CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XVIII)

por El Responsable

Jorge fumaba en el porche trasero de su casa. El día era gris oscuro. Se balanceaba suavemente en su mecedora, mientras veía bailar los castaños y eucaliptos al ritmo que les marcaba el viento marino. No iba a tardar en llover. Tormenta, quizá. Miró sus cultivos y torció el gesto, preocupado. Bueno, pensó, ésa es una de las cosas que buscaba, al decidir vivir como campesino: tratar de dejarme en las manos de Dios y confiar en la Providencia. Pero Jorge no tenía muy claro, últimamente, que quería Dios de él. Recordó un pensamiento de Nicolás Gómez Dávila y entró en la casa para coger su edición de los Escolios. La encontró en una de las estanterías y regresó al porche. Volvió a balancearse en la mecedora, mientras buscaba entre las páginas. Como siempre que hacía esto, pensó que debería ser más metódico y apuntar la referencia de todos los escolios que le interesasen; pero eran tantos los que le llamaban la atención, que desistía perezoso para poder disfrutar tranquilamente de la lectura. Tras varios minutos, lo encontró: A la Biblia no la inspiró un Dios ventrílocuo. La voz divina atraviesa el texto sacro como un viento de tempestad el follaje de la selva.

Los árboles empezaron a cantar al ser zarandeados por la creciente intensidad del viento. Jorge sentía que Dios le hablaba a través de la Creación; pero era un lenguaje ambiguo, que siempre guardaba sus significados más profundos en un ámbito misterioso. Entró de nuevo en la casa y buscó su anorak. Salió por la puerta principal y fue hacia la casa de Lope. Ellos no estaban, habían ido de compras a la ciudad. Jorge llegó hasta los establos y abrió la puerta con la llave que le había dado Lope. Fue recibido por algunos relinchos tranquilos. Se acercó hasta la cuadra de Rocinante y acarició su hocico. El caballo resopló suavemente y se dejó hacer. Jorge lo sacó para ensillarlo. Salió al trote al camino principal y se dirigió hacia la iglesia, justo cuando comenzaba a chispear.

Jorge desmontó y anudó las riendas en un arbolillo, con la holgura suficiente para que el caballo pudiese pastar sin problema los hierbajos alrededor. Entró en la iglesia. La vieja Dolores pasaba las cuentas del rosario en su asiento habitual. En un banco cercano hacía lo mismo el Padre Miguel. Jorge se acercó y le tocó un hombro. El Padre Miguel se dio la vuelta y le sonrió a modo de saludo. A un gesto de Jorge, se levantó y le siguió hasta la entrada. Se sentaron en uno de los poyos de piedra. El Padre Miguel esperó a que Jorge hablase, pero éste sólo miraba el suelo.

-Creo que estoy enamorado de Anabel -dijo, finalmente.

-Yo también lo creo -admitió el Padre.

Jorge seguía mirando al suelo.

-¿Cuál es el problema, entonces? -preguntó el cura.

-No creo que sea una relación con demasiado futuro…

-¿Lo dices por su trabajo? -inquirió el Padre.

Jorge le miró sorprendido.

-Pensaba que usted no lo sabía… -balbuceó.

-Buen pastor sería, si no lo supiese -dijo tranquilamente el Padre Miguel.

Jorge volvió a mirar al suelo, con el rostro serio.

-A mí me parece una magnífica oportunidad de salvar un alma bella, que sufre mucho -añadió el Padre-. En tu compañía, Anabel puede vivir una vida santa, y creo que serías un padre fantástico para Ricardo.

Jorge se llevó las manos a la cara y se la amasó, con los ojos muy abiertos, perdidos en oscuridades y abismos.

-Insisto, Jorge, ¿qué te preocupa?

-Pues no sé, Padre -tartamudeó-. No es precisamente la historia de amor que yo había soñado. La vida de Anabel está repleta de… pasado.

-Y de hombres -añadió el Padre-. ¿Eso te incomoda?

Jorge asintió sacudiendo la cabeza con vehemencia.

-Sí, Padre; no sería sincero si dijese lo contrario.

El Padre suspiró y miró hacia el caballo, que pastaba tranquilo bajo la lluvia.

-¿Piensa que le doy importancia a cosas que realmente no la tienen? -preguntó Jorge.

El Padre volvió a mirarle.

-Jorge, te considero un católico lo suficientemente bien formado como para que no sea necesario responder a esa pregunta; sabes perfectamente qué tienes que hacer.

Jorge se cruzó de brazos y apoyó la espalda en la piedra.

-Pues, realmente Padre, no lo sé; no sé si estaré a la altura; y no sé si mi madre podrá reponerse del disgusto.

-¿Ésa es una razón a favor o en contra? -bromeó el Padre.

Jorge sonrió. El Padre le acercó la mano al hombro y se lo apretó cariñoso.

-Además, ni siquiera sé si querrá vivir como católica -añadió Jorge.

-Sí, hay un montón de cosas que aún no sabes; y sólo las averiguarás si te pones en marcha.

-Pero, para ponerme en marcha, necesito estar convencido de que estoy haciendo lo correcto. No quiero cargar con una cruz que supere mis fuerzas. No soy ningún tonto romántico, que piensa que el amor está por encima de todo. Sentir amor es fácil; dar amor no lo es tanto.

El Padre Miguel asintió con un gesto.

-Así es, Jorge; pero, si pides mi opinión, te diré que me pareces la persona adecuada para hacer feliz a esa mujer y a su hijo. Y creo que ellos también te harán muy feliz a ti. Lo único que hace falta es que te centres en lo importante y deseches lo accesorio.

Jorge se quedó callado un rato. Algo se le pasó por la cabeza y empezó a gesticular, nervioso.

-Imagínese todos los hombres del pueblo con los que nos vamos a cruzar… y la mirarán… Y yo pensaré: ¿también habrá estado con éste? ¿Cómo soportaré esas miradas? ¿Cómo lo haré, sin pegarme con todos los hombres que la miren de una manera que yo considere sucia?…

Se detuvo un momento. Miró a Rocinante, que le devolvió la mirada mientras masticaba plácidamente.

-¿Cómo confiaré en ella? ¿Cómo sabré que los celos no me trastornarán, como me trastornan ahora?

Jorge se quedó mirando sus uñas lejanas, tensos los músculos de la cara. Finalmente, se levantó, se puso la capucha del chubasquero y se fue hacia el caballo, que le recibió con un movimiento de cabeza, empapada ya. Montó y se acercó otra vez hasta el Padre Miguel.

-Gracias por escucharme, Padre. Rece por mí.

-Siempre lo hago -dijo el cura, levantándose con parsimonia.

Jorge picó espuelas y se dirigió hacia el camino principal. El Padre Miguel se quedó mirando cómo se alejaba hasta que su figura se desvaneció entre la lluvia.

yeguamojada

Advertisements