EL GUARDIÁN DE LA GIOCONDA

por El Responsable

“-Soy el guardián de la Gioconda -me dijo con cierto orgullo-. Y de chaval conocí en casa de mis tíos al legendario León Mekusa.

-No tengo el gusto -le respondí, para su decepción.

-Verás, Mekusa era en los años setenta un famoso custodio de la Mona Lisa -se entusiasmó, paladeando un castellano que pocas veces podía utilizar-. Su esposa se aficionó al pincel y a los colores, y pintaba al caballero junto a la dama de la sonrisa misteriosa, una y otra vez. Había hecho arte con el arte.

-Y vos le seguiste los pasos.

-Hice carrera en la policía francesa, cuando mi padre murió y mi madre nos trajo definitivamente a París. Pero se ve que ese negocio no estaba hecho para mi sensibilidad. Fui segurata en bancos y supermercados, y terminé donde había empezado Mekusa. Custodiando a la Gioconda y a la Venus de Milo. Fíjate qué ironía y qué bonito cuento.

-¿Y cómo te resulta la experiencia?

-No es tarea fácil -dice y se le velan los ojos-. Pasan ocho millones de personas por año a verla. Y han tratado de destruirla muchas veces. Muchas. Hace unos meses, sin ir más lejos, una turista rusa quiso arruinarla lanzándole una taza de porcelana que traía en el bolso. Afortunadamente, tenemos el cuadro a cubierto con un cristal blindado. Pero ella produce una extraña obsesión en algunas personas. Una obsesión destructiva. Además, ¿has leído sobre la enfermedad de la belleza?

-Confieso que no -recuerdo haber dicho, un poco mosqueado.

-Es muy popular en el Louvre. Se llama el síndrome de Stendhal.

De casualidad tenía de dónde agarrarme: el coronel me había obligado hacía siglos a leer La cartuja de Parma, que le parecía esencial para entender el período napoleónico y para después poder meternos de lleno en los verdaderos libros de historia. Así que la referencia me cambió el humor.

-Conozco a Stendhal -dije.

-Luego de visitar un museo de Florencia dice Stendhal en algún sitio -empezó mi compañero alzando la vista y tratando de citar de memoria. Carraspeó un poco y recitó con voz de caballero de las Cruzadas-. Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

-¿Estaba drogado?

-El amor es una droga psicosomática -me replicó, sonriendo. Hablaba rápido-. Taquicardia, vértigo, confusión, alucinaciones. ¿Te imaginas tener en un domingo gratuito a 65.000 personas expuestas a esa radiación? ¿Y tú ser el responsable de que nadie se vuelva loco y destruya ese tesoro? Un estrés, tío. Un gran estrés.

El piano abordaba, aquella trasnoche en París, una canción célebre que yo no podía reconocer.

-La Piaf for export -me desasnó levantando su copa.

-¿Y entonces por qué es un laburo tan bueno? -lo ataqué.

-¿Has visto a la Gioconda?

-Una gorda fea.

-Por Dios, no digas eso. Es una mujer bellísima. La más bella de la historia del arte. Y yo soy su guardián. Tú también lo eres, a tu manera. Todos los que nos dedicamos a proteger a personas importantes y piedras preciosas somos guardianes de la Gioconda. ¡Salud! ¡Salud, colega, por este riesgoso oficio que hemos elegido y porque todos se vayan a tomar por culo!”

El puñal, de Jorge Fernández Díaz; Planeta, 2014; pgs. 81-83.

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