El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Outubro, 2014

SOBRE SÍNODOS Y OTRAS ASTRACANADAS

“-Y todavía soy tu esposa. Nada puede cambiar eso.
-Nada.

[…] -Los caballeros andantes -dijo- solían salir a buscar hazañas nobles. No creo que en toda mi vida haya realizado un solo acto que no fuera egoísta. Desde luego, no me he desvivido en busca de oportunidades. Ha llegado algo que no había previsto y me ha caído en las manos, algo como lo que tengo entendido que los americanos llaman más allá del deber. No es el comportamiento habitual de un oficial y un caballero, más bien algo de lo que se reirán en Bellamy’s.
‘Claro que Virginia es dura. Habría sobrevivido de un modo u otro. No la voy a cambiar haciendo esto, lo sé. Pero debes entender que hay otra… -iba a decir alma, pero se dio cuenta de que esta palabra significaría muy poco para Kerstie, pese a su granítica integridad- … hay otra vida que hay que tener en cuenta. ¿Qué tipo de vida crees que tendría su hijo, si naciera sin ser deseado en 1944?
-No es asunto tuyo.
-Se convirtió en asunto mío, cuando me salió al paso.
-Querido Guy, el mundo está lleno de niños no deseados. La mitad de la población europea está sin hogar, entre refugiados y prisioneros. ¿Qué significa un niño de más o de menos entre toda esta miseria?
-No puedo hacer nada por todos esos otros. Este es el único caso en que puedo ayudar. Y solo puedo yo, la verdad. Soy el último recurso de Virginia. De modo que no podía hacer otra cosa, ¿no lo ves?
-Pues claro que no lo veo. Ian tiene razón. Estás loco.
Y Kerstie se marchó más enfadada de lo que había llegado.
No valía de nada intentar explicarlo, pensó Guy. ¿No había dicho alguien que todas las discrepancias son discrepancias teológicas? Volvió de nuevo a la carta de su padre: Los juicios cuantitativos no valen aquí. Si se ha logrado salvar una sola alma, eso compensa del todo cualquier pérdida de ‘imagen’.

Rendición incondicional, de Evelyn Waugh; Cátedra, 2011;  pgs. 301, 305.

'Retrato de Sir Adrian Carton de Wiart', por Sir William Orpen (1919)

‘Retrato de Sir Adrian Carton de Wiart’, por Sir William Orpen (1919)

EL SECRETO DE LA BELLEZA DEL MUNDO

“En la última hora de luz suficiente para ver las miras de hierro del rifle entraron cinco ciervos en la bajada, levantaron las orejas, se quedaron quietos y luego se inclinaron para pacer.

Eligió la hembra más pequeña y disparó. El caballo de Blevins se encabritó con un relincho donde le había atado y los ciervos de la bajada se alejaron a saltos y desaparecieron en el crepúsculo. La pequeña hembra quedó coceando en el suelo.

Cuando llegó hasta ella, yacía en su sangre sobre la hierba. Él se arrodilló con el rifle y le puso la mano en el cuello y el animal le miró con ojos cálidos y húmedos en los que no había ningún temor y entonces murió. Se quedó contemplándolo largo rato. Pensó en el capitán y se preguntó si estaría vivo y pensó en Blevins. Pensó en Alejandra y recordó la primera vez que la vio pasar por el camino de la ciénaga al atardecer, con el caballo todavía húmedo porque lo había metido en el lago, y recordó los pájaros y el ganado en la hierba y los caballos en la mesa. El cielo estaba oscuro y un viento frío soplaba por la bajada y a la luz mortecina un matiz frío y azul había convertido los ojos del ciervo en una cosa más de las muchas que le rodeaban en aquel paisaje oscurecido. Hierba y sangre. Sangre y piedra. Piedra y los oscuros medallones que imprimieron sobre ellas las primeras gotas planas de lluvia. Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor.”

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; Debolsillo, 2009; pgs. 313-314.

'Helga', de Andrew Wyeth.

‘Helga’, de Andrew Wyeth.

DER KLEINE PRINZ

“Lectura de la bella carta de Antoine de Saint-Exupéry al general X, encontrada entre los papeles que ha dejado. En ella, estas dos frases:

Sufro de un tiempo que me resulta ajeno. Pero no me arrogo el derecho a quedar exceptuado de ese sufrimiento.”

Escrito por Ernst Jünger en Kirchhorst, el 28 de julio de 1948; en Radiaciones II, Tusquets, 2005; pg. 602.

Le petit prince

LA MÁS ALTA OCASIÓN

“El domingo 7 de octubre, muy de mañana, se descubrieron ambas flotas. Al principio no pudimos decir, tan leves se distinguían las velas contrarias en la bruma, si se trataba de barcas de pescadores. Vi las primeras naos rivales —eran dos— tras el cristal del catalejo de Nicolás Orsini, como si observase una curiosa miniatura enmarcada en un aro de bronce, pero pronto la escena se colmó de manchas blancas, como si a la distancia aleteara un vuelo de albatros. En Lepanto nos aguardaba la escuadra entera del infiel. Entonces Don Juan de Austria nos ofreció un espectáculo estupendo, uno de esos espectáculos que el Renacimiento prodigaba en los momentos necesarios, con su incomparable sentido de la belleza teatral, algo que nos conmovió hasta la médula, que nos inundó, aun a los coriáceos pecadores escépticos, de radiante fervor místico, porque en el joven caudillo reconocimos no sólo al hijo de la pasión del César, al pequeño Marte esbelto, de largas piernas cinceladas por divinos orífices, perfecto como una joya de Benvenuto, sino también al enviado de Cristo, al elegido que arrancó al papa el grito famoso: Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

En una fragata recorrió el ala derecha de la flota. El gran comendador de Castilla recorrió entre tanto la izquierda. Iba Don Juan sin armas, con una cruz de marfil en la mano, pasó delante de Veniero, que se cuadraba fieramente, y le hizo un breve saludo amistoso que traslucía su perdón. Pasó delante de la galera de Spínola, donde navegaba el duque de Parma, nieto de Carlos Quinto y de Pier Luigi Farnese; delante de la de Gil de Andrada, de la del duque de Bracciano. Llevaba, como un monje guerrero, escapularios, rosarios y medallas. Se los arrebataban los generales y los marineros apiñados en las proas. Hasta el sombrero tuvo que dar y los guantes. De regreso, lo contemplé muy de cerca, pues Samuel Luna me había acarreado con la silla hasta la borda. Los veintitrés años de Don Juan se inflamaban, se tornaban densos como si súbitamente fuese mucho mayor que cualquiera de nosotros. Una gravedad dolorosa, responsable, pesaba sobre sus ojos que se ensanchaban como si ya supiese quién iba a morir y quién iba a vivir para llorar a los muertos. Nos miraba un segundo y se dijera que nos escogía, que nos señalaba para la vida y para la muerte, como un juez misterioso. Sus manos pálidas se confundían con el marfil de la imagen.

Pronunciaba palabras de aliento, sonoras, viriles, pero se advertía que temblaba de emoción. Nos dijo: Recordad que vais a combatir por la Fe; ningún cobarde ganará el Cielo. El duque de Naxos me entregó uno de sus rosarios, negro, tosco. Lo enrosqué en mi muñeca sobre la misma mano en la que usaba, desde la niñez, el anillo de Cellini. Siempre lo llevé allí, desde entonces, como un brazalete. A cada movimiento mío, su cruz brillaba en el aire o golpeaba las mesas y los muros. Luego el príncipe revistió su coraza y apareció en la Real, llameante. Izaron el estandarte de la Liga. El paño de seda se estiró sobre las mitologías de la popa, como si se desperezara, y mostró el dibujo del crucifijo, entre los apóstoles Pedro y Pablo. Debajo, el Santo Cristo que declinó milagrosamente el pecho, cuando una bala iba a hundirse en él, abría los brazos de leño polícromo. Don Juan de Austria se puso de rodillas y oró. Todos lo imitaron. Yo también, doliéndome la herida. En ese instante, en Roma, Pío V se levantó y exclamó ante su tesorero: Id a dar gracias a Dios, porque nuestra flota va a combatir contra los turcos y Dios le otorgará la victoria. Desde los conventos, desde las iglesias de la vasta Europa desvelada, rezaban por nosotros.”

Bomarzo, de Manuel Mujica Laínez.

Don Juan de Austria

PATRIOTA DEL CIELO

Pero, ¡oh, compañeros de tripulación!, a estribor de toda pena hay con seguridad un deleite; y más alto se halla tal deleite de lo que es profunda la pena. ¿No es mayor la altura de la cofa del palo mayor que la profundidad de la quilla? Un deleite mucho más alto e interior es propio del que, contra los orgullosos dioses y capitanes de esta tierra, se mantiene siempre firme. Deleite para el que aún se apoya sobre sus fuertes brazos, cuando la nave de este abyecto y traicionero mundo se ha hundido bajo sus pies. Deleite para el que no da cuartel en la verdad, y mata, quema y destruye todo pecado, aunque tenga que arrancarlo de las togas de Senadores y Jueces. Deleite, el más gallardo deleite, para el que no reconoce más ley o señor que el Señor su Dios, y sólo es patriota del cielo. Deleite para el que nunca es sacudido de su segura Quilla del Siglo por las olas nebulosas de los mares de la muchedumbre embravecida. Y eterno deleite y exquisitez para el que, a punto de ser derrotado, puede decir con su último aliento: ¡Oh, Padre!, de quien sobre todo conozco Tu vara; mortal o inmortal, aquí muero. Me he esforzado por ser Tuyo más que por ser de este mundo o de mí mismo. Pero esto no es nada; dejo la eternidad para Ti; pues, ¿qué es el hombre para que pueda vivir la vida de su Dios?

No dijo nada más y, bendiciendo lentamente, cubrió su cara con las manos, quedándose así, arrodillado, hasta que todo el mundo se había ido, dejándolo solo en el lugar.”

Moby Dick or The Whale, de Herman Melville; Penguin Classics, 1992; pg. 54 (traducción propia).

Leviathan

LA VIDA DEVORADA

“-Aldous Huxley era un optimista, como su hermano… -dijo con una especie de disgusto-. La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo. El error de Huxley fue evaluar mal la relación de fuerzas entre ambas consecuencias. Más concretamente, su error fue subestimar el aumento del individualismo producido por la conciencia creciente de la muerte. Del individualismo surgen la libertad, el sentimiento del yo, la necesidad de distinguirse y superar a los demás. En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas. ¿Por qué el modelo socialdemócrata sueco no ha logrado nunca sustituir al modelo liberal? ¿Por qué nunca se ha aplicado al ámbito de la satisfacción sexual? Porque la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individuación, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. La solución de los utopistas, de Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 161-162.

Fotograma de 'Shame', de Steve McQueen (2011)

Fotograma de ‘Shame’, de Steve McQueen (2011)

THE CORNER

Salgo de la corrala, melting pot castizo en el que conviven, se insultan y amenazan con cuchillo, españoles, dominicanos y musulmanes.

En el primer cruce de calles me encuentro con cuatro jóvenes dominicanas que ocupan la carretera con sus faldas largas y sus manos armadas de biblias. Una de ellas sermonea al barrio con estilo protestante, mientras sus compañeras la acompañan con repentinos aleluyas, como el torero inspirado que arranca olés de las gradas.

En una de las esquinas, los jóvenes camellos dominicanos esperan por sus hombres, sentados taciturnamente en sus sillas plegables. Las divinas palabras de sus compatriotas sólo les motivan para vagabundear en el contenido de sus teléfonos móviles, contraponiendo al ardor de aquéllas la aburrida pachorra del comerciante sin cliente.

Me produce simpatía tanto la ciega entrega de ellas, inasequible al desaliento, como el silencioso ignorarlas de ellos. Del mismo lugar provienen, al mismo lugar han llegado, estas posturas impermeables. Hay algo eróticamente amable en esta profunda incomprensión entre los sexos; algo profundamente verdadero.

Y me hace gracia imaginar que, quizá en un futuro, cuando la juventud haya dejado sitio a ciertas experiencias de la vida, alguna de ellas acabe siendo la mujer de alguno de ellos. Creo que serían razonablemente felices.

The wire

CRUCES DE CAMINOS (II): SOBRE EL ORIGEN DEL SOSIEGO ACANTILADO Y LA VERDAD OBJETIVA TRAS LAS FIGURAS DEL COSMOS

“Ahora imagina un alto acantilado sobre el mar coronado de pasto para las ovejas; un estrecho sendero que sube más arriba, un faro, donde viven el padre de la futura Mrs. Robinson [sic] Primera. Las tardes son apacibles y cálidas. El mar, con un aire de solemne deliberación, con elaborada deliberación, va ceremoniosamente rompiendo en la playa. El aire se anega con el sonido supresor de los largos rugidos del oleaje. No hay tierra más allá de este acantilado, entre Europa y las Indias Occidentales. La joven Agatha (pero deberías darle cualquier otro nombre) va paseando por el acantilado. Se da cuenta de que los continuos embates del mar lo van socavando, así que la muralla caerá, y se producirán algunos corrimientos de tierra. El mar se ha cebado además con aquella zona en la que viven, cerca del faro. Meditando, ella se asoma al borde del acantilado mirando hacia el mar. Descubre un manojo de nubes en el horizonte que presagian una tormenta que romperá la calma. (Es de familia de marinos y siempre ha vivido en la costa, así que aprendió ese tipo de cosas.) Esa imagen alimenta de nuevo sus pensamientos.  De repente ella observa la larga sombra del acantilado sobre la playa, a treinta metros de donde está, y ahora advierte una sombra que se mueve dentro de la sombra. La divisa una de las ovejas que pastan en el lugar, ha llegado hasta el borde del acantilado y dirige una mirada inocente hacia el agua, allí, en un contraste extraño y bello, tenemos la inocencia de la tierra que contempla plácidamente la maldad del mar.”

De una carta escrita por Herman Melville a Nathaniel Hawthorne en 1852; en Melville, de Andrew Delbanco; Seix Barral; 2007; pg. 275.

'Combers', de Andrew Wyeth

‘Combers’, de Andrew Wyeth

DE PALABRAS AMADAS

Matizar (del b. lat. matizāre, usado desde el siglo XII en pintura):
1. tr. Graduar con delicadeza sonidos o expresiones conceptuales.
2. tr. Juntar, casar con hermosa proporción diversos colores, de suerte que sean agradables a la vista.

'Symphony in Flesh Color and Pink', de James McNeill Whistler (1873)

‘Symphony in Flesh Color and Pink’, de James McNeill Whistler (1873)

EL OCASO DE LA EDAD MODERNA

“Cuanto mayor sea la decisión con que el incrédulo niegue la Revelación, y cuanto más consecuente sea en la práctica de esa negación, tanto mayor será la claridad con que se verá lo que es ser cristiano. Es preciso que el incrédulo salga de la niebla de la secularización, que renuncie al beneficio abusivo de negar la Revelación, apropiándose, sin embargo, los valores y energías desarrollados por ella; que ponga en práctica seriamente la existencia sin Cristo y sin el Dios revelado por Él y tenga experiencia de lo que eso significa. Ya Nietzsche advirtió que el hombre no cristiano de la Modernidad no sabe realmente lo que significa no ser cristiano. Las décadas pasadas han proporcionado un esbozo de ello, y sólo constituyeron el comienzo.

Se va a desarrollar un nuevo paganismo, pero de naturaleza distinta que el primero.

[…] La época futura tomará en serio aquellos aspectos en que se opone al cristianismo. Hará ver que los valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos, y el ambiente se hará transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y sincero.

En el mismo sentido actuará también la disminución de la energía religiosa directa, al igual que la capacidad de experiencia y de creación religiosas de que hemos hablado. La omnipresencia de la religión ayuda a creer; pero también puede oscurecer y secularizar el contenido de la fe. Si esa omnipresencia disminuye, la fe se hará más rara, pero en cambio más pura y vigorosa. Recibe una mayor capacidad para percibir lo que existe realmente, y su centro de gravedad se aloja más hondamente en la esfera de lo personal: en la opción, en la sinceridad y en la abnegación.

[…] El patrimonio cultural de la Iglesia no podrá sustraerse a la ruina general de lo tradicional, y en aquellos aspectos en que todavía perdura, se verá agitado por muchos problemas. Por lo que hace al dogma, pertenece ciertamente a su esencia el sobrevivir a todos los cambios temporales, ya que se funda en lo supratemporal; no obstante, puede presumirse que el sello de la forma de vida se dejará sentir en él con especial claridad. Cuanto mayor sea el rigor con que el cristianismo se reafirme como lo no evidente, cuanto más hondamente haya de distinguirse de una concepción dominante no cristiana, tanto más firmemente hará su aparición en el dogma el elemento existente y práctico, al lado del teórico. Desde luego, no es necesario advertir que, al hablar así, no me refiero a renovación alguna, a ninguna clase de debilitación, ni de su contenido ni de su valor. Por el contrario, se acentuarán con mayor agudeza su carácter absoluto, la incondicionalidad tanto de sus afirmaciones como de sus exigencias, pero en ese carácter absoluto, la definición de la existencia y la orientación del quehacer se harán sentir, creo yo, de un modo especial.

[…] La soledad en la fe será espantosa. El amor dejará de ser una actitud común (Mt 24, 12). Ni será comprendido ni practicable. Se hará tanto más valioso cuanto que pondrá en contacto a un solitario con otro solitario. Será fortaleza del corazón procedente de la relación directa con el amor de Dios. Quizá se sienta este amor de una forma totalmente nueva, con la soberanía de su carácter originario, su independencia respecto del mundo, el misterio de su último por qué.”

El ocaso de la Edad Moderna [1950], de Romano Guardini; en Obras; Ediciones Cristiandad, 1981;  “pgs. 113, 116-117, 117-118, 119.

'Night Guard', de Odd Nerdrum (1985)

‘Night Guard’, de Odd Nerdrum (1985)

Quod Vidimus

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

The Wanderer

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

De libros, padres e hijos

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo