CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XX)

por El Responsable

-¿Dónde están Lidia y Ricardo? -preguntó Yaima, que traía a Fernandito en brazos.

Se lo pregunta a Jorge, que juega al ajedrez con Manuela en una mesita plegable, a medio camino entre la casa y los establos. Jorge, sentado, pipea tranquilamente mientras observa la partida. Manuela, de pie, inclina el cuerpecito sobre la mesa y se agarra las manos con nerviosismo, mientras dirige la mirada, nerviosa, de un lado a otro del tablero.

-Están con Lope, en las cuadras -responde Jorge, sin levantar la mirada.

Le toca mover a Manuela. Suelta una de las manos y la acerca a un peón; el primer movimiento es rápido; pero según se va acercando a la pieza deseada, la mano va frenando, hasta quedarse parada justo encima del peón, para devolverla rápidamente a la compañía de su otra mano. El proceso, con esta pieza o aquélla, se repite una y otra vez.

-Cariño, mueve alguna pieza antes de que caduquen… -le dice bromista Yaima a su hija.

-Las piezas no caducan -responde Manuela, en tono de burla.

-Bueno, pues mueve algo para que Jorge se pueda ir a dormir, que ya empieza a ser tarde… -insiste Yaima, aún en tono de broma.

Manuela fija la atención en Jorge.

-¿Tienes sueño? -le pregunta.

Jorge dice que no con la cabeza, sonriendo.

-No tiene sueño, mamá -dice- Y no me despistes más, que estoy pensando muy fuerte.

Jorge y Yaima se ríen.

-Sí que es un poco tarde, la verdad… -dice Anabel, que acaba de aparecer-. Hola.

Jorge gira sorprendido la cabeza, mientras Yaima se acerca a darle un par de besos a la recién llegada. Anabel le hace unas carantoñas al nene, que le sonríe y le echa los brazos. Yaima se lo pasa y Anabel lo recibe cariñosa. Jorge se levanta y se queda de pie. Manuela vuelve a poner la mano sobre una pieza, un alfil.

-No te preocupes -dice Yaima-; Ricardo se lo está pasando genial. Están ahora con los caballos. Voy a decirles que habéis llegado.

Yaima se va hacia los establos y deja a Fernando en brazos de Anabel, que mira nerviosa a Jorge. Él se acerca y saluda con una mano. Se dan dos besos, mientras Fernandito trata de agarrar una oreja de Jorge.

-Le encantan los caballos -dice Anabel.

-Sí… -dice Jorge- Y se le dan muy bien. Le estamos enseñando a montar.

Brota un silencio irrompible. Las miradas vienen y van, nerviosas, y a veces se encuentran por un breve instante.

-¡Ya! -grita Manuela, tras mover por fin un peón- ¡Te toca, Jorge!

-Estamos jugando al ajedrez -explica Jorge.

-Ya me ha contado Ricardo, que también le estás enseñando a jugar -comenta Anabel, sonriendo.

Oyen voces que vienen de los establos. Ricardo sale corriendo hacia su madre. Ésta se agacha con cuidado, para darle un par de besos a su hijo.

-¿Lo has pasado bien? -pregunta Anabel.

-Genial -responde Ricardo- ¿Nos tenemos que ir ya?

-¿Por qué no os quedáis a cenar? -pregunta Yaima, que recoge a Fernandito de brazos de Anabel.

Ricardo mira ansioso a su madre, deseando que diga que sí. La mirada de Jorge no es muy diferente. Anabel duda.

-No, cariño -se decide, finalmente, tras mirar un instante a Jorge-; mañana será otro día.

-Joooooo… -se queja Ricardo.

Jorge baja la vista.

-Veníos un día a comer -tercia Yaima.

-Sí, eso -dice Lope-; y nos vamos después a cabalgar por los acantilados. ¿Te gusta la idea, Ricardo?

-Sí -confirma el niño.

Se despiden todos, menos Manuela, que espera impaciente a que Jorge haga su movimiento. Pero Jorge sigue mirando al suelo. Se despide con la mano de Anabel, que no intenta acercarse a darle dos besos. Permanece de pie, viendo cómo se van por el lateral de la casa, y vuelve a sentarse ante el tablero, con la mirada perdida.

-¿Te quedas a cenar, Jorge? -pregunta Lope, a punto de abrir la puerta trasera de la casa.

Jorge tarda en responder, despistado.

-Sí, claro.

Lope intercambia una mirada cómplice con su esposa y entra en la casa. Jorge vuelve a fijarse en el tablero y mueve un peón. Manuela se queda pensando un momento y vuelve a su rutina de traer y llevar la mano. Pero tarda menos de lo normal y se come un peón de Jorge con un caballo. Jorge se inclina sobre el tablero.

-Manuela, tienes que pensar bien tus movimientos. ¿Por qué has comido ese peón?

-Porque puedo -responde la niña-. ¿No puedo?

-Sí, claro que puedes -admite Jorge-. Pero en el ajedrez no sólo hay que pensar en lo inmediato. Hay que pensar a largo plazo.

Manuela atiende las explicaciones de Jorge con los ojos muy abiertos.

-¿Has visto ese peón que tengo ahí? -continúa Jorge.

Manuela asiente con la cabeza y, de repente, se lleva las manos a la boca.

-¡Uy! ¡Te vas a comer mi caballo!

-Eso es. ¿Y qué es más valioso? ¿Un peón o un caballo?

-Un caballo -admite Manuela con tristeza.

Jorge mueve su peón y se come el caballo. Manuela mira enfurruñada cómo Jorge retira su pieza del tablero. Lidia, que también está mirando la partida, acaricia la cabeza de su hermana.

-No hay que tener prisa en el ajedrez, Manuela -sigue explicando Jorge.

-Pero… ¡es que hay demasiadas cosas que pensar! -se queja la niña- ¡No me cabe todo en la cabeza!

Jorge sonríe.

-Si, hay demasiadas cosas a las que atender… -dice Jorge, pensativo- Y ni siquiera el mucho pensar te asegura la victoria, si el rival es bueno.

-Pero, si uno pensara en todo lo que puede suceder -interviene Lidia-, la partida nunca acabaría. Habrá que arriesgarse en algún momento, ¿no?

Jorge se quedó mirando a la niña, que le devolvía la mirada con profunda inocencia.

-Sí, Lidia, tienes razón.

Y Jorge volvió a mirar hacia el lateral de la casa, por donde se habían ido Anabel y Ricardo.

fisher

Advertisements