El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Agosto, 2014

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XVII)

Jorge apoyaba la frente en una mano y miraba a Ricardo hacer sus deberes, sentado junto a él en la mesa de la cocina. Se preguntaba si hoy vendría a recogerlo su madre o se iría él andando hasta el pueblo, como solía. Se hacía muchas otras preguntas que le despistaban sin parar y por eso la clase de hoy no estaba siendo nada del otro mundo. Al final, aburrido de decir lo que él consideraba tonterías, había puesto a Ricardo a hacer unos ejercicios de matemáticas.

Terminada la clase, el chaval se marchó hacia su casa, un poco extrañado de la actitud de Jorge; quien le seguía con la mirada mientras se dirigía hacia el camino principal, dándole vueltas a sus dudas, sin encontrar la forma adecuada de despejarlas de una vez.

Llegó el domingo sin que se volviese a encontrar con Anabel. Lope notó su taciturno nerviosismo, según se iban acercando a la iglesia. Justo al llegar, empezó a llover; los parroquianos que aún no querían entrar, para hacer un poco de tertulia, se apiñaron bajo el techo que cubría los poyos de piedra. Yaima y las niñas se metieron dentro, mientras Lope se sentaba con el cochecito de Fernando a su lado. Jorge seguía de pie, vigilando el camino a la iglesia. Seguían llegando los parroquianos, bajo sus paraguas. Entonces vio correr a dos personas, a las que la lluvia había cogido por sorpresa. Eran Anabel y Ricardo. Jorge tragó saliva. Se pararon al llegar bajo techo, riendo. Ricardo saludó a Jorge y éste, tenso, apenas consiguió devolverle el saludo. Anabel sonreía, mientras recuperaba el aliento tras la carrera.

Lope miraba de reojo la escena. Cogió de entre los labios el puro que se acababa de encender y llamó a Ricardo, para comentarle algo sobre los caballos. Anabel y Jorge se quedaron solos.

-Hey… -dijo Jorge, incapaz de aguantar la mirada de Anabel.

-Hola -dijo Anabel, mientras se secaba unas gotas que le corrían por la cara.; vio que a Jorge le costaba hablar- Oye, con respecto a lo del otro día…

-Sí, quería hablarte de eso… -tartamudeó Jorge- Quería pedirte perdón, me comporté como un estúpido…

-No te preocupes. Fuiste sincero. Me gusta que la gente sea sincera.

-Sí, pero… -a Jorge le costaba encontrar las palabras- No me gustaría que te sintieses incómoda al venir a buscar a Ricardo, cuando te apetezca hacerlo; porque esta semana no has vuelto a venir, desde aquello… y a mí me gusta…

-Sí, bueno -cortó Anabel-, es que he tenido mucho lío en el trabajo.

Jorge se quedó callado, mirando a Anabel; pero ella se dirigía ya hacia su hijo, para entrar en misa. Jorge les siguió, resoplando. Lope dejó escapar media sonrisa y le hizo una carantoña a Fernandito.

Jorge no se atrevió a continuar la conversación después de misa. Serio, con los ojos clavados en el suelo, no se fijó en las miradas fugaces que Anabel le dirigía, poco antes de irse.

Porque Anabel no podía negar que aquel muchacho le interesaba. Le gustaba lo educado que era, su manera de hablar, las cosas que le contaba; cómo trataba a Ricardo, que se pasaba el día narrando anécdotas de sus clases con él. Le gustaba su forma de tomarse la vida, austera, concentrada en las cosas realmente importantes. Además, era guapo; pero el atractivo de su rostro iba más allá del simple trazo de huesos y músculos. Aquel ser estaba animado por un espíritu cuya cercanía, a ella, le recordaba la sensación de estar sentada junto a una hoguera. Sí, Jorge le daba calor; le daban ganas de acurrucarse entre sus brazos. Estaba convencida de que aquél podía ser el lugar más seguro del mundo.

Y él también parecía estar interesado. Pero Anabel enseguida trataba de desvanecer estas ilusiones románticas, obligándose a pensar en todos los impedimentos. Jorge nunca estaría con alguien que no fuese católico. En sí, aquello no le producía rechazo a ella; estaba dispuesta a dejarse enseñar. Si alguien como Jorge era católico, quizá valiera la pena saber un poco más de cómo entendía él las cosas. Pero era imposible. Ella hacía lo que hacía. Y no iba a dejar de hacerlo, en mucho tiempo. No había más que hablar, ni que pensar, ni que soñar. Era imposible.

Jorge, por su parte, seguía buscando la manera de confirmar lo que había escuchado en “El Dique Seco”. Pero no sabía con quién hablar del tema; ni siquiera sabía cómo plantear tal conversación. Pensó en pedir ayuda a Lope, pero, después de pensarlo un rato, prefirió mantenerlo al margen.

Después de cenar, Jorge tuvo una idea. No era brillante, mas bien era estúpida, pero al menos le permitía hacer algo más que pensar sin parar sentado en una silla. Cogió la furgoneta y empezó a dar vueltas por los alrededores del pueblo. Cada vez que se encontraba con un local con determinado aspecto exterior, entraba a echar un vistazo. Al entrar en el primero sintió timidez y un poco de miedo. Le recibieron luces de colores, música estridente y mujeres semidesnudas; sonrisas falsas e insinuaciones excesivas. Hombres narcotizados por el alcohol y el ambiente, jugando a sentirse deseados, tratando de olvidar que sólo el dinero podía acercar a una de aquellas mujeres hasta ellos. Niñatos riéndose sin sentido, tratando de poner en práctica todo lo que veían en televisión e internet.

Jorge fue incapaz de pedir algo. Salió casi corriendo a respirar. ¿En ese mundo tenía que buscar a Anabel? Pues sí, en ese mundo se ganaba la vida Anabel. Jorge se dio la vuelta y entró de nuevo. Se acercó a la barra y pidió un refresco. Cuando la camarera se acercó con la bebida, Jorge le preguntó si allí trabajaba una tal Anabel. La camarera hizo gesto de no haber oído nunca aquel nombre. Jorge tomó un único trago, pagó, y volvió a la carretera.

Jorge se preguntó cuántos puticlubs podía haber en la zona. Dos horas más tarde, empezó a preguntarse si no sería aquélla la principal actividad económica de la comarca. El siguiente sería el último. Estaba agotado y harto.

Se sentó sin ganas en la barra. Volvió a pedir el mismo refresco y volvió a hacer la misma pregunta.

-Sí, claro -respondió la camarera, de muy buen humor-. Creo que ahora mismo está arriba, pero no tardará en bajar.

Se alejó a buscar el refresco de Jorge, mientras éste se sentía envuelto en un súbito silencio, completamente ajeno al ruido de la pista de baile. Ahora mismo está arriba, se repitió. Miró hacia las escaleras oscuras del fondo, apenas iluminadas por lucecitas bajas que indicaban la presencia de cada uno de los escalones. Ahora mismo está arriba. La camarera le sirvió el refresco. Jorge bebió, con la mirada fija en aquellos escalones.

Unos pies aparecieron en la escalera; eran de un hombre de unos sesenta años, calvo, ligeramente gordo. Cruzó por delante de la pista de baile, colocándose el volumen de la entrepierna. Jorge le siguió con la mirada, hasta que salió a la calle.

Sentía el estómago contraído. La camarera trató de animarle con algún comentario picante, pero Jorge no escuchaba. Su mirada estaba fija en aquella escalera. No era consciente del paso del tiempo. Quizá fueron diez minutos, desde que bajara el viejo gordo. Entonces aparecieron unos pies de mujer, subidos en unos tacones larguísimos. Una minifalda negra ceñía unas caderas preciosas. Y Anabel apareció, mirando hacia la pista de baile. La camarera le hizo señas. Jorge tardó en reaccionar, pero ya no había nada que hacer: Anabel se acercaba. Jorge se levantó y pidió la cuenta. Mientras iba a buscar la vuelta, la camarera le dijo algo a Anabel y señaló en dirección a Jorge. Sus miradas se cruzaron.

Los ojos de Anabel se abrieron desmesuradamente y su rostro se congeló, como si hubiese dejado de correr la sangre por las venas de su cara. Jorge no esperó. Balbuceó un lo siento, aunque no sabía por qué decía aquello exactamente, y se fue. Los brazos de Anabel se dejaron caer sin vida. La camarera volvió con la vuelta de Jorge, sólo para ver su espalda a lo lejos; miró a Anabel, pero ésta también se iba, con los labios temblando y los ojos húmedos, de regreso hacia las escaleras.

Detalle de un cuadro de Malcolm T. Liepke

Detalle de un cuadro de Malcolm T. Liepke

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XV)

Rocinante andaba tranquilamente, bajando la cabeza de vez en cuando hasta el camino para olisquear algo que le había llamado la atención. Jorge miraba sin demasiado interés la inmensa nube gris que había ocupado completamente el cielo. La marejada dibujaba finos segmentos blancos en el agua revuelta. El viento jugaba, pero sin molestar.

El camino de tierra corría paralelo al borde de los acantilados, a una distancia de unos cien metros. Un barco mercante cruzaba el horizonte.

Al ir a buscar a Rocinante, Lope no le había preguntado nada, aunque su forma de mirarle daba a entender que sabía que necesitaba estar un rato solo.

Pensaba sin parar en Anabel y en la fea escena que había tenido lugar en su casa. Se echó en cara una vez más su falta de tacto. Desde luego, su forma de actuar, tan soberbia, era la mejor manera de impedir cualquier acercamiento de Anabel a un catolicismo más coherente. Pero Jorge sabía que aquello no le producía tristeza sólo por el hecho de ser un mal evangelizador. Anabel le atraía, era evidente. Además, le estaba cogiendo mucho cariño a Ricardo. Le dolía pensar que aquel niño de tan buenos instintos estaba creciendo sin padre. Se preguntó otra vez qué habría pasado, para que Anabel tuviese que criar sola a su hijo.

Rocinante despertó piafando a Jorge de sus reflexiones. El animal, ante la inactividad de su jinete, se había detenido en el camino; y empezaba a aburrirse. Jorge sonrió y acarició el cuello del caballo. Apretó un poco con sus piernas a Rocinante y éste volvió a andar, dando un cabezazo.

Sí, Anabel le gustaba. Y él tenía muchas ganas de formar una familia. Que ella ya tuviera un hijo podía suponer una complicación, pero lo cierto era que el chaval parecía tenerle aprecio. Lo pasaba muy bien cuando venía a la granja y atendía con interés a las lecciones de Jorge. No, Ricardo no supondría ningún problema.

Pero había muchas dudas que resolver. En cualquier caso, Jorge se había decidido a cortejar a Anabel. Aunque, antes de nada, tendría que pedirle perdón.

Alegre por la resolución que había tomado, Jorge picó espuelas e hizo trotar a Rocinante, que resopló sorprendido. Un grupo de gaviotas planeaba en los acantilados, dejándose mecer por el viento, apareciendo y desapareciendo tras la línea de roca. Jorge puso a Rocinante al galope, en dirección al pueblo. La vida no podía ser más intensa y emocionante para él. Se sentía pletórico, repleto de sueños y esperanzas.

Detuvo el ritmo al ver las primeras casas. Fue saludando sonriente a los pocos vecinos con los que se encontraba. Dejó a Rocinante atado en el descampado colindante y se introdujo en “El Dique Seco”. Toño le saludó con una mano. Había bastante gente: tres mesas estaban ocupadas, y un par de personas más bebían en la barra. Jorge pidió un café solo y se sentó en una mesa libre. Toño le acercó el café. Intercambiaron comentarios sobre el tiempo y Toño regresó a la barra.

Jorge saboreó el café y empezó a cargar una pipa. Pensaba en la mejor ocasión para disculparse con Anabel; el domingo, después de misa, estaría bien. O quizá antes. Aunque, claro, ella vendría con Ricardo. Y prefería hablar con ella en privado. Quizá si la esperaba a la salida de su trabajo… Pero, para eso, tendría que saber dónde trabajaba. ¿Lo sabría el Padre Miguel? No tendría que ser muy difícil descubrirlo, en un pueblo tan pequeño.

Unas carcajadas estallaron en la mesa de al lado. Dos hombres de unos cincuenta años bebían cerveza y compartían obscenidades. Jorge trató de volver a sus agradables reflexiones. Pero no pudo.

-…te lo juro, qué manera de mover el coño… -dijo uno de ellos, antes de darle un trago a su cerveza- Vale lo que cuesta, bien lo sabe Dios.

-¿Es cara? -preguntó el otro, intrigado.

-Un poco más de la media; pero claro, no es una putilla de esquina cualquiera.

El otro asintió sonriendo.

-Pues tendré que pasarme un día, entonces -dijo- ¿Cómo dices que se llama?

-Anabel.

Los labios de Jorge se separaron un par de centímetros.

-Anabel… ese nombre me suena -dijo el otro, mientras cerraba los ojos para pensar-. ¿No es la que tiene un niño, que vive donde mi prima Patricia?

-¡Esa misma! Sí, que el niño se llama…

Los dos se quedaron pensativos. Jorge les miraba, sin importarle molestar. Sólo quería escuchar ese nombre.

-¡Ricardo! -estalló uno de ellos.

-Ricardo, eso es -dijo el otro.

Siguieron hablando y riéndose. Jorge miraba su pipa, que seguía en su mano, esperando a ser encendida.

Covered veil

“Covered veil”, de Malcolm T. Liepke

EL REFLEJO

“Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante vuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino. ¡Y el hombre que lleva el espejo en su cuévano será acusado por ustedes de ser inmoral! Más justo sería acusar al largo camino donde está el barrizal y, más aún, al inspector de caminos que deja el agua estancarse y que se formen los barrizales.”

Rojo y negro, de Stendhal; Cátedra, 2013; pg. 512.

"Ante el espejo", de Malcolm T. Liepke

“Ante el espejo”, de Malcolm T. Liepke

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XI)

Anabel entró en la iglesia con timidez. Adelantó la cabeza, como queriendo cerciorarse de que no molestaba a nadie por cruzar el umbral. La iglesia estaba vacía, salvo por la vieja Dolores, que pasaba las cuentas de su rosario mientras rezaba en un susurro indiscernible.

Anabel se quedó mirando la piedra a su izquierda. Su presencia le producía un respeto supersticioso. Se acercó un poco más. La acústica del lugar producía la sensación de que el susurro de la vieja Dolores salía de aquella piedra enorme, extrañamente redonda. Anabel adelantó una mano, hacia la cruz labrada en su superficie.

-Anabel… -oyó decir. Retiró la mano, temerosa.

Notó que alguien le tocaba el hombro. Se dio la vuelta, asustada.

-Anabel -repitió en voz baja el Padre Miguel, que acababa de entrar en la iglesia.

-Uf, Padre, qué susto me ha dado… -dijo, llevándose al pecho la mano que había acercado a la cruz.

El Padre Miguel sonrió y le pidió perdón. Salieron fuera, para poder hablar con normalidad. Se sentaron en el poyo de piedra. Anabel venía a interesarse por los horarios y otros detalles de la catequesis. Fue apuntando en una libretita que sacó del bolso lo que le iba diciendo el sacerdote. Cuando terminaron, volvió a meter la libretita en el bolso.

-¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas, Anabel? -preguntó de repente el Padre Miguel.

Anabel le miró con los ojos muy abiertos. Trató de recordar.

-Pues… desde mi primera Comunión, me temo… -respondió Anabel, con media sonrisa

-Anabel -empezó el cura, con el rostro súbitamente serio-, no hay mejor catequesis para un niño que el ejemplo de sus padres. Mis clases de doctrina católica no servirán para nada, si Ricardo no vive el catolicismo en su propia casa.

La sonrisa desapareció de la boca de Anabel.

-Lo entiendo, Padre- dijo, incómoda-. Haga lo que pueda. No le pido milagros.

Anabel buscó su tabaco.

-¿Le importa…? -preguntó.

El Padre Miguel dijo que no con un gesto. Anabel se encendió un cigarrillo. El Padre Miguel mantenía fija la mirada en sus ojos.

-¿Por qué quieres que Ricardo haga la catequesis, Anabel?

Ella echó el humo hacia arriba y rehuyó la mirada del Padre Miguel.

-No sé… -dudó Anabel- Ricardo no tiene padre. Creo que le vendrá bien una ayuda en su educación… Creo que me vendrá bien a mí, también, recibir algo de ayuda para educarle…

El sacerdote asintió, comprensivo. Anabel trataba de leer en el rostro del cura, a través de miradas fugaces.

-¿No te gustaría confesarte? -insistió el Padre Miguel.

Anabel torció el gesto; su incomodidad aumentaba.

-Se supone que el que se confiesa tiene que tener propósito de enmienda, ¿no, Padre?

El sacerdote asintió, con un gesto que daba a entender la evidencia de aquella frase.

-El propósito de enmienda es algo que yo no me puedo permitir, Padre -dijo Anabel, clavando la mirada en la de su interlocutor.

El Padre Miguel aguantó la mirada de Anabel. Bajó los ojos para preparar su siguiente pregunta.

-¿No es posible ganarse la vida de otra manera?

Anabel soltó el humo resoplando con una mueca irónica.

-¿Qué quiere que haga, Padre? ¿Que estudie un máster?

La seriedad del rostro del sacerdote volvió a borrar la mueca de la cara de Anabel.

-Podría buscar otra cosa, supongo… -admitió Anabel, mirando hacia otra parte- Pero nada que me dé el dinero necesario para que Ricardo siga estudiando en el carísimo colegio en el que está ahora.

El Padre iba a decir algo, pero Anabel se levantó.

-Lo mío ya no tiene remedio, Padre -dijo, con la voz tensa-, pero aún le puedo dar un futuro a mi hijo. ¿Supone eso algún problema para que pueda hacer la catequesis con usted?

El Padre Miguel la miró en silencio, aún sentado. Se levantó sin prisas.

-No, Anabel. Trataré de darle la mejor catequesis posible. Es lo que intento hacer siempre, con todos los miembros de mi comunidad parroquial.

Anabel asintió nerviosa. Tiró la colilla al suelo, dispuesta a marcharse.

-Anabel, quería proponerte algo -dijo el Padre; ella prestó atención, sospechando alguna otra pregunta incómoda-. Hay un joven, Jorge; creo que se lo presenté hace poco, a la salida de misa. Lleva unos meses viviendo en el pueblo. A pesar de su juventud, es un católico muy bien formado. Además, es licenciado en filosofía. Sé que Ricardo saca buenas notas, pero creo que no le vendría mal recibir unas clases de apoyo. ¿Qué le parece si hablo con este joven, a ver qué le parece darle unas clases particulares a Ricardo? Por los amplios conocimientos de Jorge, podrían también servir como complemento de la catequesis.

Anabel miró al cura fijamente.

-Sólo si el joven acepta ser retribuido por mí -dijo ella, con voz excesivamente firme.

El Padre dudó un instante. La boca de Anabel empezaba a formar una sonrisa sarcástica.

-De acuerdo -se decidió el cura-. De acuerdo. Usted le pagará.

La sonrisa de Anabel se congeló y un gesto de leve sorpresa se dibujó en su rostro.

-Muy bien, Padre -dijo por fin-. Si así lo quiere usted, así será.

Anabel le dio la mano con frialdad y se marchó. El Padre la siguió con la mirada. Cuando la perdió de vista, entró en la iglesia. Se arrodilló en un banco y empezó a rezar con el cuerpo tenso. Pronto se relajó, sosegado por el murmullo de la vieja Dolores.

Chamorro 013

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (III)

El sol del amanacer descubrió a Jorge trabajando en sus cultivos. Poseía una finca de tres hectáreas que había comprado al descendiente de un antiguo habitante del pueblo. Fue necesario contactar con dicho descendiente, en una ciudad bastante lejana, para llevar a buen fin el negocio; el hombre había olvidado que tenía en propiedad aquella tierra, así que la oferta de Jorge le cayó como una agradable e inesperada sorpresa. La alegría provocada por su buena suerte hizo que el descendiente se conformase rápidamente a la oferta inicial, así que Jorge consiguió la finca a buen precio.

Mientras examinaba el bancal que acababa de preparar, Jorge pensó en las vueltas que había dado su corta vida hasta su actual estado de agricultor.

Recordó su precoz pasión por la lectura, animada en un principio por sus padres, propietarios de una extensa y bien elegida biblioteca; aunque no tardaron en ver tal afición un tanto excesiva para un niño de su edad; pues era frecuentemente encontrado sentado en el suelo, rodeado de libros abiertos por diversas páginas, y casi nunca entre juguetes o en compañía de otros niños.

Su padre era un próspero ingeniero industrial, que acrecentó su fortuna personal con algunas inversiones bien meditadas, entre las cuales no fue la menos exitosa casarse con la hija de una de las familias más poderosas del espectro conservador del país. Y, aunque no estaba entre sus planes, el hombre se sorprendió a sí mismo perdidamente enamorado de su mujer, católica educada en las mejores instituciones extranjeras que el dinero podía pagar. La pasión que su marido demostraba por ella derritió el estricto sentido del deber con el que la joven había emprendido el camino del matrimonio, recibiendo a manos llenas, sin haberlo sospechado, el don de la felicidad. Los hijos no tardaron en llegar: Jorge era el menor de cinco hermanos, todos hombres, salvo la primogénita.

Todos los profesores que fue conociendo Jorge se entusiasmaban con sus extraordinarias cualidades, al tiempo que se hallaban profundamente preocupados por las dificultades que les suponía dirigir y controlar las lecturas del joven, siempre demasiado libres para los gustos del entorno en el que había nacido. De hecho, las lecturas peligrosas le convirtieron en un polemista formidable, y sus padres asistieron con creciente preocupación al continuo campo de batalla en que se convertían las comidas familiares o las cenas con invitados, en las que Jorge solía sentir la necesidad de corregir cualquier opinión que él consideraba errónea o cualquier prejuicio que él creía estúpido.

La religiosidad meramente sociológica en la que fue criado apenas pudo soportar los terribles embates que las lecturas de Jorge le infligían, pero siguió asistiendo a los oficios por amor a su madre. Sin embargo, cada vez se sentía más alejado de aquella doctrina que él percibía dulzona y sentimentaloide, tan ajena, desde su punto de vista, a los auténticos problemas y realidades que la existencia le planteaba. Prefería la fe agónica de Unamuno a cualquier homilía que pudiera escuchar.

Así las cosas, Jorge decidió estudiar filosofía. Sus padres no se sorprendieron demasiado y, aunque sabían que aquella carrera no le haría rico, sabían que podría obtener con facilidad un buen puesto de profesor, en cualquiera de los múltiples colegios o universidades hasta donde llegaban sus contactos e influencias.

El primer disgusto serio, recordó Jorge, se produjo cuando decidió estudiar en la universidad pública. Quería hacerlo para alejarse del ambiente en el que había crecido y conocer lo que para él era el mundo real: ese mundo al que pertenecía la mayoría de la población, de posibilidades económicas limitadas, obligada a labrarse un futuro a base de su propio talento y esfuerzo personal. Su padre torció el gesto al conocer la noticia y su madre trató de cambiar tal decisión con todas las tácticas y chantajes emocionales de que fue capaz, incluidas gran cantidad de lágrimas y caras tristes y amargadas. No hubo manera.

Así Jorge pudo asistir a clases y tertulias en las que se estudiaba, leía y discutía a Marx, Nietzsche y Freud; se empapó de Ilustración, de Romanticismo, de Idealismo; de Existencialismo y Materialismo; de modernidad y de postmodernidad. Los dogmas de su moribunda religiosidad fueron conceptualizados a través de Kant y Hegel. Su pensamiento político se aparejó con las reflexiones de buena parte de los teóricos y prácticos revolucionarios de los dos últimos siglos.

Las nuevas amistades y relaciones le pusieron al tanto del hedonismo desatado de la época; pero, a pesar de sus cantos de sirena, Jorge nunca sintió la necesidad de acompañar a sus colegas en sus aventuras. A pesar de todas las provocaciones y voluptuosidades que soportaba, su corazón seguía soñando, en el fondo, con amores eternos y puros. Aunque pudo sentirse atraído por más de una compañera de estudios, ninguna de tales atracciones le supuso un trance demasiado peligroso a la hora de mantener una castidad que tampoco se había propuesto salvaguardar. Simplemente, ocurrió así.

Y es que nada le excitaba tanto como un razonamiento riguroso; pero, simultáneamente, leer a Dostoyevski o Tolstoi le proporcionaba una armadura contra todos los decadentismos que medraban a su alrededor. Su capacidad crítica respecto de la contemporaneidad se agudizó, gracias a autores como Houellebecq o Cormac McCarthy, lo que le impidió convertirse en un mero intelectual transgresor.

Su retorno a la fe en la que se había criado se produjo a través del giro intelectual de uno de los profesores por los que más veneración y respeto sentía. Este hombre, famoso entre sus alumnos por su rigor filosófico y su marxismo revolucionario, había empezado a leer a Chesterton, lo que le había llevado a romper con su pasado y hacer extraordinarias apologías públicas del catolicismo, para pasmo general y no poca chanza por parte de casi todos sus antiguos seguidores y camaradas.

Jorge recordó que él mismo ya se había ido distanciando de aquel ambiente universitario, que tanto le había entusiasmado en un principio; y seguir la senda marcada por su profesor le proporcionó la oportunidad de abrirse a nuevas lecturas; las cuales le descubrieron un catolicismo tan distinto de aquél en que había sido formado, que llegó a pensar que se trataba de una religión distinta. El estudio le hizo concluir que, realmente, la excepción era el catolicismo de las últimas décadas, y no ése que le ofrecían autores como el propio Chesterton, Hilaire Belloc, Léon Bloy y otros. De éstos pasó a los Doctores y Padres de la Iglesia, sus auténticas fuentes, que ocuparon sus últimos momentos en la carrera.

Su madre contempló con inmensa alegría cómo su hijo volvía a ir con ella a misa. Pero el entusiasmo inicial pasó a convertirse en un nuevo motivo de preocupación, porque las discusiones en las reuniones familiares no disminuían, sino que tomaban derroteros inesperados. Ya no era criticada la Iglesia, ni la religión, sino la Iglesia actual y su -como recordaba Jorge expresarlo para escándalo de todos los que le escuchaban- desvío y olvido de los auténticos paradigmas de la Tradición católica.

Sus padres no tenían herramientas para analizar las claves de aquella actitud; les bastaba con percibir la incomodidad de las visitas, todas ellas con una posición envidiable en el catolicismo institucionalizado. Para alcanzar una explicación, su madre trató el tema con sus familiares religiosos, quienes, en opinión de Jorge, le proporcionaron una visión ridícula del asunto, muy propia de las posturas que él tanto criticaba: según ellos, su hijo era algo peor que un librepensador marxista, su hijo era un católico tradicionalista.

-No falta mucho para que su hijo empiece a ir a misa en latín… -le dijo un sacerdote amigo de la familia, tras una cena especialmente tensa.

Pero, aunque el tema litúrgico también era de su interés, Jorge estaba centrado en el estudio del distributismo, propuesta de orden político y económico que habían desarrollado Chesterton y sus amigos en las primeras décadas del siglo pasado. Decidió dedicar su trabajo fin de máster al análisis de los fundamentos teóricos de aquel movimiento. Y mientras estudiaba, una idea fue creciendo en su interior.

Terminado el máster, mientras preparaba los papeles para matricularse como doctorando, Jorge empezó a investigar sobre distributistas actuales. Descubrió que había muy pocos; es decir, había mucha gente entusiasmada con Chesterton y sus ideas, pero había muy poca dispuesta a poner en práctica esas ideas que, supuestamente, tanto les entusiasmaban.

Se puso en contacto a través de internet con Kevin Ford, joven católico estadounidense que había dejado su trabajo como profesor de instituto para montar una granja. Viajó hasta Kansas para conocerle. Viajó a Norcia, para visitar a los jóvenes monjes que acababan de iniciar un negocio de fabricación de cerveza. Siempre que tenía noticia de un nuevo proyecto mínimamente inspirado en las ideas chestertonianas, Jorge cogía un avión para conocerlo in situ.

En medio de uno de estos viajes, le llegó la noticia de la muerte de su padre. Sumido en una profunda tristeza, Jorge olvidó durante unas semanas sus sueños y proyectos, mientras ofrecía compañía a su desolada madre, absolutamente destrozada por la pérdida de su marido.

Pero Jorge se encontró de repente en una situación inesperada: era heredero de una inmensa cantidad de dinero. Y la tristeza dio paso a un atronador regreso de los sueños y proyectos, súbitamente posibilitados por la herencia que le había dejado su padre.

Realizó un nuevo viaje, esta vez a un lugar de la costa, hogar de una tía suya, casada con un almirante que estaba destinado en una base naval cercana; allí había pasado largas vacaciones de verano durante su infancia y adolescencia,. Tenía un gratísimo recuerdo de aquellas estancias y de la belleza del lugar, no excesivamente manoseado por la industria moderna. Exploró la zona y se interesó por las fincas en venta. Fue así como acabó encontrando las tres hectáreas en las que ahora mismo vivía.

Cuando no quedó más remedio, porque llegaba el momento de mudarse, Jorge comunicó la noticia a su madre y hermanos. Aunque habían pasado ya unos meses desde la muerte de su padre, todos le echaron en cara lo inadecuado del momento. Su madre, rebosando tristeza y enfado, no quiso despedirse de él.

Y Jorge abandonó su antigua casa, para ir a vivir cerca de los acantilados.

Kevin

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XXII)

Toño fumaba tras la barra de “El Dique Seco”, sentado encima de un congelador. Miraba llover a través de la ventana, que había abierto para sentir el frescor del ambiente. El bar estaba vacío.

La lluvia era fina, pero insistente. Había empezado a llover hace dos días. Toño fumaba con la naturalidad del adicto. Tiró la colilla por la ventana y se encendió otro cigarrillo sin apartar en ningún momento la atención de sus pensamientos. Los tres güisquis que se había tomado le ayudaban a mantener la concentración.

Dio un respingo al abrirse la puerta del bar. Era el Padre Miguel, con abrigo negro largo y paraguas empapado. Lo dejó en el paragüero y se desabotonó el abrigo, mientras se iba acercando a la barra. Toño cerró la ventana y se bajó del congelador.

-¿Qué va a ser, Padre? -preguntó, aunque ya estaba empezando a preparar el pedido habitual del cura.

-Café solo con un chorrito de orujo, por favor.

El Padre se sentó en una banqueta.

-¿No prefiere que se lo lleve a una mesa? -preguntó Toño.

-No, estoy bien aquí -dijo el sacerdote, con la mirada despistada.

Toño sirvió el café, echó el chorrito de orujo, y se sentó en otra banqueta que él tenía tras la barra, justo enfrente del cura. Ambos se quedaron en silencio, mirando llover a través de los cristales.

El rostro del Padre se retorcía en una conversación imaginaria. Toño le miró durante un rato, absorto en aquella película muda. Parecía discutir con alguien, ahí dentro.

-¿No se cansa de oír confesiones, Padre? -preguntó Toño, desde detrás del cigarrillo.

El cura apretó los ojos, como si algo le impidiese oír lo que decía su contrincante imaginario. Se giró, descubrió que allí estaba Toño, y comprendió el origen de la molestia.

-¿Perdón?

-Le preguntaba, Padre -repitió Toño con parsimonia- si no se aburre de escuchar confesiones.

El Padre elevó las cejas y tomó un sorbito.

-Si me aburro, peor para mí -dijo, con media sonrisa.

Toño también sonrió y asintió risueño.

-Quiero decir -explicó, mientras empezaba a servirse el cuarto güisqui-, que debe de ser agotador escuchar constantemente las miserias de los demás. Sobre todo cuando uno tiene sus propios, y serios -recalcó-, problemas.

-No es fácil, no -confirmó-; pero nadie me obligó a ir al seminario.

Se miraron fijamente. Los párpados de Toño subían y bajaban con lentitud.

-Los humanos somos una mierda, ¿verdad? -preguntó Toño, con auténtica duda- Así, en general, quiero decir…

-Si lo que quieres decir es que todos somos pecadores, sí, es cierto, todos lo somos.

-No, lo que quiero decir es que somos todos una puta mierda, Padre… con perdón. Se salvan… -Toño adelantó una mano y empezó a contar con los dedos-… tres, cuatro, como mucho… como muy mucho.

El Padre Miguel se quedó mirando a Toño, que volvía a dirigir su atención hacia la lluvia.

-¿Cómo está tu mujer? -preguntó, dando el último sorbo a su café.

-Como una mierda -respondió Toño con media sonrisa, que enseguida se transformó en una mueca agotada-. Todo va como una mierda, Padre.

Toño se rascó el pecho, mientras seguía mirando el exterior. Sus ojos enfocaron algo que sólo él veía.

-Y después hay gente… ¡tan buena! -exclamó, sin mirar al cura- ¡Tan jodidamente buena! Y uno se pregunta… Se pregunta, pero, ¿cómo coño es posible que esta persona sufra tanto? ¿Cómo puede tener tan mala suerte? Anabel… Anabel, Padre… ¡es tan buena persona! Y que le pasara aquello… Yo… La puta que me hizo, Padre, si entiendo la puta vida. No entiendo una mierda, la verdad…

El Padre Miguel intentó decir algo, pero Toño no le dejó.

-Porque yo… bueno, yo me lo he podido ganar, lo que me ha pasado -siguió, señalándose el pecho con las dos manos, hablando entre dientes, con el cigarrillo en la boca-. Al menos eso piensa mi mujer. Por eso se ha vuelto loca. O sea, que yo la volví loca. O sea, que yo la he vuelto loca es evidente… Bueno, se volvió loca cuando se lo encontró allí, tirao en la cocina, con la jeringuilla colgando del brazo -Toño hizo una pausa, en la que dos lágrimas aprovecharon para bajar por sus mejillas-. Yo venía de una reunión del sindicato, estábamos en medio de toda la movida del cierre de los astilleros; estaba hasta arriba: de reuniones, de manifestaciones, de recibir hostias de la policía, de que me mintieran todos los putos políticos del país… Pero yo seguía ahí, al pie del cañón, luchando por nuestros puestos de trabajo, por el futuro de la comarca…

Toño miró al Padre, que le escuchaba atentamente. El gesto de Toño se tensó, de repente.

-Eso es lo más jodido, Padre, lo más jodido de todo; porque si uno la jode a propósito, o sabiendo que existe la posibilidad de cagarla… pues bueno, jódete, aguanta con lo que te toque… Pero, si uno piensa que está haciendo lo correcto, que está peleando por algo importante…. ¡Joder, Padre, ella se enamoró de mí por eso! -gritó- ¡Porque yo era un luchador! ¡Yo era un gran hombre! ¡Un gran líder sindical! -Toño sollozó- Mis compañeros confiaban en mí, me querían… -trataba de seguir hablando, pero le faltaba el aire- Y yo sabía que quizá no le dedicaba todo el tiempo necesario al chaval… ¡Pero había una razón! ¡Había una puta razón! ¡No me estaba emborrachando por ahí, no me iba de putas! -un hilillo de saliva empezó a caer de los labios de Toño, retorcidos por los sollozos- ¡Era una causa justa! ¡Era una causa justa!…

Toño se dejó caer en el suelo, sentado. El Padre Miguel entró en la barra y se agachó a su lado, con los ojos enrojecidos, tratando de levantarlo.

-Y ya no hay vuelta atrás, Padre… ya no hay puta manera de volver atrás…

El Padre Miguel dejó de intentar levantar a Toño y lo abrazó, mientras éste se retorcía en el suelo, gimiendo y sollozando.

Astano en loita

GRANJA Y ESCOPETA (II)

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“Me llamaban pro-bóer y, a diferencia de otros pro-bóer, yo me sentía muy orgulloso del título. Expresaba exactamente lo que quería decir mucho mejor que sus sinónimos idealistas. Algunos intelectuales repudiaban indignados el término y afirmaban que no eran pro-bóer sino sólo amantes de la paz o pacifistas, pero yo era decididamente pro-bóer y decididamente no era un pacifista. Opinaba que los bóers hacían bien en luchar; no que cualquiera haga mal en luchar. Creía que sus granjeros tenían todo el derecho de coger el caballo y el rifle en defensa de sus granjas y de su pequeña comunidad agraria, que había sido invadida por un imperio más cosmopolita al mando de financieros igualmente cosmopolitas.”

Autobiografía, de Gilbert Keith Chesterton; Acantilado, 2003; pg. 127.boer-guerrilla-commandos-boerwar

CONTRASTES Y CLAROSCUROS

Sentados a la mesa nueva de la cocina, que tan agradable hace la tertulia tras el yantar, comento con mi mujer cierta duda de estilo.

Me preocupa que el excesivo contraste emocional entre escenas desequilibre la lógica argumental de la narración, haciendo parecer incoherente el conjunto. Le digo si no sería mejor ir introduciendo ciertos signos de lo que va a ocurrir, justo antes de un cambio de tensión dramática, para escalonar las transiciones.

Ella me recuerda que nuestra opinión común es la contraria; pues es cierto que hemos hablado varias veces de este tema y siempre hemos concluido que uno de los grandes logros de la literatura barroca es precisamente ése: presentar contrastes de forma visceral, sin ningún tipo de complacencia con el lector o espectador. Y mi mujer me recuerda la razón: es el mejor estilo de escritura porque la vida es realmente así.

La reunión más agradable se puede convertir en segundos en la mayor de las tragedias, por la llegada de una noticia inesperada. Y la más terrible soledad puede desvanecerse ante el súbito reencuentro con un amor dado por muerto hace mucho.

Ese delirante vaivén de la fortuna y del existir, formidablemente representado, por ejemplo, en La vida es sueño. O el típico personaje gracioso -que Shakespeare llevó a la perfección narrativa- apareciendo en medio, o justo antes o justo después, de raptos, violaciones o asesinatos.

Sí, así hay que escribir. En salvajes claroscuros.

cristo velázquez

NIETZSCHE SOBRE CERVANTES

“Cervantes habría podido combatir la Inquisición, mas prefirió poner en ridículo a las víctimas de aquélla, es decir, a los herejes e idealistas de toda especie. Tras una vida llena de desventuras y contrariedades, todavía encontró gusto en lanzar un capital ataque literario contra una falsa dirección del gusto de los lectores españoles; combatió las novelas de caballería. Sin advertirlo, ese ataque se convirtió en sus manos en una ironización general de todas las aspiraciones superiores: hizo reír a España entera, incluidos todos los necios, y les hizo imaginar que ellos mismos eran sabios: es una realidad que ningún libro ha hecho reír tanto como el Don Quijote. Con semejante éxito, Cervantes forma parte de la decadencia de la cultura española, es una desgracia nacional. Yo opino que Cervantes despreciaba a los hombres, sin excluirse a sí mismo: ¿o es que no hace otra cosa que divertirse cuando cuenta cómo se gastan bromas al enfermo en la corte del duque? Realmente, ¿no se habría reído incluso del hereje puesto sobre la hoguera? Más aún, ni siquiera le ahorra a su héroe aquel terrible cobrar conciencia de su estado al final de su vida: si no es crueldad, es frialdad, es dureza de corazón lo que le hizo escribir semejante escena final, es desprecio de los lectores, cuyas risas, como él sabía, no quedarían perturbadas por esta conclusión.”

“-¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

[…] Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después de este donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.”

Fragmento inédito de Friedrich Nietzsche, de la primavera-verano de 1877; citado por Andrés Sánchez Pascual en su edición de La genealogía de la moral, Alianza, 1997, pgs. 212-213; Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; RAE, 2004; pgs. 1102-1103, 1104.

muerte-quijote

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA ACCIÓN

“En todo este tiempo en el que me he detenido a hacer disquisiciones sobre la acción, he experimentado la constante sensación de que hay algo en todo esto insuficiente. En efecto, lo que sucede es que la acción no puede expresarse con palabras. La acción, como tal, jamás podrá reflejarse con algún discurso. Cuando se intenta exteriorizarla con palabras la acción se diluye como el humo, sin dejar rastro, y cualquier intento de construir un discurso lógico sobre ella parece absurdo y ridículo a los ojos de un hombre de acción.”

Introducción a la filosofía de la acción, de Yukio Mishima; incluído en las Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, La Esfera de los Libros, 2001; pgs. 228.

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