El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: diciembre, 2014

LARGA Y LENTA CAÍDA DEL CABALLO

“San Pablo fue purificado instantáneamente con una purgación perfecta, como santa Catalina de Siena, santa María Magdalena, santa Pelagia y algunas otras; pero esta clase de purificación es completamente milagrosa y extraordinaria en el orden de la gracia, como la resurrección de los muertos en el de la naturaleza, por lo que no hemos de pretender conseguirla. La purgación y curación ordinaria, tanto de los cuerpos como de los espíritus, se realiza poco a poco, por grados, progresivamente, con dificultad y a fuerza de tiempo.

[…] Dice el proverbio que cuanto más lentamente se realiza la curación tanto más segura es; las enfermedades del corazón, como todas las del cuerpo, vienen a caballo y en diligencia y se marchan a pie, muy despacio.

[…] El ejercicio de la purificación del alma sólo puede y debe terminar con nuestra vida; por tanto, no nos turbemos al considerar nuestras imperfecciones porque nuestra perfección consiste en combatirlas; y no sabríamos combatirlas sin verlas, ni vencerlas sin afrontarlas. Nuestra victoria estriba no en no sentirlas, sino en no consentirlas; y no es consentirlas el sentirse acuciado por ellas. Es muy ventajoso, como ejercicio de humildad, verse alguna vez herido en este combate espiritual y no hemos de considerarnos vencidos hasta que perdamos la vida o el valor.”

Introducción a la vida devota, de san Francisco de Sales; en el I volumen de sus Obras Selectas; BAC, 2010; pgs. 24-25.

'San Pablo', de José de Ribera (alrededor de 1630)

‘San Pablo’, de José de Ribera (alrededor de 1630)

SUSCIPE ME SECUNDUM ELOQUIUM TUUM

“Para educar el alma es necesario someterla a la presencia de los mismos muros, a la paz rutinaria y monótona del mismo paisaje bajo el mismo cielo.”

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 249.

 

“Cuando alguien llega por primera vez para abrazar la vida monástica, no debe ser admitido fácilmente. Porque dice el apóstol: Someted a prueba los espíritus, para ver si vienen de Dios (1 Jn 4,1).

Por eso, cuando el que ha llegado persevera llamando y después de cuatro o cinco días parece que soporta con paciencia las injurias que se le hacen y las dificultades que se le ponen para entrar y sigue insistiendo en su petición (cf. Lc 11,8), debe concedérsele el ingreso, y pasará unos pocos días en la hospedería.

Luego se le llevará al lugar de los novicios, donde han de estudiar, comer y dormir. Se les asignará un anciano apto para ganar las almas, que velará por ellos con la máxima atención.

Se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios, si pone todo su celo en la obra de Dios, en la obediencia y en las humillaciones. Díganle de antemano todas las cosas duras y ásperas a través de las cuales se llega a Dios. Si promete perseverar, al cabo de dos meses, se le debe leer esta regla íntegramente y decirle: Esta es la ley bajo la cual pretendes servir; si eres capaz de observarla, entra; pero, si no, márchate libremente. Si todavía se mantiene firme, llévenle al noviciado y sigan probando hasta dónde llega su paciencia (cf. 2 Tim 4,2).

Al cabo de seis meses léanle otra vez la regla, para que se entere bien a qué entra en el monasterio. Si aún se mantiene firme, pasados otros cuatro meses, vuélvase a leerle de nuevo la regla. Y si, después de haberlo deliberado consigo mismo, promete cumplirlo todo y observar cuanto se le mande, sea entonces admitido en el seno de la comunidad; pero sepa que, conforme lo establece la regla, a partir de ese día ya no le es lícito salir del monasterio, ni liberarse del yugo de una regla que, después de tan prolongada deliberación, pudo rehusar o aceptar.

El que va a ser admitido, prometa delante de todos en el oratorio perseverancia, conversión de costumbres y obediencia ante Dios y sus santos, para que, si alguna vez cambiara de conducta, sepa que ha de ser juzgado por Aquel de quien se burla (cf. Gál 6,7). De esta promesa redactará un documento en nombre de los santos cuyas reliquias se encuentran allí y del abad que está presente. Este documento lo escribirá de su mano, y, si no sabe escribir, pedirá a otro que lo haga por él, trazando el novicio una señal, y la depositará con sus propias manos sobre el altar. Una vez depositado, el mismo novicio entonará a continuación este verso: Recíbeme, Señor, según tu palabra, y viviré; no permitas que vea frustrada mi esperanza (Sal 119,116). Este verso lo repetirá tres veces toda la comunidad, añadiendo Gloria Patri. Póstrese entonces el hermano a los pies de cada uno para que oren por él, y ya desde ese día debe ser considerado como miembro de la comunidad.

Si posee bienes, antes ha debido distribuirlos a los pobres o, haciendo una donación en la debida forma, cederlos al monasterio, sin reservarse nada para sí mismo. Porque sabe muy bien que, a partir de ese momento, no ha de tener potestad alguna ni siquiera sobre su propio cuerpo (cf. 1 Cor 7,4).”

Regla de San Benito (LVIII, 1-25); BAC, 2010; pgs. 81-82.

FISTERRAS: ENTRÉ DANS LA MER

Conversación nocturna con Oxford, sobre evangeliarios milenarios.

Pienso en los monjes irlandeses que recristianizaron Europa a base de monasterios de madera y miniaturas dignas de ángeles -como casi siempre, la salvación llegó del lugar más inesperado-. Pienso en Senior y su insistencia en la vida monacal como principal vía de restauración.

Y Kells me devuelve al final de Las partículas…

 

“Sin embargo, el misterio siguió rodeando la desaparición de Djerzinski, y el hecho de que nunca encontrasen su cuerpo dio pie a una leyenda tenaz según la cual se habría marchado a Asia, en concreto al Tibet, para contrastar sus trabajos con ciertas enseñanzas de la tradición budista. Esta hipótesis se ha visto unánimemente rechazada en la actualidad. Por una parte, no se ha podido descubrir la menor huella de una pasaje aéreo fuera de Irlanda; por otra parte, los dibujos trazados en las últimas páginas de su cuaderno de notas, que durante cierto tiempo se tomaron por mandalas, fueron finalmente identificados como combinaciones de símbolos celtas semejantes a los que se encuentran en el Book of Kells.

Ahora creemos que Michel Djerzinski encontró la muerte en Irlanda, en el mismo lugar que eligió para vivir sus últimos años. Creemos también que cuando terminó sus trabajos, sintiéndose desprovisto de cualquier lazo humano, decidió morir. Numerosos testimonios dan fe de su fascinación por ese último extremo del mundo occidental, constantemente bañado en una luz cambiante y suave, por el que tanto le gustaba pasear; donde, como escribió en una de sus últimas notas, ‘el cielo, la luz y el agua se confunden’. Actualmente creemos que Michel Djerzinski se adentró en el mar.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 309-310.

 

El texto proyecta mil rayos de luz más allá de cualquier voluntad primigenia del autor. Y aquí mi mente vuelve a saltar, hasta el principio de El hombre eterno: “…cuando se hallaba a cierta distancia, volvió la mirada atrás y descubrió que su propia granja y jardín, que brillaban sobre la colina como los cuarteles y colores de un escudo, formaban parte de una especie de figura gigantesca; un lugar en el que había vivido siempre y que había pasado desapercibido a su mirada debido a su cercanía y a la enormidad de sus dimensiones… Cuando el muchacho se aleja lo suficiente para ver el gigante, es precisamente cuando se da cuenta de que es un gigante. Cuando por fin vemos la Iglesia cristiana a lo lejos, bajo un cielo oriental despejado y luminoso, es precisamente cuando nos percatamos de que se trata realmente de la Iglesia de Cristo.”

Siempre pensé que ese final de Las partículas… representaba un suicidio. Pero me equivocaba. Ahora veo mejor. Veo mejor incluso que el propio autor. Ahora me doy cuenta de que, en realidad, se trataba de un bautismo. Pues al menos para mí, en aquel literario adentrarse en el mar del fin del mundo, empezaba a morir el hombre viejo.

Kells

EL SOSIEGO ACANTILADO OS DESEA FELIZ NAVIDAD

“Un fondo de leyenda y literatura, que continuamente crece y que nunca terminará, ha repetido y ha hecho resonar los cambios en esa singular paradoja: que las manos que habían hecho el sol y las estrellas eran demasiado pequeñas para alcanzar a tocar las enormes cabezas de los animales. Sobre esta paradoja, casi podríamos decir sobre esta broma, se funda toda la literatura de nuestra fe. La podemos considerar una broma al menos en esto: que es algo que el crítico científico no puede ver. Éste explica laboriosamente la dificultad que, de modo desafiante y casi burlón, hemos exagerado siempre, y levemente condena como improbable algo que hemos exaltado casi hasta la locura como increíble, como algo que sería demasiado bueno para ser verdad, pero que era verdad. Cuando ese contraste entre la creación del universo y el nacimiento local y minúsculo ha sido repetido, reiterado, subrayado, acentuado, celebrado, cantado, gritado, rugido –por no decir vociferado- en cien mil himnos, villancicos, versos, rituales, cuadros, poemas y sermones populares, se podría decir que prácticamente no necesitamos un crítico de mayor rango para atraer nuestra atención sobre un elemento un tanto extraño en torno a ello, especialmente uno de esos críticos que parecen tardar mucho tiempo en entender una broma, aun la suya propia. Pero sobre este contraste y combinación de ideas, debemos hacer referencia aquí a un elemento relevante para la tesis de este libro. El tipo de crítico moderno del que hablo, generalmente concede gran importancia a la educación y a la psicología. Nunca se cansa de decir que las primeras impresiones determinan el carácter por la ley de la causalidad, y se pondrá muy nervioso si a los ojos de un niño se presenta un muñeco de trapo negro que podría contaminar su sentido visual de los colores, o ante él se produce un estridente sonido cacofónico que podría turbar prematuramente su sistema nervioso. Con todo, pensará que somos un poco estrechos de mente si decimos que esto es, exactamente, por lo que hay una diferencia entre ser educado como cristiano y ser educado como judío, musulmán o ateo. La diferencia está en que los niños católicos han aprendido de los cuadros, mientras que los niños protestantes han aprendido de los relatos, y una de las primeras impresiones en su mente ha sido esta increíble combinación de ideas puestas en contraste. No se trata de una diferencia puramente teológica. Es una diferencia psicológica que puede durar más tiempo que cualquier teología. Realmente es, como les encanta decir a estos científicos sobre cualquier tema, algo incurable. Cualquier agnóstico o ateo que en su niñez haya conocido la auténtica Navidad tendrá siempre, le guste o no, una asociación en su mente entre dos ideas que la mayoría de la humanidad debe considerar muy lejanas la una de la otra: la idea de un recién nacido y la idea de una fuerza desconocida que sostiene las estrellas. Sus instintos e imaginación pueden todavía relacionarlos, aun cuando su razón no vea la necesidad de la relación. Para esta persona, la sencilla imagen de una madre y un niño, tendrá siempre un cierto sabor religioso; y a la sola mención del terrible nombre de Dios asociará enseguida los rasgos de la misericordia y la ternura. Pero las dos ideas no están natural o necesariamente combinadas. No estarían necesariamente combinadas para un griego antiguo o un oriental, como el mismo Aristóteles o Confucio. No es más inevitable relacionar a Dios con un niño que relacionar la fuerza de la gravedad con un gato. Ha sido creado en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos, porque somos psicológicamente cristianos aun cuando no lo seamos en un plano teológico. En otras palabras, esta combinación de ideas, en frase muy discutida, ha alterado la naturaleza humana. Realmente hay una diferencia entre el hombre que la conoce y el que no. Puede que no sea una diferencia de valor moral, pues el musulmán o el judío pudieron ser más dignos según sus luces, pero es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares: la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular. La omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan.”

El hombre eterno, de Gilbert Keith Chesterton; Ediciones Cristiandad, 2004; pgs. 215-217.

'Virgen del Rosario', de Bartolomé Esteban Murillo (1670-1680)

‘Virgen del Rosario’, de Bartolomé Esteban Murillo (1670-1680)

ORA ET LABORA

“La ociosidad es enemiga del alma; por eso han de ocuparse los hermanos a unas horas en el trabajo manual, y a otras, en la lectura divina.

En consecuencia, pensamos que estas dos ocupaciones pueden ordenarse de la siguiente manera: desde Pascua hasta las calendas de octubre, al salir del oficio de prima trabajarán por la mañana en lo que sea necesario hasta la hora cuarta. Desde la hora cuarta hasta el oficio de sexta se dedicarán a la lectura. Después de sexta, al levantarse de la mesa, descansarán en sus lechos con un silencio absoluto, o, si alguien desea leer particularmente, hágalo para sí solo, de manera que no moleste. Nona se celebrará más temprano, mediada la hora octava, para que vuelvan a trabajar hasta vísperas en lo que sea menester. Si las circunstancias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten, porque precisamente así son verdaderos monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos, como nuestros Padres y los apóstoles (cf. Sal 128,2; 1 Cor 4,12).”

Regla de San Benito (XLVIII, 1-8); BAC, 2010; pg.73.

Hermano Francis Davoren, monje benedictino del monasterio de Nursia y maestro cervecero, en el tajo

Hermano Francis Davoren, monje benedictino y maestro cervecero del monasterio de Nursia, en el tajo

LA ACUMULACIÓN ORIGINARIA DEL CAPITALISMO ESPAÑOL

“Las tierras y la riqueza acumulada de los monasterios fueron arrebatadas de manos de sus antiguos dueños con la intención de transferirlas a la corona; mas no pasaron ciertamente a manos de los reyes, sino a las de un sector ya rico de la comunidad, el cual, una vez que se consumó el cambio, se convirtió durante los siglos sucesivos en el verdadero soberano de Inglaterra.”

El Estado Servil, de Hilaire Belloc; El Buey Mudo, 2010; pg. 86.

 

“El diputado de Oviedo, Manuel Mª Acevedo, defendió el nuevo proyecto del gobierno más por razones de política que por simpatía hacia los frailes, ya que no sólo comulgaba con los criterios regalistas comunes a todos los procuradores, sino que incluso lamentó el ‘criminal silencio’ con que el clero acogió el inicuo decreto del despojo a los compradores. Pero tuvo la lucidez de tocar puntos oscuros hasta entonces soslayados, como los fraudes e irregularidades de muchas de las ventas, y los inconvenientes que reportaría a la masa proletaria la devolución de las fincas. El problema no estaba en los monjes, que veían ya la segur en su tronco y que, cortos en número y desprestigiados, no podían suscitar temores, sino en los arrendatarios pobres que quedarían en la mayor miseria.

[…] Es innegable que los monasterios son los que dan en colonia a precios más baratos, porque la corta duración de las prelacías no les permite hacer nuevos arriendos; y si algunos prelados más celosos lo verifican por temor a los foros presuntos, se contentan con renovar las antiguas escrituras, mudando sólo las fechas y el nombre de los otorgantes; y además, poseyendo rentas suficientes para todas las comodidades de su estado, no tienen ningún motivo que les obligue a aumentarlas. Al contrario, en el comprador, padre de familia, deseando o necesitando sacar de su capital el rédito posible, y estimulando por el mismo bajo precio en que están arrendados, duplica o triplica su valor, de lo que he visto más de un caso, como el de que compradores que no han subido sus rentas, sean mirados por los nuevos colonos como ángeles bienhechores. El disgusto de esta clase puede traer consecuencias más fatales que el de los antiguos compradores, que están unidos a su patria por otros vínculos morales, políticos y económicos, que no estos infelices, que su educación y miseria no les permite mirar el país que les vio nacer bajo otro punto que el de proporcionarles medios de subsistir, que arrojados de sus caseríos y transformados en mendigos, se agregarían a cualquier partido que los sacase de su infelicidad, y maldecirían un gobierno que los redujo a aquel estado.

Del debate ocurrido en el Estamento de Procuradores, el 4 de mayo de 1835, sobre la forma de devolver los bienes eclesiásticos desamortizados durante el Trienio Liberal a sus compradores, tras la revocación sin indemnización de dichas ventas ocurrida en 1823; en La exclaustración, de Manuel Revuelta González; CEU Ediciones, 2010; pgs.303-304, 304.

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EL NOMOS DE LA TIERRA: QUEMAR BILBAO

“-¡Hay que quemar Bilbao! ¡Si hubieras visto! Nos hicieron salir, sacar las cosas, y aquí mismo, con el carro cargado de muebles, estuvimos viendo las llamas… Las pobres vacas mugían de pena, el ternero se escondía bajo la madre, lleno de miedo; los chicos y la mujer, llorando, y no hacían caso. ‘Así escarmentarás’,  me decían… ¡Hay que quemar Bilbao!

Iba a resolverse el largo pleito entre la villa y la tierra llana, que llena con sus incidentes, alguna vez sangrientos, la historia del Señorío de Vizcaya. Iban a ahogar de una vez al pulpo, al alambique con que se les extraía los impuestos, a la oficina del engaño.

Allí, al pie de ellos, en un repliegue de la montaña, se alzaban, dominando a la villa, los viejos muros de la antigua casa-torre de los Zurbarán, testigo un tiempo de las turbulencias de los banderizos, de aquellos rudos parientes mayores, cabezas de la tierra llana, que resistieron con sus mesnadas la formación de las villas, fuerza de los reyes. Aquel viejo caserón era y es monumento del agitado período en que pasó Vizcaya del régimen familiar de la sociedad pastoril al régimen ciudadano de los mercaderes y de las villas; de los buenos usos y costumbres, a las ordenanzas de comercio y los fueros escritos; de la patriarcal casería abierta a todos vientos, a la calle oscura en que se amontonaban los hombres; de la montaña al mar.

Iba a resolverse la larga querella, la del rústico y el urbano; la del hombre de la montaña y del ahorro con el hombre del mar y de la codicia.”

Paz en la guerra, de Miguel de Unamuno; Alianza, 2009; pgs. 153-154.

'Abismo nostálgico', de Augusto Ferrer-Dalmau

‘Abismo nostálgico’, de Augusto Ferrer-Dalmau

CRÓNICAS DE LOS PUERTOS GRISES

“De no rezar por la reina [Isabel II] fueron acusadas las comunidades de franciscanos de Montefaro, donde se hacían maquinaciones, conciliábulos ocultos y “oraciones inusitadas” (AHN, Cons., leg. 12.080 n.147. Fray Alberto Campana a Gracia y Justicia. Ferrol, 16 de septiembre y 10 de diciembre de 1834).”

La Exclaustración, de Manuel Revuelta González; CEU Ediciones, 2010; pg. 173.

 

Tres años más tarde, en 1837, los franciscanos abandonan el monasterio de Santa Catalina de Montefaro, a causa de la desamortización de Mendizábal. En 1849, el vecino de La Coruña, don Domingo Calvo, lo compra al estado por 250.000 reales. Pocos años después, por razones desconocidas, vuelve a poder estatal. En 1904 se aprueba el proyecto de reconstrucción del edificio, para uso militar.

Actualmente, se encuentra cedido su uso al ayuntamiento de Ares. En él realizan actividades un club de tiro con arco, una asociación de amigos del caballo y otra asociación de amigos del medio ambiente.

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EL GUARDIÁN DE LA GIOCONDA

“-Soy el guardián de la Gioconda -me dijo con cierto orgullo-. Y de chaval conocí en casa de mis tíos al legendario León Mekusa.

-No tengo el gusto -le respondí, para su decepción.

-Verás, Mekusa era en los años setenta un famoso custodio de la Mona Lisa -se entusiasmó, paladeando un castellano que pocas veces podía utilizar-. Su esposa se aficionó al pincel y a los colores, y pintaba al caballero junto a la dama de la sonrisa misteriosa, una y otra vez. Había hecho arte con el arte.

-Y vos le seguiste los pasos.

-Hice carrera en la policía francesa, cuando mi padre murió y mi madre nos trajo definitivamente a París. Pero se ve que ese negocio no estaba hecho para mi sensibilidad. Fui segurata en bancos y supermercados, y terminé donde había empezado Mekusa. Custodiando a la Gioconda y a la Venus de Milo. Fíjate qué ironía y qué bonito cuento.

-¿Y cómo te resulta la experiencia?

-No es tarea fácil -dice y se le velan los ojos-. Pasan ocho millones de personas por año a verla. Y han tratado de destruirla muchas veces. Muchas. Hace unos meses, sin ir más lejos, una turista rusa quiso arruinarla lanzándole una taza de porcelana que traía en el bolso. Afortunadamente, tenemos el cuadro a cubierto con un cristal blindado. Pero ella produce una extraña obsesión en algunas personas. Una obsesión destructiva. Además, ¿has leído sobre la enfermedad de la belleza?

-Confieso que no -recuerdo haber dicho, un poco mosqueado.

-Es muy popular en el Louvre. Se llama el síndrome de Stendhal.

De casualidad tenía de dónde agarrarme: el coronel me había obligado hacía siglos a leer La cartuja de Parma, que le parecía esencial para entender el período napoleónico y para después poder meternos de lleno en los verdaderos libros de historia. Así que la referencia me cambió el humor.

-Conozco a Stendhal -dije.

-Luego de visitar un museo de Florencia dice Stendhal en algún sitio -empezó mi compañero alzando la vista y tratando de citar de memoria. Carraspeó un poco y recitó con voz de caballero de las Cruzadas-. Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

-¿Estaba drogado?

-El amor es una droga psicosomática -me replicó, sonriendo. Hablaba rápido-. Taquicardia, vértigo, confusión, alucinaciones. ¿Te imaginas tener en un domingo gratuito a 65.000 personas expuestas a esa radiación? ¿Y tú ser el responsable de que nadie se vuelva loco y destruya ese tesoro? Un estrés, tío. Un gran estrés.

El piano abordaba, aquella trasnoche en París, una canción célebre que yo no podía reconocer.

-La Piaf for export -me desasnó levantando su copa.

-¿Y entonces por qué es un laburo tan bueno? -lo ataqué.

-¿Has visto a la Gioconda?

-Una gorda fea.

-Por Dios, no digas eso. Es una mujer bellísima. La más bella de la historia del arte. Y yo soy su guardián. Tú también lo eres, a tu manera. Todos los que nos dedicamos a proteger a personas importantes y piedras preciosas somos guardianes de la Gioconda. ¡Salud! ¡Salud, colega, por este riesgoso oficio que hemos elegido y porque todos se vayan a tomar por culo!”

El puñal, de Jorge Fernández Díaz; Planeta, 2014; pgs. 81-83.

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CONVERSAS COA MIÑA IRMÁ

“El Cristianismo no tiene nada que ver con el capitalismo moderno o con el comunismo moderno,
pues el Cristianismo tiene su propio capitalismo y su propio comunismo.
El capitalismo moderno está basado en la propiedad sin responsabilidad,
mientras el Cristianismo está basado en la propiedad con responsabilidad.
El comunismo moderno está basado en la pobreza forzada
mientras el comunismo cristiano está basado en la pobreza elegida.
Para un cristiano, la pobreza voluntaria es el ideal ejemplificado por San Francisco de Asís,
al tiempo que la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino un don que como tal no puede ser desperdiciado,
sino que debe ser administrado para provecho de los hijos de Dios.”

Radicalismo católico, de Peter Maurin; Catholic Worker Books, 1949; pg. 26 [traducción propia].

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Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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New Catholic Land Movement

Restoring Catholic Rural Life

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester