CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (X)

por El Responsable

El concejal Robles salió a la puerta del ayuntamiento y le echó una ojeada al día: bastante luminoso, apenas manchado el cielo por unas cuantas nubes dispuestas al azar. Se rascó la barba de la mejilla derecha, saludó a un par de vecinos que pasaban por allí y se encendió un cigarrillo con parsimonia. Empezó a pasear por el pueblo, sin preocuparse demasiado por ir a ningún sitio en particular. Necesitaba pensar. Cosas importantes estaban ocurriendo y quería meditarlas reposadamente.

Pasó por delante de un local vacío. Lucía un cartel de SE VENDE en el escaparate. Se acercó. El polvo y la suciedad se acumulaban por todas partes. Un par de mesas vacías, absurdas en su inutilidad, permanecían dentro. Robles recordó que aquello había sido una pastelería. El negocio no pudo soportar la crisis posterior al cierre de los astilleros. El concejal hizo memoria de los dueños, un matrimonio joven con un par de niños. Se habían ido del pueblo, como tantos otros.

La comarca se moría, era evidente. En otros tiempos, cuando los astilleros funcionaban a plena capacidad, aquél había sido un buen sitio para vivir. El dinero se distribuía, lenta pero inexorablemente, desde cada uno de los ricos propietarios industriales, hasta el último de los habitantes de la comunidad. Pero aquello había terminado. Robles había tomado parte activa en la lucha para evitar que terminase. Pero habían perdido. Ahora su misión era devolver a la vida aquel trozo de mundo que tanto amaba.

Sin darse cuenta, se había quedado parado en medio de la calle. El sonido de un coche que se acercaba le despertó de sus reflexiones. Descubrió que del cigarrillo sólo quedaba la colilla. La tiró al suelo. Al tratar de orientarse, se encontró de pie frente a una carnicería. Hizo una mueca de disgusto, al recordar que tenía algo que hacer allí. Se rascó un momento la barba con la mirada perdida. Finalmente, entró.

En contraste con el local que había visto antes, aquel negocio parecía ir viento en popa. Todo daba la sensación de limpieza y orden . El género, muy diverso, tenía un aspecto magnífico. En un expositor lateral, incluso, se podían elegir algunos productos de tipo gourmet. El propio Robles, en no pocas ocasiones, se había llevado varios patés y aceites de oliva con denominación de origen. Les echó un vistazo fugaz y enseguida saludó a la dependienta. Era una mujer joven, de unos veinticinco años; guapa, media melena de pelo rubio casi blanco; los pómulos marcados, como suele ocurrir en los rostros eslavos.

-¿Usted es la nueva dependienta, entonces? -preguntó Robles, con una sonrisa.

-Así, es -dijo la mujer, devolviéndole la sonrisa.

-Me llamo Joaquín Robles -se presentó, estirando la mano por encima del expositor de cristal-. Soy concejal en el ayuntamiento. ¿Cómo se llama usted?

-Sonia -respondió la mujer, tardando en reaccionar.

-Encantado, Sonia -Robles mantenía la sonrisa- ¿Rusia…?

-Ucrania -corrigió ella.

-Muy bien, Sonia. ¿Le gusta el pueblo?

La mujer se relajó un poco, pero no demasiado.

-Pues sí. Estoy contenta -confirmó.

-Me alegro mucho, Sonia; espero que esté entre nosotros todo el tiempo que desee. Necesitamos sangre nueva en el pueblo -dijo Robles, sonriendo; la mujer pareció relajarse definitivamente; el concejal volvió a estirar la mano y dejó una tarjeta de presentación encima del expositor-. Si tiene algún problema, no dude en avisarme -esto lo dijo muy serio, mirando fijamente a Sonia, que asintió, otra vez tensa-. No lo dude.

Una figura observaba la escena, detrás de otro expositor de cristal. Sonia se guardó la tarjeta, mientras miraba de reojo. Robles se encaró hacia la nueva presencia, sonriendo otra vez.

-Buenos días, Daniel -saludó el concejal-. Aquí estaba, conociendo a tu nueva asalariada -las sílabas de esta última palabra fueron pronunciadas con particular detalle y cuidado.

Daniel saludó con un gesto seco. Era calvo y bastante más gordo que Robles. Empezó a afilar cuchillos, mientras Robles se acercaba. El concejal se quedó mirando las carnes expuestas y empezó a encenderse un cigarrillo. El gordo dejó de hacer ruido con el cuchillo y se quedó mirando con resignada seriedad la llama que salía del mechero de Robles. Sonia, desde la otra punta, observaba la escena con los ojos muy abiertos.

-Robles, ¿te importaría no hacer eso? -preguntó el gordo, sin atreverse a mostrar enfado.

-Si te molesta, podemos ir a otro sitio -dijo Robles, encaminándose hacia la trastienda.

Daniel le siguió con desgana, mientras echaba una mirada de reojo a Sonia. La mujer salió de su pasmo para ir a abrir la puerta y ventilar la carnicería.

Llegaron hasta la puerta del almacén frigorífico. Robles echó el humo hacia el techo.

-He estado investigando en la seguridad social -soltó el concejal a bocajarro- y no he encontrado a ninguna ciudadana ucraniana llamada Sonia que haya sido dada de alta en las últimas semanas -Robles se acercó un poco más a Daniel, el cual se sentía evidentemente molesto por el humo del cigarrillo, que se le metía en la nariz- ¿Cómo puede ser posible tal cosa, carnicero?

Daniel miró hacia un lado sin contestar.

-Quizá me esté pudiendo el estrés de la política y empiezo a ver cosas; pero yo juraría que hay ahí una mujer rubia que está trabajando para ti. ¿O es tu amante, acaso, carnicero? Puede que la bigamia ya sea legal en este país…

-Déjate de rollos, Robles… -soltó Daniel, molesto.

Robles tiró el cigarrillo al suelo, con enfado.

-No, carnicero, déjate tú de rollos; antes de que acabe el día, quiero a esa chica con su situación regularizada -Robles clavó la mirada en Daniel-. Mañana volveré a echar un vistazo en la seguridad social; y si esa chica no está dada de alta, tendré que hacer un par de llamadas a mis camaradas del sindicato y hablar un rato con los servicios jurídicos del ayuntamiento. Porque, ¿sabes qué? Me parece que en este local no se cuida adecuadamente la higiene. ¡Mira! -Robles señaló la colilla que acababa de tirar al suelo; se agachó para recogerla y la acercó mucho a la cara de Daniel- Esto puede suponer una multa de importante cuantía, carnicero.

-Robles, no me jodas… -empezó a quejarse lastimeramente el gordo- ¿No es suficiente con que le haya dado un puesto de trabajo? La cosa está jodida, Robles…

-Pues si la cosa está jodida, deja de construirte una piscina -le cortó Robles, con una mueca irónica-. O vende alguno de tus tres coches. Haz lo que te dé la gana, carnicero; menos joder a los demás.

Daniel bajó la mirada, mientras se llevaba una regordeta mano a los labios, para taparlos. Robles se dirigió hacia la salida de la trastienda. Al llegar a la puerta, se paró y volvió a dirigirse a Daniel.

-Por supuesto, carnicero -Daniel se dio la vuelta hacia él con lentitud-; si esa chica pierde su puesto de trabajo por causas no reflejadas, ya no en la ley, sino en mi sentido común, ya sabes quién estará encima de tu chepa, como mínimo, hasta las próximas elecciones, ¿verdad?

Daniel no hizo ningún gesto. Simplemente miró a Robles de reojo, justo cuando éste ya regresaba a la parte principal de la carnicería. Se acercó a Sonia, que le miraba sin saber qué cara poner.

-Encantado de conocerla, señorita -dijo, dándole la mano-; ya sabe dónde estoy, para lo que fuere menester.

Robles salió a la calle, se encendió un cigarrillo y volvió andando tranquilamente al ayuntamiento, absorto en las jornadas que estaban por venir.

Retrato realizado por Andrew Drozdov (1970)

Retrato realizado por Andrew Drozdov (1970)

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