LA VETUSTA MORLA

por El Responsable

La burbuja en que crecí nos vendió comodidad
y un nudo entre las manos.

Vetusta Morla, una de las pocas cosas por las que este desdichado país aún no merece el cataclismo de una nueva Atlántida. Las maravillosas letras de Galván y Latorre tienen esa fabulosa y extraordinaria capacidad de investigar el mundo sin caer en simplismos ni panfletadas. El primer impacto simbólico nos lo produce el nombre del grupo: la vieja tortuga del formidable libro de Ende se esconde en su caparazón de sabiduría para olvidar el presente; la vida ha dejado de interesarle y piensa que ese desinterés triste y desesperado es la máxima cota del conocimiento. Es el cínico de sonrisa torcida con el que tantas veces nos hemos cruzado, en el que tantas veces hemos corrido el peligro de convertirnos. Pero es ella, la Morla, la que tiene parte de las respuestas. Por lo tanto, hay que enfrentarse con ella y tratar de obtener su saber sin que nos inocule el veneno del nihilismo. Para muchos de nosotros, la Vetusta Morla es el símbolo de la vieja civilización occidental derrotada, exhausta; repleta de conocimientos, sin duda. Pero aterrada, como Buda, ante los horrores del mundo -que, en muchas ocasiones, ella misma ha provocado-, sólo concibe como bien la eliminación de la realidad. Es el suicida cobarde que no se atreve a ser coherente con su propia desilusión e infecta el mundo con su mirada negra.

Con eso se tiene que enfrentar Atreyu, el detective salvaje que busca una verdad salvadora. Y aunque también soy capaz de ver las divergencias que me separan de algunas letras del grupo, me resulta más relevante la simpatía que me inspira compartir con ellos el papel de Atreyu. Y así, sus bellas canciones son entonadas con pasión por la Taberna Errante en marcha, a la búsqueda de los límites de Fantasía.

 

“-Mira -gorgoteó la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno…, el mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer, y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad. Nada es importante.

Atreyu no supo qué responder. La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo:

-Eres muy joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete.

Atreyu recurrió a toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que le producía la mirada de la Vetusta Morla.

-Si tanto sabes -dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio.

-Lo sabemos, ¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que decírtelo?

-Si realmente te da lo mismo -la apremió Atreyu-, también podrías decírmelo.

-Podríamos también, vieja, ¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas.

-Entonces -exclamó Atreyu- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera tú crees lo que dices!

Durante mucho tiempo reinó el silencio, y luego Atreyu oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos. Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía reír todavía. En cualquier caso, dijo:

-Eres astuto, pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No hay ninguna diferencia. ¿Se lo decimos, vieja?”

La historia interminable, de Michael Ende; Alfaguara, 1998; pgs. 60-61.

Advertisements