EL PORTERO AUSTROHÚNGARO

por El Responsable

Todo empezó por un Belén.

Él trabajaba de portero de fin de semana. Su compañero, el que lo hacía entre semana -con mucha probabilidad, el mejor portero del mundo-, solía poner todos los años un Belén. Hasta entonces, el lugar escogido para montarlo había estado justo encima de la entrada al garaje. Pero ese año decidió ponerlo dentro del chiscón en el que ambos hacían guardia.

Una mañana, mientras el portero de fin de semana barría las hojas acumuladas, salió Pantaleón a sacar de paseo a la asistenta. Pantaleón era uno de los seres más inteligentes del edificio, a pesar de su condición canina. No se entienda esto como una crítica a los contratadores del portero de fin de semana, que se preciaba de trabajar para personas, en su gran mayoría, ejemplo de bonhomía, educación y cultura. Sirva entonces el comentario para destacar el hecho extraordinario del perro Pantaleón -‘Panta’, para los allegados-. La asistenta de los dueños de Pantaleón, mientras éste decidía -la mirada perdida en el infinito-, si prefería olisquear meadas de congéneres en la glorieta de Rubén Darío o en la plaza de Chamberí, se fijó en el Belén:

-¡Qué bonito es! Es una preciosidad.

-Sí, sí que lo es; lo raro es que este año lo haya puesto aquí -dijo el portero de fin de semana.

-Sí, solía ponerlo allí encima.

-Sí.

Pantaleón seguía barajando pros y contras.

-Dentro de diez días me voy a mi país, a pasar la Navidad.

-Ajá.

-Me esperan tres nietos -dijo la asistenta, alegremente orgullosa.

-Qué bien. Usted es de Polonia, ¿verdad?

-Sí.

-¿De qué ciudad?

-[nombre indescifrable], al sur, cerca de Cracovia.

Sur, cerca de Cracovia. Algo se agitó dentro del portero de fin de semana. Las largas horas de estar sentado a que su oficio le obligaba habían desquiciado su natural tendencia a la lectura. En concreto, se trataba de un caletre enfermo de mitología habsbúrguica, por culpa de escritores como Joseph Roth y Claudio Magris; así que no tuvo más remedio que seguir inquiriendo:

-Esa zona perteneció al Imperio Austrohúngaro, ¿verdad?

-¿Cómo?… -la asistenta le miraba sin entender.

-Austria; esa parte de Polonia perteneció a Austria, hace mucho, antes de la Primera Guerra Mundial…

-¡Ah, sí, sí! Mi padre hablaba de aquello… Hablaba muy bien de aquellos tiempos. Austria, muy bien -el alma del portero de fin de semana sonrió-. Los que pertenecieron a Alemania y Rusia, mal… Sobre todo Rusia, muy mal… Pero Austria, muy bien.

El patriotismo romántico del portero de fin de semana -su ciudadanía literaria- estaba en éxtasis. Todos sus amigos conocían su amor quijotesco por el último Imperio Habsbúrguico. Todos sus amigos sabían que su manera de ser español, europeo y persona dependían en gran medida de ese luminoso fracaso civilizatorio.

Luz que esa mañana atravesaba décadas, traslados de fronteras, guerras mundiales, generaciones de familias polacas, caídas de muros y migraciones intraeuropeas para brillar en su humilde inicio de jornada laboral.

Pantaleón llegó a la conclusión de que era más probable encontrar perras en celo en la plaza de Chamberí.

 

Y allí se quedó el portero de fin de semana, abrazado a la escoba, mirando el Belén del chiscón, disfrutando de su primer regalo de Navidad.

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