El sosiego acantilado

Mes: Febreiro, 2015

EL SUSTITUTO

El portero de fin de semana fue muchas veces el sustituto de verano.

Le gustaba especialmente aquella portería, cerca del Parque de Berlín. Echaba muchas horas, pero también cobraba más al final de mes. El titular tenía un reproductor de CD y el portero austrohúngaro aprovechaba para traerse su colección de música, con la que acompañar las lecturas o la limpieza del portal.

Los vecinos solían apreciar el ser recibidos por Bach o Mozart al volver a sus hogares, así como ser despedidos por Prokofiev o Mahler al lanzarse a la calle a pelear con el mundo.

Había un vecino que disfrutaba especialmente con las manías musicales del sustituto. Había sido un alto cargo de una importantísima institución musical del estado. Sentía predilección por Albéniz; le regaló al sustituto un disco del compositor cuya grabación él mismo se había encargado de producir. Pero aquella responsabilidad había dejado de ejercerla muchos años antes. En aquel momento, básicamente, su principal ocupación era beber. Beber y escuchar música, suponía el sustituto. Siempre que pasaba por el portal, hacía un simpático gesto como de atender a la pieza que sonaba, antes de hacer algún comentario o intentar averiguar cuál era. Y se volvía a ir, siguiendo a veces el ritmo de la música con el movimiento de una mano.

Casi siempre que se dirigía hacia su casa ya de noche, el clin-clin de varias botellas recién compradas y cargadas en una bolsa de plástico se dejaba oír entre las líneas melódicas de la música enlatada.

Al día siguiente, el hombre volvía a pasar, en dirección al contenedor de vidrio, con la misma bolsa de plástico llena de botellas para reciclar. Sonreía, su rostro componía otra vez un gesto de escucha tras las gafas de sol, y se despedía con un amable gesto de la mano.

La noche del 6 de septiembre de 2006 sonaba en el portal el cuarto concierto para piano y orquesta de Beethoven. Ya quedaba poco para que el sustituto terminase su jornada laboral. El hombre entró en el portal, con su habitual cargamento tintineante; parte del cual había decidido traerlo directamente en sangre, así que se acercó hasta el cubículo del sustituto especialmente dicharachero.

-¡Ah, qué formidable! -dijo, mientras se quedaba de pie en la puerta, escuchando- ¿Quién dirige?

-Abbado -respondió el sustituto.

-Maravilloso… -otra pausa para seguir escuchando- ¿Quién está al piano, la Argerich?

-No, Pollini.

-Ah, qué hijo de puta Pollini, qué manera de tocar… -se extasió el hombre; se acercaba el final del primer movimiento- Beethoven… Qué genial hijo de la gran puta, Beethoven. Mirá lo que hace en el principio del segundo movimiento, con esas pocas notas, pero tan terribles… Cómo te explica la tragedia de la vida y la insignificancia del hombre… Escuchá al pobre piano, aterrorizado, casi obligado al silencio por la orquesta…

El hombre siguió hablando durante los siguientes minutos, explicando cada nota, interpretando cada sonido, hablando de la difícil búsqueda de la felicidad, de los breves instantes de belleza que la vida ofrece; y así como se va apagando el segundo movimiento, el hombre se fue callando, cada nueva palabra cada vez más distante de la anterior, hasta dejar de hablar definitivamente para escuchar las últimas notas sutiles y abandonarse en sus propias melancolías.

El sustituto, con los ojos enrojecidos, contemplaba la escena abrumado por la honesta pasión de aquel santo bebedor.

El hombre regresó de sus trasteros emocionales y sonrió al sustituto. El sustituto le devolvió la sonrisa y le vio partir, cargando nuevamente con el peso de la repleta bolsa de plástico, tambaleándose ligeramente hasta el ascensor del fondo.

Siempre que el portero austrohúngaro vuelve a escuchar ese movimiento, regresa aquel hombre amable; y el clin-clin de sus botellas.

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EL PORTERO AUSTROHÚNGARO

Todo empezó por un Belén.

Él trabajaba de portero de fin de semana. Su compañero, el que lo hacía entre semana -con mucha probabilidad, el mejor portero del mundo-, solía poner todos los años un Belén. Hasta entonces, el lugar escogido para montarlo había estado justo encima de la entrada al garaje. Pero ese año decidió ponerlo dentro del chiscón en el que ambos hacían guardia.

Una mañana, mientras el portero de fin de semana barría las hojas acumuladas, salió Pantaleón a sacar de paseo a la asistenta. Pantaleón era uno de los seres más inteligentes del edificio, a pesar de su condición canina. No se entienda esto como una crítica a los contratadores del portero de fin de semana, que se preciaba de trabajar para personas, en su gran mayoría, ejemplo de bonhomía, educación y cultura. Sirva entonces el comentario para destacar el hecho extraordinario del perro Pantaleón -‘Panta’, para los allegados-. La asistenta de los dueños de Pantaleón, mientras éste decidía -la mirada perdida en el infinito-, si prefería olisquear meadas de congéneres en la glorieta de Rubén Darío o en la plaza de Chamberí, se fijó en el Belén:

-¡Qué bonito es! Es una preciosidad.

-Sí, sí que lo es; lo raro es que este año lo haya puesto aquí -dijo el portero de fin de semana.

-Sí, solía ponerlo allí encima.

-Sí.

Pantaleón seguía barajando pros y contras.

-Dentro de diez días me voy a mi país, a pasar la Navidad.

-Ajá.

-Me esperan tres nietos -dijo la asistenta, alegremente orgullosa.

-Qué bien. Usted es de Polonia, ¿verdad?

-Sí.

-¿De qué ciudad?

-[nombre indescifrable], al sur, cerca de Cracovia.

Sur, cerca de Cracovia. Algo se agitó dentro del portero de fin de semana. Las largas horas de estar sentado a que su oficio le obligaba habían desquiciado su natural tendencia a la lectura. En concreto, se trataba de un caletre enfermo de mitología habsbúrguica, por culpa de escritores como Joseph Roth y Claudio Magris; así que no tuvo más remedio que seguir inquiriendo:

-Esa zona perteneció al Imperio Austrohúngaro, ¿verdad?

-¿Cómo?… -la asistenta le miraba sin entender.

-Austria; esa parte de Polonia perteneció a Austria, hace mucho, antes de la Primera Guerra Mundial…

-¡Ah, sí, sí! Mi padre hablaba de aquello… Hablaba muy bien de aquellos tiempos. Austria, muy bien -el alma del portero de fin de semana sonrió-. Los que pertenecieron a Alemania y Rusia, mal… Sobre todo Rusia, muy mal… Pero Austria, muy bien.

El patriotismo romántico del portero de fin de semana -su ciudadanía literaria- estaba en éxtasis. Todos sus amigos conocían su amor quijotesco por el último Imperio Habsbúrguico. Todos sus amigos sabían que su manera de ser español, europeo y persona dependían en gran medida de ese luminoso fracaso civilizatorio.

Luz que esa mañana atravesaba décadas, traslados de fronteras, guerras mundiales, generaciones de familias polacas, caídas de muros y migraciones intraeuropeas para brillar en su humilde inicio de jornada laboral.

Pantaleón llegó a la conclusión de que era más probable encontrar perras en celo en la plaza de Chamberí.

 

Y allí se quedó el portero de fin de semana, abrazado a la escoba, mirando el Belén del chiscón, disfrutando de su primer regalo de Navidad.

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EL LIBRO MÁS AMADO POR MI MADRE

“-He notado que no adoptó usted ningún nido, señor. Quizá porque no conoce aún a los pájaros que aquí viven y no ha hecho su elección. Me gustaría orientarle, pues supongo que usted sostendría un nido con agrado. Nos convierten en algo así como un regazo maternal. Yo alojo a unos cuervos. No molestan, pero confieso que son poco decorativos. Quisiera recomendarle a usted las oropéndolas. Ya habrá visto que hay oropéndolas en Cecebre. Pues bien, cuelgan sus nidos con tanta belleza y originalidad que no desmerecerían de las que a usted le ennoblecen.

El poste crujió:

-¿Para qué quiero yo sostener nidos de pájaros y soportar sus arrullos y aguantar su prole? ¿Me ha tomado usted por una nodriza? ¿Cree que soy capaz de alcahuetear amoríos? Puesto que usted me habla de ello, le diré que repruebo esa debilidad que induce a los árboles de este bosque a servir de hospederos a tantas avecillas inútiles que no alcanzan más que a gorjear. Sepa de una vez para siempre que no se atreverán a faltarme al respeto amasando sobre mí briznas de barro. Los pájaros que yo soporto son de vidrio o de porcelana, y no les hace falta plumaje de colorines, ni lanzarán un trino por nada del mundo. ¿Cómo podría yo servir a la civilización y al progreso si perdiese tiempo con la cría de pajaritos?

[…] Pasado cierto tiempo, volvieron al lugar unos hombres muy semejantes a los que habían traído el poste; lo examinaron, lo golpearon con unas herramientas, comprobaron la fofez de la madera carcomida por larvas de insectos, y lo derribaron. Tan minado estaba, que al caer se rompió.

El bosque hallábase conmovido por aquel tremendo acontecimiento. La curiosidad era tan intensa que la savia corría con mayor prisa. Quizá ahora pudieran conocer, por los dibujos del leño, la especie a que pertenecía aquel ser respetable, austero y caviloso.

-¡Mira e infórmanos! -rogaron los árboles al pino.

Y el pino miró.

-¿Qué tenía dentro?

Y el pino dijo:

-Polilla.

-¿Qué más?

Y el pino miró de nuevo:

-Polvo.

-¿Qué más?

Y el pino anunció, dejando de mirar:

-Muerte. Ya estaba muerto. Siempre estuvo muerto.

Aquel día el bosque, decepcionado, calló. Al siguiente entonó la alegre canción en que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar, sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.”

El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez; Austral, 1996; pgs. 48, 50-51.

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VIDA Y DESTINO

Aunque el hado, señor, sabe
todos los caminos, y halla
a quien busca entre lo espeso
de dos peñas, no es cristiana
determinación decir
que no hay reparo a su saña.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca; Cátedra, 2008; 3112-3117.

“Y ahí estaba, una mujer vieja ahora; vive esperando el bien, cree, teme el mal, llena de angustia por los que viven y también por los que están muertos; ahí está, mirando las ruinas de su casa, admirando el cielo de primavera sin saber que lo está admirando, preguntándose por qué el futuro de los que ama es tan oscuro y sus vidas están tan llenas de errores, sin darse cuenta de que precisamente esa confusión, esa niebla y ese dolor aportan la respuesta, la claridad, la esperanza, sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro -la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución-, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y es lo mismo para aquellos que ya han muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo.”

Vida y destino, de Vasili Grossman; Galaxia Gutenberg, 2007; pgs. 1092-1093.

‘Portrait of Shorty’, de Jamie Wyeth (1963)

ISAAC JOHNSON

Para saber que el vizconde de Tocqueville era un hombre extraordinario, basta leer este párrafo de La democracia en América (Akal, 2007; pg. 500):

“A veces [Cotton] Mather combina la austeridad de sus descripciones con imágenes llenas de dulzura y de ternura. Tras haber hablado de una dama inglesa a la que el afán religioso había arrastrado con su marido a América y que pronto sucumbió a las fatigas y miserias del exilio, añade: En cuanto a su virtuoso marido, Isaac Johnson, intentó vivir sin ella, y no habiendo podido, murió.

En esta concatenación de citas -literario juego de muñecas rusas- la belleza de la máxima significación viene regalada por un apunte diminuto: hay tal intensidad de tragedia y verdad en esa frase escasa; tal potencia para comunicarnos con la existencia fugaz de Isaac Johnson; que parece poder aglutinar en su ajeno nombre todos los dolores y tristezas de nuestra condición humana.

Y, por un breve instante, nada ni nadie nos es más conocido y cercano que Isaac Johnson.

'Prigione di lacrime', de Roberto Ferri

‘Prigione di lacrime’, de Roberto Ferri

TESIS

Era también febrero. Fue también viernes. Viernes 13, exactamente. De 2004.

Había ido con mi madre al médico a primera hora para que se hiciera unas pruebas, en compañía de mi madrina. Me sobró tiempo para llegar a la Facultad de Filosofía. Iba a asistir a una defensa de tesis doctoral.

En mi diario apunté un mes después, el 15 de marzo, que acababa de terminar de leer el Tolstoi o Dostoyevski. Fue esa tesis la que me dio a conocer a Steiner.

Siempre he sentido una inclinación natural hacia los detectives salvajes. Hacia los perseguidores de verdades. He tratado de acercarme a este tipo de personalidades. Pero suelen ser relaciones volátiles, siempre a punto de saltar por los aires. Las apuestas son altas en todo momento. A veces los caminos divergen; las verdades encontradas por unos y otros, resultan ser contradictorias. Los egos chocan y estallan.

He vivido, como Koestler, en una frenética cacería de absolutos. Las amistades eran medios para hallar y pulir verdades; herramientas que podían facilitar el descubrimiento del papel perfecto a interpretar.

No digo que sea una buena actitud; digo que era la mía. Probablemente lo sigue siendo, aunque algo sosegada por la experiencia.

La defensa fue prodigiosa. El doctorando ya era uno de los mejores rétores que he conocido. Dignísimo discípulo de su maestro. El desarrollo de la sesión había mutado a mis ojos: no era un tribunal poniendo en aprietos a un estudiante, sino un profesor de Filosofía dando una clase magistral a cinco señores de una cierta edad.

Pero el recuerdo más vivo de aquel día es otro. Una de las escenas más bellas que he contemplado en lo que llevo de peregrino en este mundo. Como dice mi diario: A imaxe do seu pai, nervoso -aquel remexer as maos, esas maos de arranxar oliveiras… Esas manos gigantescas, de trabajador. De emigrante a la gran capital, desde una provincia pre-moderna. De campesino de asfalto. Manos que se acariciaban recíprocamente, como queriendo marear los nervios, como buscando entretener la mirada que apenas se atrevía a fijarse en lo que ocurría. Pero cuando esa mirada se clavaba en su hijo y en los miembros del tribunal, se encendía un orgullo seco, profundo como la raíz de un olivo, sin emotividades superfluas.

El exceso de emoción ya lo ponía yo, que siempre he sido un llorica, al contemplar esa imagen de amor de un padre a su hijo.

Ese día, España valía la pena. España era, en ese momento, un país formidable. Un país en el que los hijos de los obreros, por su propio talento y esfuerzo, llegaban a ser doctores en Filosofía. Fue un día maravilloso.

Mañana, mi amigo hace su segunda defensa de tesis. También en febrero. También en viernes. Esta vez, en la Facultad de Sociología. Allí estaremos, Dios mediante.

Que Deus che teña no seu colo, Fernando.

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NPU: VOLUNTARIOS CRISTIANOS CONTRA ISIS

Gracias a mi amigo Nacho he sabido de esta iniciativa de ayuda a la organización y autodefensa de los cristianos amenazados por el ISIS.

El objetivo final sería el establecimiento en el norte de Irak de una provincia autónoma que sirva de refugio a los cristianos asirios y otras minorías religiosas y étnicas.

De hecho, el proyecto había sido aprobado por el gobierno iraquí en enero de 2014; pero las tierras que formarían parte de esa provincia están ahora mismo ocupadas por las fuerzas del ISIS.

La iniciativa incluye la creación de una milicia de voluntarios cristianos, Nineveh Plain Protection Units (NPU), que ya está siendo entrenada, para participar en los combates contra el ISIS.

En los enlaces podéis encontrar toda la información necesaria para dar vuestro apoyo a esta iniciativa, si así lo tuviereis a bien.

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DESPEDIDA

He amanecido con la triste noticia de que ha muerto don Juan Carlos de Pablos.

Para quienes no lo sepan, don Juan Carlos fue el creador y el corazón del Chestertonblog, que en muy poco tiempo se convirtió en referencia obligada para todos los interesados del mundo hispano en la obra de San Gilberto.

Don Juan Carlos y yo compartíamos, además, una querencia particular. Como él mismo explicó en este blog, su tesina en historia la dedicó al estudio del cartulario del monasterio de Caaveiro, lugar que yo amo desde lo más profundo de mi ser. El profesor, a pesar de haber hecho tal investigación, no conocía las fragas del Eume. Dejamos el hablar sobre estos temas para más adelante; pero ya entonces me hizo referencia a sus problemas de salud, aunque quitándoles importancia.

No sé si en estos últimos meses habrá podido cumplir su sueño de visitar Caaveiro. Pero yo sí sé que, si vuelvo a visitar el monasterio, don Juan Carlos estará allí conmigo.

Que Deus lle teña no seu colo, don Juan Carlos.

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SONETO DE RETORNO

Querendo a orixe das feridas
procurarmos sempre noutras cabezas
sen botar conta das propias feblezas
pasei por alto as miñas fuxidas.

Nos ollos as pálpebras esquecidas
e de prata nos petos trinta pezas;
sumidoiro de todas as fortezas:
nas costas as trabes do lar partidas.

Era eu quen erguía do chan a cruz
e ao entrar a lanza no costado
tan só era eu quen dela termaba;

e no solpor do ceo era a luz
-en auga e en sangue enchoupado-
vermella porque Te crucificaba.

 

Queriendo el origen de las heridas // buscar siempre en otras cabezas // sin prestar atención a las propias debilidades // pasé por alto mis huidas. // En los ojos los párpados olvidados // y de plata en los bolsillos treinta piezas; // alcantarilla de todas las fortalezas: // sobre la espalda las trabes del hogar partidas. // Era yo quien levantaba del suelo la cruz // y al entrar la lanza en el costado // tan sólo era yo quien la sostenía; // y en el atardecer del cielo era la luz // -en agua y en sangre empapado- // roja porque Te crucificaba.

COMÚN LA CONVERSACIÓN

Acabo de empezar la lectura de Rosas de plomo (Jesús Cotta; Stella Maris, 2015) y no me abandona en casi ninguna página el nudo en la garganta ni la humedad en las pupilas.

Quede claro que casi todos los patriotas y aduladores de las virtudes del pueblo llano me sacan de quicio. Hay muy pocos hombres que me hagan sentir sinceridad en sus encendidas proclamas de redención nacional y/o popular.

Pero hay excepciones. Me emociona sobremanera un campesino gallego pidiendo justicia a Dios, dibujado por Castelao. Me emociona la salvaje búsqueda de justicia para el pueblo español que destilan cada acto y cada palabra de José Antonio Primo de Rivera; a pesar de todos sus errores y precipitaciones (no tantos como la masa ignorante sospecha), su honestidad fue puesta constantemente a prueba durante años, hasta el sacrificio final.

Y me emocionan estas palabras dichas por Lorca al periodista Octavio Ramírez el 28 de enero de 1934 (pg. 36):

“…¿qué Gobierno cualquiera que sea su orientación política, va a desconocer la grandeza augusta del teatro clásico español, de nuestro mayor timbre de gloria, y no va a comprender que es el más seguro vehículo de la elevación cultural de todos los pueblos y todos los habitantes de España?”

Y en la página 43 podemos leer lo siguiente:

“Ante el periodista Enrique Moreno Báez, en 1933, afirma emocionarle el vivo entusiasmo con que el público sano y campesino acoge y entiende los autos sacramentales de Calderón, como si no hubieran pasado siglos desde que fueron escritos, y que en ese público ha encontrado más cordialidad que en las capitales, porque nuestro teatro clásico es moderno y antiguoeterno como el mar y el campesino plenamente intuye la calidad mágica de sus versos.”

Como decía Jorge Guillén, hablando de la obra de Góngora:

“El poeta debe someterse a un canon y continuar un estilo. Góngora hace suyo ese estilo agravando su magia y acumulando sus primores. Pero ninguna malicia de composición despunta como un estreno en el poema gongorino. Todo tiene sus lejanos o próximos antecedentes griegos, latinos, italianos, españoles. […] Nuestro gran andaluz debió de encarnar el tipo de hombre que principia por revisar en una etapa problemática los fundamentos de su empresa. De suerte que el arte de los predecesores le parecerá un resultado preparatorio donde los elementos poéticos se combinan con otros pertenecientes a las maneras del orador y del historiador. Habrá, pues, que eliminar lo común y reforzar lo genuino y distintivo. En este punto Góngora se aproxima al remoto, muy remoto, Mallarmé: ‘Je n’ai créé mon ouvre -decía en una carta de 1867- que par élimination‘. La suma lograda será nueva, novísima, escandalosamente novedosa. En ella entraba, factor primordial, el quid divino, el genio de aquel hombre, quien encarna un tipo muy hispánico: el extremista de la tradición.”

Este texto me trae al recuerdo no pocas conversaciones con mi mujer, respecto de la creación artística, la originalidad y la oscurantista búsqueda moderna de la novedad -a través de una eterna y cansina acumulación de transgresiones adolescentes-. Pero Lorca y José Antonio sabían que el auténtico crecimiento del árbol al que uno pertenece no puede prescindir del propio árbol; y que sólo asegurando la recepción de la savia que recorre ramas vetustas y un tronco bien enraizado, pueden el poeta y el hombre florecer y dar fruto.

Ese árbol hermoso que es España, llaga que no sana nunca -como de Cuerpo Glorioso-, y que en el azote del vendaval canta a sus hijos con el rumor de hojas antiguas:

Supuesto que es esta vida

una representación,

y que vamos un camino

todos juntos, haga hoy

del camino la llaneza,

común la conversación.

No hubiera mundo a no haber

esa comunicación.

En estos versos de El gran teatro del mundo de Calderón parece apelarse a la, al parecer imposible, íntima conexión espiritual de ese par de extremistas de la tradición, que tan inclasificables parecen precisamente porque no sueñan con pasados abolidos, sino que cazan sombras sagradas sobre las colinas eternas. ¿Y cómo no iba a ser posible la comunicación entre dos hombres que amaban desde la misma fuente? Esa fuente que Lorca cantó en homenaje de un formidable músico católico, un tal Manuel de Falla, en su Oda al Santísimo Sacramento del Altar:

Es así, Dios anclado, como quiero tenerte.
Panderito de harina para el recién nacido.
Brisa y materia juntas en expresión exacta,
por amor de la carne que no sabe tu nombre.

Es así, forma breve de rumor inefable,
Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno,
repetido mil veces, muerto, crucificado
por la impura palabra del hombre sudoroso.

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Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester