CRISOL QUE AFINA EL ORO

por El Responsable

Leo los diarios de Jünger mientras como. No puedo evitar sonreír, admirado, al topar con lo siguiente:

Gripe, esta vez breve, dos o tres días de fiebre: en cualquier caso debería ir acostumbrándome poco a poco a tener en consideración mi edad.

Este apunte fue escrito el 18 de marzo de 1986 (curiosamente, justo un mes antes de que naciese mi mujer). Es decir, Jünger estaba a punto de cumplir 91 años.

Siempre me he preguntado si existe una relación directa entre sobrevivir a las dos Guerras Mundiales del siglo XX y llegar a la extraordinaria edad de 102 años. Me planteo si superar pruebas de tal calibre hace surgir potencias espirituales que no pueden dejar de tener efectos muy materiales en la somática propia. No me refiero sólo a una mera cuestión cuantitativa, por los muchos años que llegó a vivir; sino a la forma en que fue capaz de vivirlos, desbordante de salud, energía y curiosidad infantil. Sin privarse de todo tipo de experiencias, capaces de hacer tambalear los lugares comunes de cualquier especialista en geriatría.

Y estos pensamientos me hacen regresar al breve Tratado de la Tribulación de Pedro de Ribadeneyra (de cuando los jesuitas eran los más encarnizados defensores de la buena Doctrina Católica), donde se puede leer:

Basta decir que ella es la trilla que aparta la paja del grano, la lima áspera que quita el orín y alimpia el hierro, el fuego y fragua que le ablanda, el crisol que apura y afina el oro, la sal que conserva los mantenimientos, el martillo que nos labra, el agua con que se templa y apaga el fuego de la concupiscencia, la pluvia del cielo con que, bañada y regada, la tierra de nuestra alma da copioso fruto, la helada con que se arraigan y acepan los panes, el viento con que más se enciende el fuego del divino amor y con que más presto llegamos al puerto, el acíbar con que nos destetamos y dejamos el pecho dulce y ponzoñoso de las criaturas, la medicina amarga con que nos curamos y sanamos, el lagar en que pisada la uva da vino oloroso y sabroso, y, finalmente, es la librea de los hijos de Dios y la prueba cierta del siervo fiel del Señor. Porque, así como en el tiempo de paz muestra el Rey lo que quiera a sus soldados en las mercedes que les hace, y ellos en el de la guerra lo que le aman y estiman peleando y muriendo por él, así en el tiempo del consuelo y favor, el Rey del cielo nos da a entender lo que nos quiere, y nosotros en el de la tribulación lo que le queremos, mucho mejor que en el de la prosperidad.

Jünger

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