CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (IV)

por El Responsable

Jorge dejó abierta la puerta de su casa y desapareció nuevamente en el interior, para coger la cesta que estaba encima de la mesa. La sacó fuera y la dejó en la entrada, junto al felpudo. Cerró la puerta, se agachó para volver a coger la cesta y se fue hacia el camino principal. Andó unos pocos metros y se metió en el sendero de entrada de la casa vecina. Dos niñas jugaban con sus muñecas entre la hierba, echando un ojo de vez en cuando a un bebé sentado a su lado sobre una manta, que mordisqueaba con total entrega un producto de plástico fabricado expresamente para ser mordisqueado por bebés como él.

Las niñas saludaron a Jorge al verle aparecer y, muertas de curiosidad por lo que pudiese traer en la cesta, salieron corriendo hacia él. El bebé, abrumado por los acontecimientos, dejó de mordisquear su cacho de plástico, y trató de gatear hacia el jolgorio, sin demasiado éxito. No iba a tardar en ponerse a llorar desconsoladamente.

-¿Qué traes, Jorge, qué traes? -gritaban las niñas, tirando de la cesta hacia abajo, obligando a Jorge a inclinarse para que no acabase todo por el suelo.

Jorge retiró el paño fino que cubría el interior y las niñas vieron una colorista colección de verduras y frutas, acompañadas de una botella de vino tinto.

-¡Uau, qué buena pinta! -dijo la más alta- ¿Puedo coger un tomate?

Jorge le dio el que parecía más apetitoso. Al ver el gesto de decepción de la más pequeña, Jorge sonrió y aguantó la risa.

-¿Qué me dices, Manuela? ¿Habrá hoy partida de ajedrez?

-¡Sí, sí, sí! -gritó la pequeña, al tiempo que empezaba a dar saltitos.

Se escuchó un llorar desesperado.

-¿Así cuidáis de vuestro hermano? -dijo una mujer que acababa de aparecer desde un lateral de la casa; como sus hijas, llevaba suelto el pelo lacio, largo y moreno, que delimitaba un bello rostro mestizo, equilibrada mezcla de caribe y castellana. Recogió al triste niño del suelo y se lo subió al regazo, antes de acercarse a Jorge. Se saludaron con un par de besos y echó un vistazo al interior de la cesta.

-Muchas gracias, Jorge; tiene todo un aspecto magnífico.

Jorge sonrió. Andaron en dirección al lateral por el que había aparecido la mujer.

-Lope está en la cuadra -informó ella, mientras dejaba el bebé en los brazos de la niña pequeña; cogió la cesta de manos de Jorge, que se lo agradeció con un gesto. Libre ya del peso, siguió andando hacia la parte trasera de la casa. Una suave brisa vino acompañada del intenso olor de los establos. Un leve relincho anunció su entrada en los mismos.

Lope recogía heno del suelo con una horca. Las líneas de los músculos se resaltaban con el brillo del sudor, que apenas conseguían ser disimulados por una esforzada camiseta de tirantes. Su piel morena era el lienzo por el que se extendían docenas de tatuajes, desde la base del cuello, hasta las muñecas de ambos brazos, sin dejar casi espacio libre en pecho y espalda. Se sorprendió al ver a Jorge plantado delante de él. Con gesto serio dejó la horca y cogió la camisa de manga larga que colgaba en un gancho cercano.

-Disculpa, no quería interrumpirte… -empezó Jorge.

Lope corrigió enseguida el gesto, para hacerlo más amable, mientras terminaba de abotonarse.

-No te preocupes -dijo-. He perdido la noción del tiempo. Ciertamente, ya es hora de comer -aseveró sonriendo, mientras miraba su reloj.

Volvieron a la casa, en la que entraron por la puerta trasera directamente a la cocina. La mujer de Lope se afanaba en echar comida en varias fuentes, mientras las niñas la iban llevando al comedor del salón. Lope se acercó al parque, donde su bebé asistía con curiosidad al trajín de las mujeres. El niño echó los brazos con alegría al ver a su padre, que lo cogió sin apenas esfuerzo, como si fuera de papel.

-¿Cómo está mi macho Fernando? ¿Cómo está el torito de la casa? -preguntaba Lope, mientras su hijo se descuajaringaba de la risa.

Jorge trató de echar una mano a las niñas, pero su madre le detuvo al instante.

-¡Lope! -gritó a su marido- Sentaos a la mesa, hazme el favor.

Lope vio a Jorge con una fuente entre las manos, impedido en su avance por su mujer.

-Deja al pendejo que ayude a las nenas, Yaima -terció Lope, para dirigirse a continuación a su hija mayor- Lidia, coge a Fernandito y llévalo al salón.

La niña cogió a su hermano en brazos y se fue al salón en compañía de Jorge y su fuente. Lope se acercó a su mujer, que trasteaba entre las ollas, y se apretó a su cuerpo, acariciándolo con deseo.

-Deja que se vayan todos, mi vida…

Yaima se dio la vuelta con una sonrisa pícara y besó a su hombre con la promesa de placeres posteriores. Ambos entraron en el salón, donde la mesa estaba prácticamente lista, ofreciendo una apetitosa variedad de platos fríos y cocinados, carnes, fiambres y ensaladas. Jorge pudo reconocer algunos de los productos de su huerta y sonrió satisfecho. Se sentaron a la mesa.

-Jorge, ¿podrías…? -dijo Yaima.

Jorge entendió. Juntó las manos delante de su rostro, los codos apoyados en la mesa. Todos le imitaron.

-Te damos gracias, Señor, por estos alimentos, por la compañía mutua que nos permites darnos y por todo lo que nos das, Señor; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo -todos se persignaron; y terminaron al unísono- Amén.

Lope empezó a abrir la botella de vino que había traído Jorge, mientras un alegre y dicharachero lío de brazos y platos iban y venían por encima de la mesa, cruzándose, estorbándose y, a veces, chocándose, con los consiguientes perdones y risas.

-¿Qué tal tu puesto en el mercado del pueblo, Jorge? -preguntó Yaima.

-Pues no está yendo mal, teniendo en cuenta que acabo de empezar. Poco a poco, la gente va cogiendo confianza, y parecen quedar satisfechos con lo que han comprado. Ayer, una señora me dijo que le habían parecido riquísimos los tomates que se había llevado.

-Es que tus tomates están buenísimos -confirmó Lidia, mientras se metía un buen pedazo en la boca.

La comida continuó animadamente, hasta los sabrosos postres. Ya más despejada la mesa, de platos y personas, Jorge y Lope se dispusieron a disfrutar del café. Éste, con un chorrito de orujo; aquél, con un toque de Cointreau.

-Quiero comprar gallinas -dijo Jorge.

Lope asintió desde la placentera lejanía a la que lo había llevado la saciedad.

-Hay una feria en un pueblo cercano, dentro de un par de semanas -dijo, esforzándose por vencer la modorra-. Podemos encontrar cosas interesantes, seguro.

-Perfecto -dijo Jorge-. Muchas gracias.

Jorge miró a los ojos a Lope, que le devolvió la mirada con curiosidad.

-Muchas gracias, de verdad -insistió, tratando de enfatizar la sinceridad de las palabras con la gestualidad de su rostro.

-No hay de qué -respondió Lope, tratando de rebajar la intensidad emocional con un tono de voz despegado- Pero hazme un favor.

-El que sea.

-Deja de pasear la escopeta como si fuera una novia guapa -hizo una pausa-, o te la tendré que quitar.

-Vale -asintió Jorge- Tienes razón.

Lope hizo un gesto para confirmar lo obvio de aquella frase, mientras se llevaba a los labios lo que quedaba de café.

El móvil de Jorge, olvidado encima de la mesa, emitió un ruido efímero. Jorge lo cogió y empezó a acariciar metódicamente la pantalla con el dedo pulgar. Lope observó cómo se apretujaban sus cejas en el término medio de su cara.

-Mi madre viene de visita -explicó Jorge, en un suspiro.

rapa-das-bestas