EL GRITO DE LAS IDEAS

por El Responsable

“Sus ojos no podían apartarse de algo situado más allá de las lustrosas hojas de la camelia, donde, a través de una claraboya, ardían luces eléctricas en pleno día. Pensaba en las gruesas cuerdas que tomaban impulso en el aire para caer sobre la carne y volver a levantarse para recaer con renovada fuerza.

Isao miró nuevamente a los ojos del inspector y éste contestó a la pregunta muda de los suyos.

-Sí. Es un rojo. Los recalcitrantes se echan encima ese trato.

Era obvio que la policía trataba de hacerle comprender que, al revés de lo que les sucedía a aquellos individuos, le trataban a él con la mayor deferencia; que la amable ley derramaba toda su beneficiencia sobre su cabeza. Sin embargo, la táctica operó resultados contrarios a los esperados. En aquel momento, lo que sintió Isao fue como un ahogo de ira y de humillación. ¿En qué consisten mis ideas?, se preguntaba presa de la cólera. Si las ideas reales y verdaderas sustentadas por otros han de ser motivo de latigazos, ¿será que las mías son irreales? Se sentía encarado a la frustración, puesto que, a pesar de la enormidad que en sí suponía la puesta en práctica de lo que había proyectado, la reacción era tibia e inadecuada. Si ellos comprendieran la riqueza de terribles deseos puros que en su pecho latía, pensaba, necesariamente tendrían que odiarle. Pero por otra parte, si persistían en su falta de comprensión, sus ideas nunca recibirían el homenaje de la tortura; nunca se honrarían con el sudoroso desgarramiento de su carnes. De modo que sus ideas nunca gritarían como las de esos otros hombres.

Isao miró furioso a su interlocutor y gritó:

-¡Torturadme! ¡Torturadme ahora mismo! ¿Por qué no hacéis conmigo lo que con los demás? ¿Puede usted decirme por qué?

-Vamos, tranquilízate y no seas tonto. Es muy simple. Tú no nos acarreas problemas.”

Caballos desbocados, de Yukio Mishima; Alianza, 2007; pgs. 490-491.

Mishima Sebastian

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