CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XV)

por El Responsable

Rocinante andaba tranquilamente, bajando la cabeza de vez en cuando hasta el camino para olisquear algo que le había llamado la atención. Jorge miraba sin demasiado interés la inmensa nube gris que había ocupado completamente el cielo. La marejada dibujaba finos segmentos blancos en el agua revuelta. El viento jugaba, pero sin molestar.

El camino de tierra corría paralelo al borde de los acantilados, a una distancia de unos cien metros. Un barco mercante cruzaba el horizonte.

Al ir a buscar a Rocinante, Lope no le había preguntado nada, aunque su forma de mirarle daba a entender que sabía que necesitaba estar un rato solo.

Pensaba sin parar en Anabel y en la fea escena que había tenido lugar en su casa. Se echó en cara una vez más su falta de tacto. Desde luego, su forma de actuar, tan soberbia, era la mejor manera de impedir cualquier acercamiento de Anabel a un catolicismo más coherente. Pero Jorge sabía que aquello no le producía tristeza sólo por el hecho de ser un mal evangelizador. Anabel le atraía, era evidente. Además, le estaba cogiendo mucho cariño a Ricardo. Le dolía pensar que aquel niño de tan buenos instintos estaba creciendo sin padre. Se preguntó otra vez qué habría pasado, para que Anabel tuviese que criar sola a su hijo.

Rocinante despertó piafando a Jorge de sus reflexiones. El animal, ante la inactividad de su jinete, se había detenido en el camino; y empezaba a aburrirse. Jorge sonrió y acarició el cuello del caballo. Apretó un poco con sus piernas a Rocinante y éste volvió a andar, dando un cabezazo.

Sí, Anabel le gustaba. Y él tenía muchas ganas de formar una familia. Que ella ya tuviera un hijo podía suponer una complicación, pero lo cierto era que el chaval parecía tenerle aprecio. Lo pasaba muy bien cuando venía a la granja y atendía con interés a las lecciones de Jorge. No, Ricardo no supondría ningún problema.

Pero había muchas dudas que resolver. En cualquier caso, Jorge se había decidido a cortejar a Anabel. Aunque, antes de nada, tendría que pedirle perdón.

Alegre por la resolución que había tomado, Jorge picó espuelas e hizo trotar a Rocinante, que resopló sorprendido. Un grupo de gaviotas planeaba en los acantilados, dejándose mecer por el viento, apareciendo y desapareciendo tras la línea de roca. Jorge puso a Rocinante al galope, en dirección al pueblo. La vida no podía ser más intensa y emocionante para él. Se sentía pletórico, repleto de sueños y esperanzas.

Detuvo el ritmo al ver las primeras casas. Fue saludando sonriente a los pocos vecinos con los que se encontraba. Dejó a Rocinante atado en el descampado colindante y se introdujo en “El Dique Seco”. Toño le saludó con una mano. Había bastante gente: tres mesas estaban ocupadas, y un par de personas más bebían en la barra. Jorge pidió un café solo y se sentó en una mesa libre. Toño le acercó el café. Intercambiaron comentarios sobre el tiempo y Toño regresó a la barra.

Jorge saboreó el café y empezó a cargar una pipa. Pensaba en la mejor ocasión para disculparse con Anabel; el domingo, después de misa, estaría bien. O quizá antes. Aunque, claro, ella vendría con Ricardo. Y prefería hablar con ella en privado. Quizá si la esperaba a la salida de su trabajo… Pero, para eso, tendría que saber dónde trabajaba. ¿Lo sabría el Padre Miguel? No tendría que ser muy difícil descubrirlo, en un pueblo tan pequeño.

Unas carcajadas estallaron en la mesa de al lado. Dos hombres de unos cincuenta años bebían cerveza y compartían obscenidades. Jorge trató de volver a sus agradables reflexiones. Pero no pudo.

-…te lo juro, qué manera de mover el coño… -dijo uno de ellos, antes de darle un trago a su cerveza- Vale lo que cuesta, bien lo sabe Dios.

-¿Es cara? -preguntó el otro, intrigado.

-Un poco más de la media; pero claro, no es una putilla de esquina cualquiera.

El otro asintió sonriendo.

-Pues tendré que pasarme un día, entonces -dijo- ¿Cómo dices que se llama?

-Anabel.

Los labios de Jorge se separaron un par de centímetros.

-Anabel… ese nombre me suena -dijo el otro, mientras cerraba los ojos para pensar-. ¿No es la que tiene un niño, que vive donde mi prima Patricia?

-¡Esa misma! Sí, que el niño se llama…

Los dos se quedaron pensativos. Jorge les miraba, sin importarle molestar. Sólo quería escuchar ese nombre.

-¡Ricardo! -estalló uno de ellos.

-Ricardo, eso es -dijo el otro.

Siguieron hablando y riéndose. Jorge miraba su pipa, que seguía en su mano, esperando a ser encendida.

Covered veil

“Covered veil”, de Malcolm T. Liepke

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