LA GLORIA DE LA DERROTA

por El Responsable

“Muchos recordarán, sin duda, en los cuentos escolares de nuestra infancia, que en la batalla de Hastings, Taillefer el Juglar marchaba al frente del ejército cantando La canción de Rolando.

[…] La historia moderna, puramente etnológica o económica, siempre habla de la aventura normanda en el lenguaje algo vulgar del éxito, pero es posible señalar, en la verdadera historia normanda, que el bardo al frente de la línea de batalla estaba gritando la glorificación de la derrota. Esto atestigua la verdad en el corazón mismo de la cristiandad, de que aún el poeta de corte de Guillermo el Conquistador celebraba a Rolando el conquistado.

Esta alta nota de esperanza abandonada, de una hueste acosada y una batalla contra males sin fin, es la nota con la que finaliza el canto épico francés. No conozco nada tan conmovedor en poesía como este final extraño e inesperado; esa espléndida conclusión que no concluye nada. Carlomagno, el gran emperador cristiano, por fin ha pacificado su imperio, ha hecho justicia casi como se haría el día del Juicio Final, y duerme en su trono en una paz semejante a la del Paraíso. Y allí, se le aparece el ángel de Dios, proclamando que se necesitan sus armas en una tierra nueva y distante y que debe retomar otra vez la marcha interminable de sus días. Y el gran rey se mesa la luenga barba blanca y llora lamentando la inquietud de la vida. El poema termina con una visión de guerra contra los bárbaros; y la visión es real. Pues nunca ha cesado esa guerra que defiende la cordura del mundo contra todas las anarquías inflexibles y las negaciones que desunen y braman sin cesar contra esa cordura. Esa guerra jamás ha terminado en este mundo; y la hierba apenas ha crecido sobre las tumbas de nuestros amigos que perecieron en ella.”

El hombre corriente, de Gilbert Keith Chesterton; Espuela de Plata, 2013; pgs. 46, 49.

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