El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: septiembre, 2014

COMPROMISO

Es oscuro el legado
de quien no mira el mundo con amor.
Nada tiene que ver con una falta
de bondad o nobleza esa triste actitud:
es tan sólo un estigma de los ojos.
Y yo he visto a los hombres
extraviarse en el sótano de su mirada ciega.

Su legado es oscuro y sin embargo
encuentro en él la luz de una enseñanza:
no es quererlo tan sólo
lo más bello que un hombre puede hacer por su hijo;
lo más bello es acaso,
desoyendo el dictado de la angustia y del miedo,
transmitirle esa fe que invencible se empeña
en pagar de la vida
la traición y el favor con igual gratitud.

Es un arduo trabajo amar el mundo,
porque el mundo a menudo no se deja querer;
por eso ahora te prometo, hijo,
que la angustia y el miedo no sabrán someterme
aunque instalen su lepra en mi conciencia
y conviertan mi carne en su refugio,
que encontraré el coraje con que seguir amando,
cuando deje de amarme, la vida que te di,
porque verte gozarla ha de alzar en mi exilio
nuevamente aquel reino.

Aunque así lo parezca,
la luz del mundo no nos pertenece,
por eso yo quisiera no ensuciarla
de rencor ni amargura, para intentar al fin
ofrecértela limpia,
como damos los hombres la alegría,
nuestra única herencia verdadera.

Incluido en el poemario Santa deriva, de Vicente Gallego; Visor, 2002; pgs. 82-83.

'Caritas', de Abbott Handerson Thayer (1895)

‘Caritas’, de Abbott Handerson Thayer (1895)

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ESCLAVITUD FEMENINA

Never met a wise man
If so it’s a woman

Kurt Cobain

 

Tras ver por segunda vez la formidable película To the wonder, de Terrence Malick, uno no puede evitar reflexionar sobre la enorme mentira esclavista en la que el mundo moderno nos ha introducido a todos; pero, muy especialmente, a las mujeres.

Estoy firmemente convencido de que la mayoría de las mujeres que me rodean se sienten obligadas a ejercer papeles que, en el fondo de sus almas, consideran terriblemente indignos; se fuerzan a mentir para estar a la altura de humillaciones que tienen que abrazar con impostadas carcajadas de felicidad; sacrifican sus cuerpos sagrados, de mil formas diferentes, para satisfacer todos los apetitos enfermos de la época. Lo veo cada día y sé que no dejaré de verlo hasta que Dios tenga a bien llevarme de este mundo.

Y recuerdo las palabras de Houellebecq en una entrevista:

Lo que se dio en llamar ‘la liberación de la mujer’ les convenía más a los hombres, que veían en ella la posibilidad de multiplicar los encuentros sexuales. Después vinieron la disolución de la pareja y de la familia, es decir, de las últimas comunidades que separaban al hombre del mercado. Creo que, en general, es una catástrofe humana; pero vuelven a ser las mujeres las que salen perdiendo. En la situación tradicional, el hombre se movía en un mundo más libre y más abierto que la mujer; o sea, en un mundo más duro, competitivo, egoísta y violento. Los valores femeninos clásicos estaban impregnados de altruismo, amor, compasión, fidelidad y dulzura. Aunque ahora nos reímos de esos valores, hay que decir claramente que son valores civilizados superiores, y que su desaparición total sería una tragedia.

El mundo como supermercado, de Michel Houellebecq; Anagrama, 2000; pgs. 108-109.

 

HAIKU

Hojas de otoño.

Mantillo de primavera.

Cosechas de verano.

'Summer', de Thomas Dewing (alrededor de 1890)

‘Summer’, de Thomas Dewing (alrededor de 1890)

ORIXE DO SOSEGO ACANTILADO

Pacendo a rentes da fin
con pedra guieira a xunguir deuses.
Civilización: sosego acantilado.

4 de xuño de 2009

 

Paciendo junto al fin // con piedra guía uniendo dioses. // Civilización: sosiego acantilado.

AGORA XA FOI

La autora me envió un ejemplar de su estudio recién publicado “Conciencia política e literatura galega en Madrid (1950-2000)” (Xerais, 2014). Formo parte en el mismo de la nómina de informantes y me descubrí citado como miembro activo de la militancia nacionalista gallega en Madrid, en los años que asistieron al cambio de milenio. Los datos proporcionados provienen de un intercambio epistolar de los años 2007-2008, cuando yo ya había abandonado el BNG e iba avanzando en mi proceso de conversión, del que la propia autora estaba siendo testigo, a través de las citas y reflexiones que le hacía llegar vía telemática.

Poco antes, por otro lado, había leído la autobiografía de Joseph Pearce -encarecidamente recomendada por el buen Alfonso-, con el que comparto un pasado de militancia política que ambos observamos con crítica lejanía.

Al agradecerle el envío del libro a la autora, le dije: aunque fueron años de muchos errores -y eso no es bueno-, fueron también años de mucho aprender: y eso es maravilloso.

Me sorprendió, no obstante, verme ocupar un lugar en un sesudo estudio académico, por cosa tan ridícula. Pero supongo que es así como se construyen las historias y las identidades. En el ruido de este mundo caído, las cosas son importantes, si alguien las considera importantes. Y en esta época democrática, la opinión de las muchedumbres cree tener los derechos propios de los hechos cuantitativamente minúsculos de la Historia de la Salvación.

¿Por qué me hice militante nacionalista? En ese momento, fue mi modo de enfrentarme al mundo moderno. Religiosamente tullido, mi necesidad de veneración se desplazó hacia mi infancia, una arcadia gallega con aldeas cuasi-medievales, en la que los obreros de los astilleros atravesaban la carretera de Ferrol a Mugardos, manifestándose en contra de la reconversión industrial.

“Ven”, me dijo mi tía Lolita, “vamos a ver pasar al tío Antonio, en la manifestación”; y allí íbamos, al principio de la corredoira, para ver pasar a mi luchador tío comunista. Y yo, más tarde, le cantaba “¡Felipe, Guerra, Astano no se cierra!”; y mi tío se meaba de la risa.

Yo había sido arrancado de Galicia, porque mi madre había encontrado trabajo en Madrid. De la misma forma que se me había arrancado el gallego, porque, como me dijo mi abuela, “con el gallego no se come”.

La Modernidad arrasaba todo lo pequeño a su paso, homogeneizando vidas y naciones, cortando las raíces, espirituales y económicas, de millones.

Mi juvenil forma de rebelión, adolescente e ignorante, pero sincera, fue hacerme nacionalista gallego. Profundizar en mi rechazo al mundo moderno me haría abandonar, más tarde, el nacionalismo, cualquier rastro de marxismo y, en general, cualquier idolatría propia de la desquiciada política contemporánea.

Pero, mientras fui nacionalista, intenté serlo lo mejor posible. Responsable de organización del BNG de Madrid, asistente a asambleas nacionales, gastándome el dinero ganado en mis fines de semana porteriles para viajar en avión hasta Galicia durante las elecciones, organizar y participar en manifestaciones, encierros, ocupaciones; una detención, un ojo morado durante un par de semanas, conocer a importantes sindicalistas, políticos y miembros relevantes de la cultura gallega, discutir con delegados del gobierno, pegar carteles y agitar banderitas cuando conectaban las televisiones con el mitin en curso; presentaciones de libros y conferencias, llevar bollos hechos por mi madre a los trabajadores de Sintel acampados en la Castellana, grabar un “Viva Galiza Ceibe” en los calabozos de la comisaría de Moratalaz, pasar noches en vela a base de Ducados, discutir sobre estrategia leninista con los conmilitones; cantar el “Grândola vila morena” a grito pelado con jóvenes comunistas portugueses en un tugurio de Santiago, mientras Roi dirige el coro subido en una mesa…

Estaba equivocado, pero todo era divertidísimo. Una constante aventura. Y, lo más importante de todo, profunda experiencia de vida.

Al leer a Joseph Pearce, detecté también en la descripción que hace de sus años de racista británico ese melancólico entusiasmo por la actividad frenética del militante convencido. Creo que ambos nos arrepentimos de lo mismo: haber gastado aquella impresionante fuerza juvenil en objetivos tan erróneos y pecaminosos.

En cualquier caso, como decimos en Galicia, agora xa foi.

Pasan os homes e a terra queda,
e na terra o rastro dos traballos,
das bágoas…, das ledicias
dos que viviron antes ca nós.
Antón Losada Diéguez

NÁUTICA

Aínda aturan as arroutadas do vento mariño
estas velas
daquela brancas.
Todo axudou a lixalas:
a furia das treboadas
e os erros de navegación.

Nas perdas de derrota
atopamos desfeitas
que sinalar nos nosos mapas;
e descubrimos que
todas as cartas mariñas
rexistraban xeografías semellantes.

Rexeitamos
xa que logo
calquera anceio de orixinalidade
que nos afaste o horizonte do ollar.
Na raia nos desfacemos,
porque na raia somos;
porque na raia estamos.

Simplemente
deixar que a maraxe nos leve cara o solpor,
con sosego acantilado.

7 de outubro de 2010

 

Aún aguantan los arrebatos del viento marino // estas velas // entonces blancas. // Todo ayudó a mancharlas: // la furia de las tormentas // y los errores de navegación. // En las pérdidas de derrota // encontramos desastres // que señalar en nuestros mapas; // y descubrimos que // todas las cartas marinas // registraban geografías semejantes. // Rechazamos // por lo tanto // cualquier deseo de originalidad // que nos aleje el horizonte de la mirada. // En la raya [frontera] nos deshacemos, // porque en la raya somos; // porque en la raya estamos. // Simplemente // dejar que la brisa marina nos lleve hacia la puesta de sol, // con sosiego acantilado.

A GAME OF CHESS

And we shall play a game of chess,
Pressing lidless eyes and waiting for a knock upon the door.

The Waste Land, de T.S. Eliot; Cátedra, 2011; pg. 224.

 

Hubo una época de mi vida en que me entusiasmaba repitiendo grandes partidas de la historia del ajedrez, en el bello tablero de mi madre. Me resultaba absolutamente mágico poder ver, ante mis propios ojos, los movimientos realizados por grandes maestros que habían vivido hace décadas; o incluso siglos.

Es difícil explicar a alguien que no comparta la pasión por el ajedrez lo impresionante que puede llegar a resultar estudiar las partidas, por ejemplo, de Bobby Fischer. Contemplar cómo introducía la sorpresa y la belleza en la lógica de los 64 cuadros de la manera en la que él lo hacía, es un placer exquisito.

Hubo una época de mi vida en que escribí decenas de cartas. Muchos de ustedes conservan las pruebas de lo que estoy diciendo. Sigan haciéndolo: quizá les saquen de algún apuro económico cuando mi futura fama de escritor les alcance a modo de exorbitante oferta por su fajo de epístolas. En cualquier caso, más allá del dinero, sean misericordiosos y piensen en los futuros estudiosos de mi obra; que necesitarán indagar en todos mis oscuros secretos para saber qué quería decir exactamente en ese poema o en aquel relato. Piensen en todos esos filólogos: lo felices que serán al acceder a mis manuscritos conservados por ustedes, lo que se pelearán en sus congresos sobre el segundo párrafo de la carta del 4-XI-1998.

Pero una de las mejores no la conservarán. En aquella obra de arte, establecía un paralelismo entre las diversas épocas de la historia del ajedrez y la historia de la filosofía de los últimos doscientos años. El receptor de la carta reconoció que aquella carta era extraordinaria. Tiempo después se la pedí para releerla y, quizá, copiarla. Pero el receptor la había eliminado. El Receptor siempre eliminaba el correo que le llegaba. Prudencia de activista en la clandestinidad. Aunque yo, perplejo, me pregunté qué problema podría suponer tener una carta en la que se hablaba de la historia del ajedrez. Daba igual, ése no era el asunto. Había que borrar huellas. Y aquella carta era una huella. En el fondo, el Receptor me estaba protegiendo. Él era así, vivía en una permanente clandestinidad. Que sólo existía en su cabeza, por otro lado, pues éramos asquerosamente libres. Quizá ésa fuera la razón de aquellos actos paranoicos: un exceso de libertad. Hay gente que no soporta no tener enemigos, sobre todo a ciertas edades repletas de vida y energía. Con el tiempo, uno se da cuenta de que los enemigos, como las setas, surgen de modo natural. Sólo hace falta sentarse de determinada manera; no se preocupen, seguro que hay alguien a quien le molesta su forma de estar sentado.

El caso es que así se fue al carajo uno de los mejores textos que he escrito. Si quieren echarle la culpa a alguien del placer estético que se han perdido, ya saben a quién dirigir sus insultos: al Receptor.

 

Era de noche. Me fui a casa, me puse la ropa vieja de andar por casa, saqué el ajedrez, me preparé una copa y repasé otra partida de Capablanca. Tenía cincuenta y nueve movimientos. Ajedrez bello, frío, sin escrúpulos, casi siniestro de puro callado e implacable.

Cuando terminé, escuché un rato por la ventana abierta y olfateé la noche. Después me llevé mi vaso a la cocina, lo lavé, lo llené de agua helada y me quedé de pie ante el fregadero, dando sorbitos y mirando mi cara en el espejo.

-Tú y Capablanca -dije.

La ventana alta, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pg. 238.

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ACEPCIONES DE HOMBRE ACANTILADO

“Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente-, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que en mi alma se posa un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible. Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala. En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada asombroso en esto. Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el océano.”

Moby Dick, de Herman Melville; Mondadori DeBOLS!LLO, 2008; pg. 37.

Santander

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

“Hace tiempo leí en un periódico de aquí que unos maestros encontraron de casualidad una encuesta que enviaron en los años treinta a varias escuelas del país. Incluía un cuestionario sobre cuáles eran los problemas de la enseñanza en las escuelas. Y encontraron unos formularios que habían enviado desde varios puntos del país respondiendo a estas preguntas. Y los mayores problemas mencionados eran cosas como hablar en clase y correr por los pasillos. Mascar chicle. Copiar los deberes. Cosas por el estilo. Cogieron uno de los impresos que estaba en blanco, hicieron fotocopias y los volvieron a enviar a las mismas escuelas. Cuarenta años después. Y he aquí las respuestas. Violación, incendio premeditado, asesinato. Drogas. Suicidio. Me puse a pensar en eso. Porque la mayoría de las veces cuando digo que el mundo se está yendo al infierno la gente simplemente sonríe y me dice que me estoy haciendo viejo. Que ese es uno de los síntomas. Pero lo que yo creo es que cualquiera que no vea la diferencia entre violar y asesinar gente y mascar chicle tiene un problema mucho mayor que el que tengo yo. Y cuarenta años tampoco es tanto. Tal vez los próximos cuarenta sacarán a la luz algún problema más. Si no es demasiado tarde.

Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de no sé quién. Y no paró de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro. No estoy seguro ni de lo que quería decir con eso. La gente que yo conozco es básicamente gente corriente. Gente vulgar, si queréis. Así se lo dije a la mujer y ella me miró con cara rara. Pensó que estaba diciendo algo malo de ellos, pero por supuesto donde yo vivo decir gente corriente es un cumplido. Y ella venga a hablar. Al final me dijo, dijo: No me gusta adónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no me cabe ninguna duda de que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la conversación.”

No es país para viejos, de Cormac McCarthy; DeBolsillo, 2008; pgs. 155-156.

"A la deriva", de Andrew Wyeth (1982)

“A la deriva”, de Andrew Wyeth (1982)

EL PARAÍSO EN LA TIERRA

“Como Lutero después de él, Joaquín no pudo prever que su propósito religioso de desmundanizar a la Iglesia se convertiría, en las manos de otros, en lo contrario: la ‘mundanización’ del mundo, promovida por la transferencia del pensamiento escatológico a cosas no últimas, reforzando el ímpetu del impulso secular en dirección a una última solución de problemas, que en su propio plano y con sus propios medios no pueden, en absoluto, solucionarse. La esperanza de Joaquín en una nueva época de la ‘plenitud’ podía tener dos efectos contrapuestos: promover la severidad de la vida espiritual frente a la mundanidad de la Iglesia -y ésta había sido su intención-, y, por el contrario, estimular las aspiraciones de nuevas realizaciones históricas, y éste fue el tardío resultado de sus profecías de un Nuevo Testamento. El anunciado trastorno que, dentro de los límites de una fe escatológica, implicaba la realización de un ideal de perfección de vida tras los muros del convento fue asumido cinco siglos después por un sacerdocio filosófico, que interpretó el proceso de secularización como una realización ‘espiritual’ del reino de Dios sobre la tierra. En tanto tentativa de realización de ese reino, las formas progresistas de pensamiento de Lessing, Fichte, Schelling y Hegel pudieron convertirse más tarde en el positivismo y en el materialismo de Comte y de Marx. El tercer Testamento de Joaquín reapareció bajo la forma de una ‘Tercera Internacional’ y de un ‘Tercer Reich’, anunciado por un ‘dux’ o Führer, celebrado por millones como el redentor y saludado con ‘Heil’. La fuente de estas tentativas de consumar la historia por medio de la historia debe buscarse en la esperanza de los franciscanos espirituales en que un combate final llevaría a la historia de la salvación a su consumación en la historia del mundo.”

Historia del mundo y salvación: los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia, de Karl Löwith; Katz, 2007; pgs. 193-194.

Joaquín de Fiore

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester