CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XXII)

por El Responsable

Toño fumaba tras la barra de “El Dique Seco”, sentado encima de un congelador. Miraba llover a través de la ventana, que había abierto para sentir el frescor del ambiente. El bar estaba vacío.

La lluvia era fina, pero insistente. Había empezado a llover hace dos días. Toño fumaba con la naturalidad del adicto. Tiró la colilla por la ventana y se encendió otro cigarrillo sin apartar en ningún momento la atención de sus pensamientos. Los tres güisquis que se había tomado le ayudaban a mantener la concentración.

Dio un respingo al abrirse la puerta del bar. Era el Padre Miguel, con abrigo negro largo y paraguas empapado. Lo dejó en el paragüero y se desabotonó el abrigo, mientras se iba acercando a la barra. Toño cerró la ventana y se bajó del congelador.

-¿Qué va a ser, Padre? -preguntó, aunque ya estaba empezando a preparar el pedido habitual del cura.

-Café solo con un chorrito de orujo, por favor.

El Padre se sentó en una banqueta.

-¿No prefiere que se lo lleve a una mesa? -preguntó Toño.

-No, estoy bien aquí -dijo el sacerdote, con la mirada despistada.

Toño sirvió el café, echó el chorrito de orujo, y se sentó en otra banqueta que él tenía tras la barra, justo enfrente del cura. Ambos se quedaron en silencio, mirando llover a través de los cristales.

El rostro del Padre se retorcía en una conversación imaginaria. Toño le miró durante un rato, absorto en aquella película muda. Parecía discutir con alguien, ahí dentro.

-¿No se cansa de oír confesiones, Padre? -preguntó Toño, desde detrás del cigarrillo.

El cura apretó los ojos, como si algo le impidiese oír lo que decía su contrincante imaginario. Se giró, descubrió que allí estaba Toño, y comprendió el origen de la molestia.

-¿Perdón?

-Le preguntaba, Padre -repitió Toño con parsimonia- si no se aburre de escuchar confesiones.

El Padre elevó las cejas y tomó un sorbito.

-Si me aburro, peor para mí -dijo, con media sonrisa.

Toño también sonrió y asintió risueño.

-Quiero decir -explicó, mientras empezaba a servirse el cuarto güisqui-, que debe de ser agotador escuchar constantemente las miserias de los demás. Sobre todo cuando uno tiene sus propios, y serios -recalcó-, problemas.

-No es fácil, no -confirmó-; pero nadie me obligó a ir al seminario.

Se miraron fijamente. Los párpados de Toño subían y bajaban con lentitud.

-Los humanos somos una mierda, ¿verdad? -preguntó Toño, con auténtica duda- Así, en general, quiero decir…

-Si lo que quieres decir es que todos somos pecadores, sí, es cierto, todos lo somos.

-No, lo que quiero decir es que somos todos una puta mierda, Padre… con perdón. Se salvan… -Toño adelantó una mano y empezó a contar con los dedos-… tres, cuatro, como mucho… como muy mucho.

El Padre Miguel se quedó mirando a Toño, que volvía a dirigir su atención hacia la lluvia.

-¿Cómo está tu mujer? -preguntó, dando el último sorbo a su café.

-Como una mierda -respondió Toño con media sonrisa, que enseguida se transformó en una mueca agotada-. Todo va como una mierda, Padre.

Toño se rascó el pecho, mientras seguía mirando el exterior. Sus ojos enfocaron algo que sólo él veía.

-Y después hay gente… ¡tan buena! -exclamó, sin mirar al cura- ¡Tan jodidamente buena! Y uno se pregunta… Se pregunta, pero, ¿cómo coño es posible que esta persona sufra tanto? ¿Cómo puede tener tan mala suerte? Anabel… Anabel, Padre… ¡es tan buena persona! Y que le pasara aquello… Yo… La puta que me hizo, Padre, si entiendo la puta vida. No entiendo una mierda, la verdad…

El Padre Miguel intentó decir algo, pero Toño no le dejó.

-Porque yo… bueno, yo me lo he podido ganar, lo que me ha pasado -siguió, señalándose el pecho con las dos manos, hablando entre dientes, con el cigarrillo en la boca-. Al menos eso piensa mi mujer. Por eso se ha vuelto loca. O sea, que yo la volví loca. O sea, que yo la he vuelto loca es evidente… Bueno, se volvió loca cuando se lo encontró allí, tirao en la cocina, con la jeringuilla colgando del brazo -Toño hizo una pausa, en la que dos lágrimas aprovecharon para bajar por sus mejillas-. Yo venía de una reunión del sindicato, estábamos en medio de toda la movida del cierre de los astilleros; estaba hasta arriba: de reuniones, de manifestaciones, de recibir hostias de la policía, de que me mintieran todos los putos políticos del país… Pero yo seguía ahí, al pie del cañón, luchando por nuestros puestos de trabajo, por el futuro de la comarca…

Toño miró al Padre, que le escuchaba atentamente. El gesto de Toño se tensó, de repente.

-Eso es lo más jodido, Padre, lo más jodido de todo; porque si uno la jode a propósito, o sabiendo que existe la posibilidad de cagarla… pues bueno, jódete, aguanta con lo que te toque… Pero, si uno piensa que está haciendo lo correcto, que está peleando por algo importante…. ¡Joder, Padre, ella se enamoró de mí por eso! -gritó- ¡Porque yo era un luchador! ¡Yo era un gran hombre! ¡Un gran líder sindical! -Toño sollozó- Mis compañeros confiaban en mí, me querían… -trataba de seguir hablando, pero le faltaba el aire- Y yo sabía que quizá no le dedicaba todo el tiempo necesario al chaval… ¡Pero había una razón! ¡Había una puta razón! ¡No me estaba emborrachando por ahí, no me iba de putas! -un hilillo de saliva empezó a caer de los labios de Toño, retorcidos por los sollozos- ¡Era una causa justa! ¡Era una causa justa!…

Toño se dejó caer en el suelo, sentado. El Padre Miguel entró en la barra y se agachó a su lado, con los ojos enrojecidos, tratando de levantarlo.

-Y ya no hay vuelta atrás, Padre… ya no hay puta manera de volver atrás…

El Padre Miguel dejó de intentar levantar a Toño y lo abrazó, mientras éste se retorcía en el suelo, gimiendo y sollozando.

Astano en loita

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