CONTRA EL POSITIVISMO

por El Responsable

Nos planteamos la auténtica racionalidad de este camino: si realmente es acertado pretender cuantificar la dramaturgia propia de los acontecimientos humanos en base a ecuaciones químicas y algoritmos de diversa complejidad.

Si precisamente la consciencia es una anamórfosis constituida a partir de todos esos elementos básicos, pero que ya juega en un plano distinto, un plano en el que hay que tener en cuenta palabras tan poco medibles y cuantificables como amor, compasión, perdón… Esas categorías de la vida práctica a cuyo desvelamiento han asistido las diversas civilizaciones humanas a través de la historia, en un constante proceso de errores y aprendizajes, y que han ido regalando a las nuevas generaciones, para ayudarles a manejarse en las tribulaciones de la vida y a intentar no equivocarse demasiado cada vez que la Historia nos sitúa en un escenario nunca antes conocido.

Pues una de las peculiaridades de nuestra época es, sin duda, la gran cantidad de nuevos aspectos que parecen ofrecerse a la mirada humana, que nunca antes nos habíamos tenido que plantear. Sobreabundancia de perplejidades que realmente parecen saturar nuestra capacidad de respuesta. Perplejidades no sólo provocadas por las nuevas situaciones históricas que se nos presentan, sino también por cierto empecinamiento en la sustitución de nuestra Tradición (el estudio clásico de la Teología, la Historia, la Filosofía, el griego y el latín…) por conocimientos pseudo-científicos como la psicología, la sociología o la economía, que más que ayudar, nos engolfan más aún en el desquiciamiento contemporáneo. Es normal que todo le resulte nuevo al que nunca ha abierto un libro de historia. El retorno a las fuentes tradicionales no impedirá, sin embargo, que en determinados momentos nos veamos obligados a improvisar. Pero sólo el artista bien formado en las técnicas clásicas puede gozar del virtuosismo necesario para realizar buenas improvisaciones. Las cuales, a su vez, acabarán incorporándose, como nuevas hojas y ramas, al árbol venerable de la Tradición.

El afán prometeico de Occidente, aún pujante a pesar de todos los descalabros del pasado siglo, unido a la desorientación propia de la época, plagada de incógnitas y acertijos, cuajan en una superstición cientificista que busca refugio en la seguridad de los cálculos matemáticos, de los cómputos informáticamente controlables, de las dosis mecánicamente ingeridas.

Pero la dramaturgia que estructura y, al mismo tiempo, brota de la somaticidad humana, no es reducible a cuantificaciones.

Para bien y para mal, los cuerpos dramáticos deben interpretar sus papeles en el escenario que disponen la Historia, las familias, los amigos, los enemigos, las victorias y las derrotas, los éxitos y los fracasos, el crimen y la entrega incondicional, el amor y la traición. El estuche epidérmico sólo alcanza su auténtica realidad cuando se configura como rostro, como manos que acarician o matan, como madre que observa con alegría o tristeza el crecimiento de su vientre fecundado.

En el corazón de nuestra hiperactiva contemporaneidad parece latir un paradójico miedo visceral a tomar decisiones, a tomar partido por un camino u otro, en un momento en el que, como hemos dicho, todo parece tan difuso. Hombres y mujeres buscan métodos que les garanticen la efectividad de sus acciones, el acierto de sus elecciones y la ausencia absoluta de sufrimiento en sus vidas; pero tal método no existe, ni puede llegar a existir.

Pues nada hay que nos dispense de la responsabilidad de nuestras acciones, ni de lo impredecible de sus consecuencias; ningún cómputo determinista nos dirá cuál es la mejor manera de soportar una humillación y ninguna deducción matemática nos permitirá eliminar el dolor del que llora una muerte a nuestro lado.

He ahí la tragedia, pero también la gracia, de ser lo que somos.

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