en el camino mismo de la virtud.

-Cuarto: aprovechar la caída en un defecto cualquiera, para adentrarte más y con más fuerza en la consideración de lo grande que es tu debilidad. Justamente por eso Dios permitió tu tropiezo, para que, iluminado con mayor luz por esa inspiración, y conociéndote ya mejor, aprendas a despreciarte como cosa vil que eres, y desees ser tenido y despreciado como tal por los demás. Y has de saber que, sin esa voluntad, no existe desconfianza virtuosa, que tiene su fundamento en la verdadera humildad y en el conocimiento que da la experiencia.

Quede claro, pues, que para todo el que desea acercarse a la suprema luz y a la verdad increada, es necesario el conocimiento de sí mismo. Un conocimiento que la bondad de Dios concede ordinariamente a los soberbios y presuntuosos, a través de sus caídas: les deja resbalar justamente hacia alguna falta de la que creían saber defenderse, a fin de que, conociéndose ya mejor, aprendan a desconfiar totalmente de sí mismos.

Hay que advertir, de todas formas, que no suele servirse el Señor de medios tan humillantes, sino cuando los más suaves, que hemos visto antes, no han logrado el éxito que su bondad pretendía. Y es que la bondad de Dios permite que el hombre caiga más o menos según sea mayor o menor su soberbia o su propia reputación. De manera que donde no se encontrara la mínima presunción, como fue el caso de la Virgen María, no habría la más mínima caída. Si caes, pues, piensa enseguida en el humilde conocimiento de ti mismo y pide con insistencia al Señor (Lc 11,5-13) que te dé la luz verdadera para conocerte y la total desconfianza de ti mismo, si no quieres caer de nuevo y quizá en una desgracia peor.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 88-91.

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