CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XVII)

por El Responsable

Jorge apoyaba la frente en una mano y miraba a Ricardo hacer sus deberes, sentado junto a él en la mesa de la cocina. Se preguntaba si hoy vendría a recogerlo su madre o se iría él andando hasta el pueblo, como solía. Se hacía muchas otras preguntas que le despistaban sin parar y por eso la clase de hoy no estaba siendo nada del otro mundo. Al final, aburrido de decir lo que él consideraba tonterías, había puesto a Ricardo a hacer unos ejercicios de matemáticas.

Terminada la clase, el chaval se marchó hacia su casa, un poco extrañado de la actitud de Jorge; quien le seguía con la mirada mientras se dirigía hacia el camino principal, dándole vueltas a sus dudas, sin encontrar la forma adecuada de despejarlas de una vez.

Llegó el domingo sin que se volviese a encontrar con Anabel. Lope notó su taciturno nerviosismo, según se iban acercando a la iglesia. Justo al llegar, empezó a llover; los parroquianos que aún no querían entrar, para hacer un poco de tertulia, se apiñaron bajo el techo que cubría los poyos de piedra. Yaima y las niñas se metieron dentro, mientras Lope se sentaba con el cochecito de Fernando a su lado. Jorge seguía de pie, vigilando el camino a la iglesia. Seguían llegando los parroquianos, bajo sus paraguas. Entonces vio correr a dos personas, a las que la lluvia había cogido por sorpresa. Eran Anabel y Ricardo. Jorge tragó saliva. Se pararon al llegar bajo techo, riendo. Ricardo saludó a Jorge y éste, tenso, apenas consiguió devolverle el saludo. Anabel sonreía, mientras recuperaba el aliento tras la carrera.

Lope miraba de reojo la escena. Cogió de entre los labios el puro que se acababa de encender y llamó a Ricardo, para comentarle algo sobre los caballos. Anabel y Jorge se quedaron solos.

-Hey… -dijo Jorge, incapaz de aguantar la mirada de Anabel.

-Hola -dijo Anabel, mientras se secaba unas gotas que le corrían por la cara.; vio que a Jorge le costaba hablar- Oye, con respecto a lo del otro día…

-Sí, quería hablarte de eso… -tartamudeó Jorge- Quería pedirte perdón, me comporté como un estúpido…

-No te preocupes. Fuiste sincero. Me gusta que la gente sea sincera.

-Sí, pero… -a Jorge le costaba encontrar las palabras- No me gustaría que te sintieses incómoda al venir a buscar a Ricardo, cuando te apetezca hacerlo; porque esta semana no has vuelto a venir, desde aquello… y a mí me gusta…

-Sí, bueno -cortó Anabel-, es que he tenido mucho lío en el trabajo.

Jorge se quedó callado, mirando a Anabel; pero ella se dirigía ya hacia su hijo, para entrar en misa. Jorge les siguió, resoplando. Lope dejó escapar media sonrisa y le hizo una carantoña a Fernandito.

Jorge no se atrevió a continuar la conversación después de misa. Serio, con los ojos clavados en el suelo, no se fijó en las miradas fugaces que Anabel le dirigía, poco antes de irse.

Porque Anabel no podía negar que aquel muchacho le interesaba. Le gustaba lo educado que era, su manera de hablar, las cosas que le contaba; cómo trataba a Ricardo, que se pasaba el día narrando anécdotas de sus clases con él. Le gustaba su forma de tomarse la vida, austera, concentrada en las cosas realmente importantes. Además, era guapo; pero el atractivo de su rostro iba más allá del simple trazo de huesos y músculos. Aquel ser estaba animado por un espíritu cuya cercanía, a ella, le recordaba la sensación de estar sentada junto a una hoguera. Sí, Jorge le daba calor; le daban ganas de acurrucarse entre sus brazos. Estaba convencida de que aquél podía ser el lugar más seguro del mundo.

Y él también parecía estar interesado. Pero Anabel enseguida trataba de desvanecer estas ilusiones románticas, obligándose a pensar en todos los impedimentos. Jorge nunca estaría con alguien que no fuese católico. En sí, aquello no le producía rechazo a ella; estaba dispuesta a dejarse enseñar. Si alguien como Jorge era católico, quizá valiera la pena saber un poco más de cómo entendía él las cosas. Pero era imposible. Ella hacía lo que hacía. Y no iba a dejar de hacerlo, en mucho tiempo. No había más que hablar, ni que pensar, ni que soñar. Era imposible.

Jorge, por su parte, seguía buscando la manera de confirmar lo que había escuchado en “El Dique Seco”. Pero no sabía con quién hablar del tema; ni siquiera sabía cómo plantear tal conversación. Pensó en pedir ayuda a Lope, pero, después de pensarlo un rato, prefirió mantenerlo al margen.

Después de cenar, Jorge tuvo una idea. No era brillante, mas bien era estúpida, pero al menos le permitía hacer algo más que pensar sin parar sentado en una silla. Cogió la furgoneta y empezó a dar vueltas por los alrededores del pueblo. Cada vez que se encontraba con un local con determinado aspecto exterior, entraba a echar un vistazo. Al entrar en el primero sintió timidez y un poco de miedo. Le recibieron luces de colores, música estridente y mujeres semidesnudas; sonrisas falsas e insinuaciones excesivas. Hombres narcotizados por el alcohol y el ambiente, jugando a sentirse deseados, tratando de olvidar que sólo el dinero podía acercar a una de aquellas mujeres hasta ellos. Niñatos riéndose sin sentido, tratando de poner en práctica todo lo que veían en televisión e internet.

Jorge fue incapaz de pedir algo. Salió casi corriendo a respirar. ¿En ese mundo tenía que buscar a Anabel? Pues sí, en ese mundo se ganaba la vida Anabel. Jorge se dio la vuelta y entró de nuevo. Se acercó a la barra y pidió un refresco. Cuando la camarera se acercó con la bebida, Jorge le preguntó si allí trabajaba una tal Anabel. La camarera hizo gesto de no haber oído nunca aquel nombre. Jorge tomó un único trago, pagó, y volvió a la carretera.

Jorge se preguntó cuántos puticlubs podía haber en la zona. Dos horas más tarde, empezó a preguntarse si no sería aquélla la principal actividad económica de la comarca. El siguiente sería el último. Estaba agotado y harto.

Se sentó sin ganas en la barra. Volvió a pedir el mismo refresco y volvió a hacer la misma pregunta.

-Sí, claro -respondió la camarera, de muy buen humor-. Creo que ahora mismo está arriba, pero no tardará en bajar.

Se alejó a buscar el refresco de Jorge, mientras éste se sentía envuelto en un súbito silencio, completamente ajeno al ruido de la pista de baile. Ahora mismo está arriba, se repitió. Miró hacia las escaleras oscuras del fondo, apenas iluminadas por lucecitas bajas que indicaban la presencia de cada uno de los escalones. Ahora mismo está arriba. La camarera le sirvió el refresco. Jorge bebió, con la mirada fija en aquellos escalones.

Unos pies aparecieron en la escalera; eran de un hombre de unos sesenta años, calvo, ligeramente gordo. Cruzó por delante de la pista de baile, colocándose el volumen de la entrepierna. Jorge le siguió con la mirada, hasta que salió a la calle.

Sentía el estómago contraído. La camarera trató de animarle con algún comentario picante, pero Jorge no escuchaba. Su mirada estaba fija en aquella escalera. No era consciente del paso del tiempo. Quizá fueron diez minutos, desde que bajara el viejo gordo. Entonces aparecieron unos pies de mujer, subidos en unos tacones larguísimos. Una minifalda negra ceñía unas caderas preciosas. Y Anabel apareció, mirando hacia la pista de baile. La camarera le hizo señas. Jorge tardó en reaccionar, pero ya no había nada que hacer: Anabel se acercaba. Jorge se levantó y pidió la cuenta. Mientras iba a buscar la vuelta, la camarera le dijo algo a Anabel y señaló en dirección a Jorge. Sus miradas se cruzaron.

Los ojos de Anabel se abrieron desmesuradamente y su rostro se congeló, como si hubiese dejado de correr la sangre por las venas de su cara. Jorge no esperó. Balbuceó un lo siento, aunque no sabía por qué decía aquello exactamente, y se fue. Los brazos de Anabel se dejaron caer sin vida. La camarera volvió con la vuelta de Jorge, sólo para ver su espalda a lo lejos; miró a Anabel, pero ésta también se iba, con los labios temblando y los ojos húmedos, de regreso hacia las escaleras.

Detalle de un cuadro de Malcolm T. Liepke

Detalle de un cuadro de Malcolm T. Liepke

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