El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

MI IDEA DE ESPAÑA

El nacionalismo español es una toma de partido absolutamente incongruente con una visión católica de la política.

La nación española es el último detritus de la sublime idea de la Monarquía Hispánica y, anteriormente, de la universalidad católica romana defendida por los diversos Emperadores; pensar, por ejemplo, a Carlos V desde coordenadas nacionalistas españolas no sólo es una postura discutible, sino que, históricamente, resulta un puro delirio.

La nación española es el titán contrahecho que ha parido la Modernidad en estos lares, prefigurada en la sustitución de Habsburgos por Borbones tras la guerra de Sucesión; el otro correlato adecuado del católico universo diverso (parafraseando a Joseph Roth) sería la rama vienesa del tronco habsbúrguico: el Imperio Austrohúngaro destruido tras la primera guerra mundial, aniquilado por los estados nación que lo rodeaban y por sus propios nacionalismos internos. Como dice el profesor Villacañas, el imperio de los Austrias constituye la mayor fuerza conocida contra las nacionalidades. Cualquier homogeneización ilustrada de la realidad hispana (apoyada en un etnicismo lingüístico español, como si el inglés de Chesterton o el francés de León Bloy no sirviesen para una adecuada y buena vida cristiana) supone la destrucción de la idea de reunión de orígenes diversos a través de la Iglesia, a favor de una mera (y cutre) nación española. Para que surgiera la Monarquía Hispánica, Carlos V tuvo que eliminar a las masas dirigentes castellanas y valencianas, por ejemplo, y sujetar su limitado particularismo de pequeños comerciantes a la inmensa tarea del Imperio. Se quiere leer a los demás Reyes Hispanos como constructores de España, olvidando las relaciones familiares continuas con la rama vienesa de los Habsburgo, en la defensa de la Catolicidad, frente a protestantes y turcos.

Los españoles ocuparon su lugar en la Historia cuando pensaban más en Dios que en sí mismos.
Olvidado Dios, ninguna indignidad o infamia podrá sorprendernos.

Vivat Hispania!
Domino Gloria!
Don John of Austria
Has set his people free!

(del poema Lepanto, de Gilbert Keith Chesterton)

Carlos V

POR EL IMPERIO HACIA DIOS O POR DIOS HACIA EL IMPERIO

“La división y los conflictos entre los Estados del norte preocupaban extraordinariamente en Roma, no sólo por la convicción de que aquellas actitudes entorpecían la lucha contra el islam en España y abrían a los musulmanes el camino de la expansión -como se demostraría en Portugal en 1191-, sino también porque se desarrollaban en un contexto alarmante para la cristiandad; durante toda la segunda mitad del siglo XII, los Estados Latinos en Tierra Santa fueron perdiendo posiciones frente al islam, especialmente desde la unificación de Siria y Egipto bajo el poder de Salah al-din. En 1187 el ejército latino fue derrotado en Hattin y las localidades más importantes, entre ellas Jaffa, Jerusalén, Beirut y Acre, pasaron a manos de los musulmanes. Eso quiere decir, pues, que el flanco oriental de la cristiandad se derrumbaba casi al mismo tiempo en que los enfrentamientos entres los reinos cristianos peninsulares se recrudecían y facilitaban una ofensiva almohade en el frente occidental.

[…] la batalla de Alarcos vino a poner de manifiesto la debilidad e inconsistencia de aquellos acuerdos: […] bastó con que Alfonso VIII se precipitara al buscar a los almohades sin esperar a sus aliados leoneses y navarros y que su ejército sufriera una derrota memorable, para que el entramado diplomático papal se viniera abajo de manera ruidosa. Alfonso IX y Sancho VII volvieron a renovar sus reclamaciones territoriales, a irrumpir en las fronteras castellanas en pie de guerra y, lo que era peor desde la perspectiva pontificia, a aliarse militarmente con los musulmanes. El resultado, ya lo sabemos, fue desastroso para Castilla: sus fronteras frente al islam retrocedieron hasta el Tajo. La paz y la unidad de acción, tan trabajosamente alcanzada por la diplomacia papal, apenas habían durado, resultando evidente que a los monarcas cristianos los problemas fronterizos preocupaban e importaban más que ‘la defensa de la cristiandad’. La situación era, otra vez, alarmante.

En Roma estaban perplejos, consternados, escandalizados. Un mes antes de que se iniciara la primera campaña almohade por Castilla -en 1196- y se materializara, por tanto, el retroceso territorial, el Papa conminaba a Sancho VII de Navarra a que renunciase a su alianza con los norteafricanos y a unirse a Alfonso VIII y Pedro II de Aragón en la guerra contra los musulmanes. En octubre de 1196, después de la citada expedición, Celestino III se mostraba muchísimo más duro y excomulgaba a los socios necesarios en aquel desastre: el rey de León, Pedro Fernández de Castro y otros nobles. Contra Alfonso IX la reacción papal fue furibunda: no solo lo excomulgó, sino que predicó contra él una Cruzada para la que concedió las indulgencias pertinentes y le amenazó con exonerar a sus vasallos del juramento de fidelidad si el monarca persistía en su actitud. Unos meses después, en abril de 1197, volvía a reiterar la concesión de indulgencias propias de la Cruzada para quienes luchasen contra el rey leonés, legitimando las conquistas que el de Portugal -que de hecho había invadido Galicia en 1196- o cualquier otro pudiera hacer en el reino de León. Ni la excomunión, ni la presión ni las amenazas fueron suficientes para evitar que leoneses y navarros continuasen aliados con los musulmanes y haciendo la guerra a Castilla.

A finales de 1197, Alfonso VIII, después de sufrir dos expediciones islámicas calamitosas y en guerra abierta contra sus vecinos, que asolaban sus fronteras, conseguía que el Emir se aviniera a firmar treguas. Si tenemos en cuenta cuál había sido la política papal durante las últimas dos décadas en relación con España, se entiende que el balance no podía ser más negativo: el islam de Occidente, representado por el imperio almohade, alcanzaba uno de sus momentos hegemónicos; las relaciones entre los reinos cristianos peninsulares habían llegado a un grado de deterioro difícilmente superable; la alianza entre algunos de éstos y los musulmanes se mostraba particularmente dañina y corrosiva. Para muchos, dentro y fuera de la Península, en 1197 se había llegado a una situación insostenible.

Visto con cierta perspectiva temporal, la desunión y el enfrentamiento entre poderes cristianos, la colaboración con los almohades y el fracaso de la diplomacia pontificia desde 1172 en adelante habían perjudicado a todos, especialmente a Portugal, León y Castilla. Tras dos décadas de retroceso territorial frente al islam, se hacía evidente la necesidad de recomponer el escenario político, de solventar problemas y de aunar voluntades si se quería cambiar una tendencia que no beneficiaba a nadie, salvo a los musulmanes. Como puede imaginarse, la apuesta no era fácil, pero la misma experiencia histórica de las últimas décadas demostraba que, si aquella situación se alcanzaba, los musulmanes podían ser derrotados. A pesar de todas las dificultades, en 1212 otra vez llegaría a conseguirse la confluencia deseada, sólo que ahora el éxito sería mucho más resonante que nunca.”

Las Navas de Tolosa, de Francisco García Fitz; Ariel, 2012; pgs. 127-128, 131-133.

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