EL SUSTITUTO

por El Responsable

El portero de fin de semana fue muchas veces el sustituto de verano.

Le gustaba especialmente aquella portería, cerca del Parque de Berlín. Echaba muchas horas, pero también cobraba más al final de mes. El titular tenía un reproductor de CD y el portero austrohúngaro aprovechaba para traerse su colección de música, con la que acompañar las lecturas o la limpieza del portal.

Los vecinos solían apreciar el ser recibidos por Bach o Mozart al volver a sus hogares, así como ser despedidos por Prokofiev o Mahler al lanzarse a la calle a pelear con el mundo.

Había un vecino que disfrutaba especialmente con las manías musicales del sustituto. Había sido un alto cargo de una importantísima institución musical del estado. Sentía predilección por Albéniz; le regaló al sustituto un disco del compositor cuya grabación él mismo se había encargado de producir. Pero aquella responsabilidad había dejado de ejercerla muchos años antes. En aquel momento, básicamente, su principal ocupación era beber. Beber y escuchar música, suponía el sustituto. Siempre que pasaba por el portal, hacía un simpático gesto como de atender a la pieza que sonaba, antes de hacer algún comentario o intentar averiguar cuál era. Y se volvía a ir, siguiendo a veces el ritmo de la música con el movimiento de una mano.

Casi siempre que se dirigía hacia su casa ya de noche, el clin-clin de varias botellas recién compradas y cargadas en una bolsa de plástico se dejaba oír entre las líneas melódicas de la música enlatada.

Al día siguiente, el hombre volvía a pasar, en dirección al contenedor de vidrio, con la misma bolsa de plástico llena de botellas para reciclar. Sonreía, su rostro componía otra vez un gesto de escucha tras las gafas de sol, y se despedía con un amable gesto de la mano.

La noche del 6 de septiembre de 2006 sonaba en el portal el cuarto concierto para piano y orquesta de Beethoven. Ya quedaba poco para que el sustituto terminase su jornada laboral. El hombre entró en el portal, con su habitual cargamento tintineante; parte del cual había decidido traerlo directamente en sangre, así que se acercó hasta el cubículo del sustituto especialmente dicharachero.

-¡Ah, qué formidable! -dijo, mientras se quedaba de pie en la puerta, escuchando- ¿Quién dirige?

-Abbado -respondió el sustituto.

-Maravilloso… -otra pausa para seguir escuchando- ¿Quién está al piano, la Argerich?

-No, Pollini.

-Ah, qué hijo de puta Pollini, qué manera de tocar… -se extasió el hombre; se acercaba el final del primer movimiento- Beethoven… Qué genial hijo de la gran puta, Beethoven. Mirá lo que hace en el principio del segundo movimiento, con esas pocas notas, pero tan terribles… Cómo te explica la tragedia de la vida y la insignificancia del hombre… Escuchá al pobre piano, aterrorizado, casi obligado al silencio por la orquesta…

El hombre siguió hablando durante los siguientes minutos, explicando cada nota, interpretando cada sonido, hablando de la difícil búsqueda de la felicidad, de los breves instantes de belleza que la vida ofrece; y así como se va apagando el segundo movimiento, el hombre se fue callando, cada nueva palabra cada vez más distante de la anterior, hasta dejar de hablar definitivamente para escuchar las últimas notas sutiles y abandonarse en sus propias melancolías.

El sustituto, con los ojos enrojecidos, contemplaba la escena abrumado por la honesta pasión de aquel santo bebedor.

El hombre regresó de sus trasteros emocionales y sonrió al sustituto. El sustituto le devolvió la sonrisa y le vio partir, cargando nuevamente con el peso de la repleta bolsa de plástico, tambaleándose ligeramente hasta el ascensor del fondo.

Siempre que el portero austrohúngaro vuelve a escuchar ese movimiento, regresa aquel hombre amable; y el clin-clin de sus botellas.

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