OPTIMISMO, PESIMISMO

por El Responsable

En el último libro que vio publicado antes de su muerte, San Gilberto ofrece escritos que ayudan a centrar su figura, para que no caigamos en el error -muy típico, por otro lado- de construir una caricatura bobalicona y excesivamente amable, repartiendo sonrisas a diestro y siniestro entre eructos de cerveza, muy al gusto del actual catolicismo de empresa, encantado de conocerse a sí mismo y de ser tan reaccionario en sus lecturas, mientras prepara el próximo ERE o espera el siguiente contrato público de sus bien colocados contactos políticos. No, San Gilberto, como buen católico, no te ayuda a vivir una existencia cómoda y relajada; al revés, te exige el buen combate. Y para combatir bien, tienes que ver el mundo cara a cara y entenderlo tal y como es, no tal y como tú quisieras que fuera.

“Hoy es ésta la forma en que el mundo va, si es que existe tal cosa. Pero, de hecho, no existe tal cosa. Un católico quizá debiera haberse dado cuenta desde el principio; pero muchos sólo se han percatado en el último momento. El mundo no va de ninguna forma. Nunca fue. El mundo no va a ningún sitio, en el sentido que a tal cosa le daban los viejos optimistas progresistas, o incluso los viejos pesimistas reaccionarios. No va hacia el Mundo Feliz que el señor Aldous Huxley describió con aborrecimiento, ni hacia la Nueva Utopía que el señor H. G. Wells describió con placer. El mundo es lo que los santos y profetas vieron que era; ni simplemente mejora, ni simplemente empeora; lo que hace es ir y venir. Dejado a su propia inercia, no va a ninguna parte; pero, si recibe la ayuda de auténticos reformadores, de la religión y filosofía adecuadas, puede mejorar en muchos aspectos y a veces durante períodos considerables. Lo cual no es en sí mismo un progreso; ni siquiera un proceso; es el modo de ser de este mundo pasajero. Dejado a su propia inercia no es una escalera; es un balancín.

Y eso es básicamente lo que la Iglesia siempre ha dicho; y durante cuatrocientos años ha sido cada vez más despreciada por decirlo. La Iglesia nunca dijo que los errores no pudieran ser corregidos; o que las comunidades no pudieran o debieran ser más felices; o que no merece la pena prestarles ayuda en asuntos materiales y seculares;  o que no es bueno que los modales se suavicen, o que las comodidades sean más comunes, o las crueldades más escasas. Pero sí dijo que no teníamos que considerar inevitable que las comodidades se hiciesen más comunes o las crueldades más escasas; como si existiese una tendencia social necesaria hacia una humanidad absurda; en vez de ser, como realmente es, un estado de ánimo del hombre,y quizá un estado de ánimo mejor, para ser seguido, posiblemente, por otro peor. No debemos odiar a la humanidad, o despreciar a la humanidad, o negarnos a ayudar a la humanidad; pero no debemos confiar en la humanidad; en el sentido de confiar en una tendencia de la humanidad a no volver a cometer el mal. “No confíes en los príncipes; ni en ningún hijo de hombre”. Ésta es la clave de este tipo de política tan práctica. Sea monárquico si quiere (y hay una inmensidad que decir, y se está diciendo, a favor de un gobierno más personal  y responsable); ponga en marcha una monarquía si piensa que será mejor; pero no confíe en una monarquía, en el sentido de esperar que un monarca sea algo más que un hombre. Sea demócrata si quiere (siempre lo consideraré el ideal político más generoso y más fundamentalmente cristiano); exprese su sentido de la dignidad humana a través del sufragio universal o cualquier otra forma de igualdad; pero no confíe en el sufragio universal ni en un ningún hijo de hombre. Existe un pequeño defecto en el Hombre, imagen de Dios, maravilla del mundo y cúspide de los animales; no se puede confiar en él. Si lo identifica con algún ideal, que decide considerar como su naturaleza más profunda o su única meta, llegará de repente el día en que le parezca un traidor.

Le parece un traidor hoy a toda persona de opinión liberal e ilustrada, que había decidido que el mundo caminaba en la senda del progreso y la paz; el mundo de Wells y Webb y los Pacifistas de América y los reformadores sociales de Cambridge. La mayoría de ellos apenas susurran ya, como el villano del viejo melodrama, “llegará el día”. Y lo hacen en un tono muy distinto al que lo gritaban hasta hace bien poco, como el hombre de la canción cómica, “¡ya queda poco!” Los más esperanzados entre ellos admiten que probablemente falta mucho para revertir todo lo que la reacción ha hecho ya en Europa. Si es que es revertido alguna vez; y estas personas realmente no tienen nada excepto una fe puramente mística para sugerir que alguna vez será revertido. Yo realmente estoy más esperanzado en lo que ellos llamarían estar más desesperado; pues sospecho que al final casi todo se puede revertir. Pero precisamente porque ellos no entendieron esto, se sorprendieron al comprobar cómo su reforma o revolución era revertida ante sus propios ojos. El asunto es, sin embargo, que si existe algo estable y no sujeto a reversión, no es nada que ellos imaginen. Su morada no está en el futuro o en ningún necesario desarrollo de ideas que ahora nos resultan chocantes; no estamos al principio de ningún amanecer infinito y en expansión, mas sólo al principio de los cotidianos amaneceres, cada uno de ellos seguido por su propia oscuridad; y la Fe, como dijo el señor Belloc, “es el único faro en esta noche, si es que hay faro”.

En el corazón de la Cristiandad, en la cabeza de la Iglesia, en el centro de la civilización llamada Católica, ahí y en ningún movimiento, ni en ningún futuro, se encuentra la cristalización de sentido común, tradiciones verdaderas y reformas racionales que el hombre moderno ha erróneamente buscado durante todo el transcurrir de la edad moderna. De allí vendrán los avisos de que la misericordia está siendo descuidada o de que la memoria está siendo desechada, y no de los hombres que lleguen a formar la siguiente remesa de gobernadores de esta inquieta y perturbada tierra. He ahí el hecho que todos hemos descubierto finalmente; y por eso lo pongo en primer lugar. No es el primero en orden, pero sí el primero en importancia, entre los hechos que he descubierto tras haber descubierto la verdad; y si aún estuviera fuera en la oscuridad, en esta hora oscura me habría traído hasta la puerta.”

The Well and the Shallows; My Six Conversions. II. When the World turn back; Gilbert Keith Chesterton (traducción propia).

Norcia

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