EL SECRETO DE LA BELLEZA DEL MUNDO

por El Responsable

“En la última hora de luz suficiente para ver las miras de hierro del rifle entraron cinco ciervos en la bajada, levantaron las orejas, se quedaron quietos y luego se inclinaron para pacer.

Eligió la hembra más pequeña y disparó. El caballo de Blevins se encabritó con un relincho donde le había atado y los ciervos de la bajada se alejaron a saltos y desaparecieron en el crepúsculo. La pequeña hembra quedó coceando en el suelo.

Cuando llegó hasta ella, yacía en su sangre sobre la hierba. Él se arrodilló con el rifle y le puso la mano en el cuello y el animal le miró con ojos cálidos y húmedos en los que no había ningún temor y entonces murió. Se quedó contemplándolo largo rato. Pensó en el capitán y se preguntó si estaría vivo y pensó en Blevins. Pensó en Alejandra y recordó la primera vez que la vio pasar por el camino de la ciénaga al atardecer, con el caballo todavía húmedo porque lo había metido en el lago, y recordó los pájaros y el ganado en la hierba y los caballos en la mesa. El cielo estaba oscuro y un viento frío soplaba por la bajada y a la luz mortecina un matiz frío y azul había convertido los ojos del ciervo en una cosa más de las muchas que le rodeaban en aquel paisaje oscurecido. Hierba y sangre. Sangre y piedra. Piedra y los oscuros medallones que imprimieron sobre ellas las primeras gotas planas de lluvia. Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor.”

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; Debolsillo, 2009; pgs. 313-314.

'Helga', de Andrew Wyeth.

‘Helga’, de Andrew Wyeth.

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