POLÍTICA CATÓLICA

por El Responsable

Cuatro años después, sin embargo, nada resume mejor los efectos no buscados de las revueltas árabes que la bandera negra del Estado Islámico, cuyas ramas siguen extendiéndose a través de cada estado fallido, a pesar de la actual campaña de la coalición liderada por los Estados Unidos para “debilitar y finalmente destruir” al grupo.

Esta cita que traducimos aquí la hemos obtenido de un interesante artículo, que trata de hacer balance de las consecuencias reales de las Primaveras Árabes ocurridas hace cuatro años.

La moraleja fundamental del asunto sería, quizá, el importante elemento fantasioso que la realidad virtual provoca en la capacidad analítica de muchos individuos. Confundidos por el número de visitas de sus blogs y páginas web, y por el estrepitoso altavoz que los medios de comunicación occidentales les proporcionaban, muchos honestos y valientes luchadores por la democracia y los derechos humanos se lanzaron a unas luchas políticas para las que, el tiempo ha demostrado, no estaban mínimamente preparados, principalmente porque habían interpretado muy mal las sociedades y los tiempos en los que realmente vivían.

El caso egipcio no deja de ser paradigmático. Por cada demócrata egipcio quizá haya en el país veinte rudos militantes de los Hermanos Musulmanes. El nivel de militancia del demócrata egipcio quizá llegue al nivel de tener un blog propio, que puede haber sido citado como inestimable fuente de información por el New York Times; pero cada uno de los veinte militantes de los Hermanos Musulmanes tiene experiencia en la cárcel, en ser torturado, en organizar redes asistenciales para huérfanos y viudas o en reuniones clandestinas para articular sus células políticas. ¿Quién iba a conseguir mayor poder en unas elecciones más o menos libres? El resultado tenía que estar claro para cualquiera que viva más allá del ambiente ficticio que internet puede crear en las mentes individuales.

La lucha política tiene sus leyes propias y sólo se puede sorprender de sus efectos reales el que se ha negado a enfrentar sus verdades; verdades que se llegan a conocer, fundamentalmente, leyendo libros de historia.

Algo semejante ocurre en ciertos ámbitos católicos. Retroalimentándose unos a otros a través de una inmensa red de páginas web y blogs (un hombre, un blog, es el nuevo lema de la democracia telemática), muchos católicos llegan a la conclusión, históricamente aberrante, de que están en disposición de organizar respuestas políticas serias para cambiar las leyes de sus respectivos países. Así que se lanzan a la formación de nuevos partidos políticos y organizaciones sociales que buscan dichos cambios, sin al parecer tener en cuenta la cruda realidad de los números, que hacen del catolicismo realmente existente una minoría social exigua incapaz de cambiar ningún marco político salvo bajo la forma de un poder dictatorial, inevitablemente obligado a la más furibunda represión de sus poblaciones no católicas.

De esta manera, tenemos a gran cantidad de católicos que tratan de convencernos de la importancia de organizar manifestaciones contra el aborto, plataformas contra el matrimonio homosexual y partidos políticos confesionales (o de hacer entrismo en los ya existentes). Estrategia propia de trasnochados militantes del PP o de trastornados del Yunque (esos católicos pueriles que juegan a la clandestinidad y a la masonería de andar por casa), y que, en el fondo, sólo parece demostrar una estúpida sed de poder.

Ahora mismo, la realidad es que el catolicismo está lejos de tener ningún tipo de relevancia política. Si tal objetivo (a muy largo plazo) quiere ser realmente buscado, no queda más remedio que centrarse (¿cómo podría ser de otra manera?) en el combate espiritual, que es el que realmente debe importar a todo católico en todo momento. Tratando cada uno de nosotros de ser mejor persona (mejor católico, pues es lo mismo) y de insistir en crear lazos entre las diversas comunidades que se puedan ir estableciendo, fundamentalmente a través de las parroquias; con especial atención a las formas de ayuda mutua, que puedan compensar el más que probable incremento de la pobreza a escala mundial. Y con especial cuidado en la recepción y transmisión de la auténtica Tradición, sin caer en el error de pactar con un mundo que cada vez se parece más al infierno.

No es una labor de lobbies, sino de santos y mártires.

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