PRODUCT OF A BROKEN HOME

por El Responsable

A veces, los mejores textos y reflexiones reaccionarios hay que buscarlos en lugares, en principio, inesperados. Los hallamos allí donde moran los perdidos; aquéllos a quienes los puros -los cátaros de todos los credos-, apenas prestan atención; de quienes se quieren mantener alejados; cuya suciedad no permiten que enturbie su bienestar aburguesado. Pureza resentida semejante a la del feo, que confunde la ausencia de tentaciones que su aspecto provoca con la virtud de la castidad, y piensa, erróneamente, que puede ser maestro de la misma.

Pero son precisamente los máximos pecadores los que mejor conocen aquello de que hablan, porque han tenido trato íntimo con el Enemigo. Y sus recuerdos de combate tienen una potencia natural que jamás podrán ni rozar muchos ambientes de creyentes pánfilos, que hablan desde burbujas de irrealidad que lo único que provocan es la incapacidad de los catecúmenos para enfrentarse con sus propias bajezas y con la suciedad del mundo.

Como cuando escuchas hablar a alguien sobre el infierno de las drogas y sabes al momento que jamás ha sentido el efecto de la coca al penetrar en su corriente sanguínea, que jamás se ha perdido en el paraíso químico de una noche de éxtasis.

Como cuando oyes hablar a alguien sobre el peligro de los radicalismos políticos, pero entiendes que nunca se ha dejado arrastrar por el delirio de una masa que carga contra la policía, que nunca ha perdido su individualidad en el canto apasionado de un himno de autoafirmación étnica ante las tumbas de héroes de antaño.

Supongo que por eso nos llaman tanto la atención las Confesiones de San Agustín, porque en ellas reconocemos al caído que, tras un largo éxodo, ha logrado domesticar todas sus debilidades; precisamente porque en ningún momento se ha olvidado de las mismas y de su presencia constante. Y entiende el poder de la tentación, sin vituperarlo con inútiles chillidos de pureza histérica.

Gracias a Dios, no es necesario pecar terriblemente para formar una adecuada conciencia. Pero es imposible ser un buen católico sin obligarse a estar en contacto con la podredumbre del alma propia y del mundo. Sólo así podremos ofrecer una mano al que quiera abandonar su pasado. Sólo así podremos evitar que el nuestro regrese. Los sanos no tienen necesidad de médico…

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