LOS CABALLOS SALVAJES Y EL RETORNO DE LOS HOMBRES

por El Responsable

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Esta foto maravillosa que he descubierto hoy fue tomada en la Garita de Herbeira, uno de los acantilados más altos de Europa, en Cedeira, al norte de la ría de Ferrol.

El animal es un caballito que pertenece a alguna de las manadas salvajes que pueblan esa zona de Galicia, a Serra da Capelada. Yo pensaba, al parecer de forma completamente errónea, que sólo había caballos salvajes mucho más al sur, en la comarca donde se ha mantenido la bellísima tradición de a Rapa das Bestas.

El 11 de julio de 1999 (he aquí una de las grandes ventajas de escribir un diario: clavar las fechas de los recuerdos), estando de vacaciones en Ferrol, mi alma se despertó andariega y quiso subir en pagana peregrinación hasta la Ermita de la Virgen de Chamorro, zona de culto para los ártabros desde muchos siglos antes de la llegada de los Evangelios a nuestras tierras.

Una vez allí, mi mirada se dirigió a lo alto del monte. Y no pude evitar lanzarme a la aventura y caminar errante durante horas hacia las bellas playas del otro lado.

Fue un día inolvidable. Mientras lo vivía, ya sabía que no lo podría olvidar nunca. Cosa que el paso de los años no ha hecho sino confirmar con impresionante intensidad. Y, nuevamente, aquí estoy, recordando aquella jornada desbordante de la belleza de la Creación.

En un determinado momento de mi éxodo, me encontré con un grupo de caballos sueltos. No había ningún tipo de signo en ellos que indicase que pertenecían a alguien. Lo cual me sorprendió mucho, pues no tenía noticia de que hubiese caballos salvajes en aquella zona de Galicia. Con mucho cuidado de no llamar su atención, me subí a unas rocas para poder gozar mejor de su vista. Me parecieron magníficos. No, fue más que eso. Me sentí, citando a Gustavo Bueno, en ancestral presencia ante animales divinos. Encarnaciones totémicas de dioses titánicos. Todo el mundo moderno desapareció a nuestro alrededor y sólo quedaron el monte, el bosque, el océano, el sol, el cielo, los caballos y yo. Y me imaginé a mí mismo, allí subido, preparando alguna forma de atrapar a uno de esos bellos caballos, para domesticarlo, y conseguir así llegar a ser lo que sólo un caballo podía hacer de un hombre: un caballero.

Pero siempre me ha producido curiosidad saber el origen de aquellos caballos. De dónde habían salido. Y hoy he descubierto, a través de esta bella foto, que, no muy lejos de allí, cerca de San Andrés de Teixido, hay caballos salvajes. Quizá los haya en más zonas de Galicia de las que nadie tenga noticia.

Mirando hacia el horizonte, al borde del acantilado, como sólo un animal divino puede hacerlo. Vagando entre los montes de mi tierra, olvidados por los conductores de coches y por los coleccionistas de codicias.

Pero tengo la firme creencia de que son ellos los que guardan el secreto y la verdad de lo que somos. Y creo recordar (o quizá inventar, ¿qué más dará?) una antigua profecía, que cuenta que los caballos salvajes siguen viviendo en nuestros montes porque están esperando el Retorno de los Hombres. Que se refugiaron lejos de nuestras miradas, cuando decidimos dedicar todas las habilidades que el buen Dios nos había regalado para afear el mundo y destruir su Creación, empezando por nuestras propias vidas. Y que sólo ofrecerán el regalo de su divinidad irredenta a aquellos que abandonen las supersticiones de plástico y les sigan hasta los claros de bosque.

En uno de esos lugares, un bello y brutal macho doblará sus rodillas para permitir al primero de los Retornados subir a su grupa. Y entonces, nuevamente, volverá a haber Hombres en el mundo, con sus cabellos volando al galope en el atardecer de los acantilados.

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