EL FINAL DEL VERANO

por El Responsable

La ciudad amaneció envuelta en brumas para despedirme.

Durante mucho tiempo pensé que el lugar ideal para vivir era un puerto de mar, erizado de faros, verde por el musgo de las piedras, con eco de gaviotas; en algún punto entre Coruña y Normandía.

Pero mi cuerpo siempre se ha rebelado contra la vida al borde del mar, en forma de alergia con tendencia a la sobreactuación en zonas costeras. Circunstancia trágica para el vástago de una raza marina.

Mis problemas alérgicos se resolvieron al emigrar a la capital.

Pero hace tiempo que pienso que mis cuentas con Madrid están saldadas. Sobrevivo encarcelado en el centro de la tierra. El tren me devuelve a prisión a través de las llanuras castellanas, que se extienden -océano infinito- como si la tierra fuese aplastada por el peso excesivo de un cielo que, más que iluminar, ciega. El castellano vive asfixiado entre absolutos.

En esta ocasión, sin embargo, el relax alérgico ha ocurrido al visitar la costa. Como si mi cuerpo estuviera avisando de que está dispuesto a una nueva migración. La caricia de la brisa marina me ha limpiado como un bautismo y ha revivido los sueños de antaño. Quizá haya cumplido ya mi condena y se me hace saber que es posible el regreso.

Ha sido un verano de dos semanas que ha puesto patas arriba el ciclo de mis estaciones. Cigüeña desnortada, estudio los vientos; para encontrar el momento oportuno y dejar atrás el frío.

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