EL ABORTO

por El Responsable

Para estar en contra del aborto me basta la doctrina de la Iglesia católica, a la que pertenezco.

Decía Chesterton en “Ortodoxia”: …desde que acepté a la Cristiandad por madre […] éste o aquél rito o doctrina pueden parecer tan feos y extraordinarios como el rastrillo; pero por la experiencia sé que los tales de cierto modo terminan en césped y en flores. Un clérigo aparentemente puede ser tan inútil como un gato, pero también es tan fascinador, porque debe haber alguna extraña razón para que exista.

Así que, aunque tuviese alguna duda sobre dicha doctrina basada en algún criterio subjetivo, la rechazaría porque he aprendido a confiar más en lo que la Iglesia dice que en las reflexiones de mi ego diminuto.

Pero es que la razón natural tampoco me lleva a lugar distinto de la tesis católica.

Para ello, parto de un principio que comparto con mucha gente: la protección de los indefensos e inocentes. Todo hombre de bien debe proteger la vida de los indefensos e inocentes. Es por ello que no encuentro razones de peso para eliminar las existencias de fetos humanos, salvo en el extraordinario caso en que la propia vida de la madre estuviere en riesgo. Y en ningún otro caso.

Pero además, tengo otro tipo de razones para sentir profundo asco y repulsa por el aborto y sus defensores. Son razones que salen de las vísceras propias y no son capaces de atender al griterío cacofónico de la contemporaneidad. Razones biográficas que siempre me han mantenido apartado del proabortismo, incluso en mis épocas más atolondradas y pecadoras.

La causa es evidente: yo era carne de clínica abortiva.

Mi madre se quedó embarazada a los 16 años, los mismos que tenía mi padre.

A principios de 1977, Fernanda, mi abuela paterna, subió los cinco tramos de escalera que llevaban hasta el piso donde vivían mi madre y mi abuela materna, Pacucha. Se sentaron ambas en el salón de la casa y Fernanda le dijo a Pacucha que había que solucionar aquella situación. “Son muy jóvenes y se van a arruinar la vida”, dijo. Fernanda seguía exponiendo su plan, pero Pacucha la detuvo. Años más tarde, cuando me contó esta conversación, mi abuela materna no apeló a su simple catolicismo de aldea para defender su posición; sinceramente, me dijo: “yo no iba a permitir que llevasen a mi hija a un carnicero”.

Así que no me queda más remedio que reconocer que debo mi vida a las restrictivas leyes del franquismo, que hacían del aborto algo extremadamente peligroso y arriesgado. Probablemente, si la situación se hubiese repetido unas décadas más tarde, yo jamás hubiese llegado a nacer.

Teniendo en cuenta el aprecio que le tengo a mi vida, la posibilidad de no existir es algo que me produce cierta molestia.

Pero sigamos con los datos autobiográficos. Pasaron los años y aquella adolescente, mal que bien, fue sacando adelante a su hijo, con la inapreciable ayuda de su familia. Fue difícil y mi madre tuvo que madurar antes de tiempo. Comprendo el sacrificio realizado y amo a mi madre con fervor, además de admirarla por sus impresionantes cualidades personales, por el inmenso amor que demostró al cuidar de su madre y su abuela en su vejez, hasta la muerte. Por su entrega a los demás, porque en su casa siempre ha habido un plato caliente y una palabra amable para todos los amigos que le he obligado a recibir (y han sido muchos). Y, en fin, ¿qué os voy a decir de mi madre? Muchos de vosotros la conocéis.

¿Qué pasó con mi padre? Mi padre no se arruinó la vida en ese momento. No se tomó en serio la responsabilidad de ser padre y nunca luchó por ella cuando mi madre lo alejó, a Dios gracias, de nuestra vida. Se dedicó a sus placeres y a sus antojos. Los cuales provocaron nuevos deslices, éstos sí convenientemente abortados; “varios hermanos tuyos se fueron por el váter”, me confesó años más tarde mi padrino, su hermano.

Finalmente, una tarde de los años 90, mi abuela Fernanda volvió a casa del trabajo; y al entrar en la cocina, se encontró el cuerpo sin vida de su hijo tirado en el suelo, con una jeringuilla clavada en el brazo. Mi padre se había acostumbrado a huir de toda responsabilidad y, con esa pedagogía en las entrañas, es difícil soportar la vida. Y en la cabeza de Fernanda, en el vacío inmenso de aquella cocina repleta del cuerpo inerte de su hijo, se oía atronador: “…se va a arruinar la vida.”

Alguien me podría decir, y tendría toda la razón, que ésta es una posibilidad entre muchas otras, que es pura casuística, que las cosas no tienen por qué terminar así.

Pero es que es muy típico de los defensores del aborto apelar a casos rarísimos y extraños para defender su postura; mas apenas hacen referencia a la principal causa que lleva a las mujeres, en muchos casos apoyadas o convencidas por el proveedor de esperma, a abortar: el no querer hacerse cargo de la responsabilidad que implica tener un hijo, en lo que cambiarán sus vidas si se deciden a traerlo al mundo. Se acabaron las diversiones, los viajes exóticos, el sexo indiscriminado, las parrandas con los amigotes y el tiempo para leer libros de Paulo Coelho.

Y así todo se banaliza. La entrega de la propia carne, que para los católicos siempre es materia del alma (pues el epicentro de nuestra filosofía lo informa un Aristóteles bautizado), ya no puede ser una de las más bellas expresiones del amor entre dos personas que se han hecho responsables el uno del otro hasta la muerte; sino el cutre y onanístico intercambio de fluidos orgánicos, cuyos efectos naturales siempre pueden ser contrarrestados por algún producto de la ciencia moderna. En último caso, si necesario fuere, en una modernísima clínica abortiva, pagada con los impuestos de todos nosotros.

En este inmenso sistema organizado para que los consumidores satisfechos gocen irresponsablemente de todos los caprichos que se pongan a su alcance, ¿cómo no comprender el estado actual de cosas? ¿Cómo no encontrar lógico el desbarajuste actual del mundo?

Así que no me pidáis comprensión, ni respeto.

4 de enero de 2014

Murillo

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